¿Qué vivió nuestro padre Abrahán ante la prueba?, ¿qué hubiera sido del plan de Dios sin su respuesta llena de fe?, ¿qué valor tienen las pruebas físicas y espirituales de nuestra vida?, ¿qué significado tiene el hecho de ser descendencia de Abrahám según lo prometido por Dios?

Las respuestas a estos interrogantes hacen que este tema, tan fundamental para todos, con contenidos de experiencias personales, sea una explicación muy rica que atraviesa tiempos, temáticas y conclusiones inesperadas.

 

“Por la Fe inquebrantable de Abraham
ante las promesas de Dios,
todas las generaciones han sido bendecidas
mediante el misterio de la Encarnación,
en el cual y por el cual «el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros», Reconciliador infinito,
en y por la plenitud de su sacerdocio,
entre la criatura y su Creador”

 

¡Cómo se ha estremecido esta mañana lo más recóndito de mi espíritu y la médula de mi alma ante la lectura de la Santa Misa; llena de amor y santo orgullo por nuestro Padre Abraham, que no se reservó nada para sí, estando dispuesto a ofrecer en sacrificio a su «único» hijo, su «primogénito», el hijo de la gran promesa hecha por Yahvé a su alma. […]

Y «esperando contra toda esperanza», y confiando en la prueba de fe más terrible y espeluznante que Dios haya podido pedir en la humanidad a ninguna pura criatura, después de la Virgen, alzó su mano valerosamente, ¡sin titubear!, ¡sin dudar!, para sacrificar, con el alma desgarrada, en la más dura, dramática e inconcebible inmolación, a su propio hijo; el cual, no sólo era el hijo de todas sus complacencias, ¡sino el heredero de las promesas de Dios, reiteradamente hechas a su alma…!; sabiendo y confiando, con fe firme y paso valeroso, que las promesas de Dios son irrompibles, se perpetúan «de generación en generación», y nunca dejan de cumplirse. […]

Y, ante la consideración de la fidelidad de Abraham, y, como consecuencia, de los planes de Dios con relación a él, y por su medio sobre toda la humanidad, realizados según el pensamiento divino y sus designios eternos; me viene a la memoria, en comparación, la desobediencia de nuestros Primeros Padres al mandato de Dios, que, llenándolos de las gracias y dones de lo Alto, les hizo los Padres de toda la humanidad. […]

Los planes de Dios se habían roto, destruyendo espeluznantemente todos sus designios amorosos sobre nosotros; quedándonos en una situación tan escalofriante, que, para poder restaurarnos, el Infinito tuvo que sacar de su potencia divina una nueva manera, tan desbordante y pletórica de sabiduría y amor, que fuera capaz de reparar infinitamente al Dios tres veces Santo, ofendido por el hombre; levantando a éste de tal forma de su postración, que quedara restablecida su amistad con Dios y pudiera volver a llegar a poseerle.

Y para esto, para que la reparación fuera según necesitaba, por su excelencia, la Santidad de Dios ofendida por la criatura; y para que, como consecuencia, ésta quedara restaurada, el Unigénito de Dios se hizo Hombre.

Y por la unión hipostática de su naturaleza divina y su naturaleza humana en la persona del Verbo, siendo el Sumo y Eterno Sacerdote que une a Dios con el hombre, en la plenitud y por la plenitud de su Sacerdocio y el ejercicio de ese mismo Sacerdocio, hizo posible, en Él y por Él, para alabanza de la gloria de Yahvé, la reparación infinita al Dios ofendido y la remisión de nuestros pecados; reencajándonos en los planes de Dios rotos por el «no» de nuestros Primeros Padres, a los cuales, ya en el Paraíso terrenal, les fue anunciado que una Mujer aplastaría la cabeza del dragón. […]

Llena de santo orgullo, tan conmocionada e impregnada de amor y gozo en el Espíritu Santo hacia el santo Patriarca, toda mi alma irrumpía en alabanzas a Dios, agradeciéndole cuanto nos había concedido por el «sí» incondicional de la fe irreductible de nuestro Padre Abraham, y el de la Santísima Virgen ante el anuncio del Ángel, alabada por Isabel: «Dichosa Tú, que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». (Lc 1, 45) […]

Una vez más, y de una manera intensísima, me he experimentado descendencia de Abraham, y no sólo como los gentiles, sino como del Pueblo de Israel, por las palabras que, llena de fe e impregnada de esperanza, escuché en el Sagrario: «Tú eres mi Pueblo»; por ser el Eco de la Santa Madre Iglesia, la Nueva Sión, que agrupa dentro de sus murallas a los hombres de todos los lugares de la tierra, según las promesas de Dios hechas «a Abraham y a su descendencia para siempre». […]

Porque soy Iglesia, hija de la Nueva y Celestial Jerusalén, fundada por Cristo y encomendada a sus Apóstoles, y por ser esposa de «Cristo, y Éste crucificado» (1 Cor 2, 2); soy y me experimento en todo mi ser hebrea, parte de la descendencia de Abraham según lo prometido por Yahvé: «Heme aquí: mi alianza es contigo, y serás padre de una muchedumbre de pueblos; y ya no te llamarás Abram, sino Abraham, porque yo te haré padre de una muchedumbre de pueblos… Y en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra»  (Gén 17, 4-5; 12, 3b). Ya que de la descendencia de su raza nacería el Mesías Prometido, «Gloria de Israel y Luz de los gentiles».

Por lo tanto, yo no necesito hacerme hebrea para ir de parte de Dios a buscar a los hijos de Israel, mis hermanos mayores, que aún están dispersos, para que descubran la faz de Cristo en el rostro de la Iglesia, porque lo soy por la promesa de Dios hecha a Abraham, «Padre de todos los creyentes».

Y asimismo, porque soy el Eco de la Santa Madre Iglesia, Dios me envía como expresión de los cantares de la Nueva y Celestial Jerusalén no sólo a los miembros de la Iglesia, sino también a los hijos de Israel para manifestarles:

¡«Yo soy» me envía a vosotros…!, para mostraros al Ungido de Yahvé, el Mesías Prometido, «Rey de reyes y Señor de los que dominan», Jesús de Nazaret, el descendiente de Israel, nacido de la estirpe de David, de una Virgen que daría a luz un hijo y le pondría por nombre «Emmanuel, “Dios con nosotros”»; que, naciendo en un pesebre en Belén de Judá, después de pasar por la tierra haciendo el bien, como «camino, verdad y vida» que nos conduce a la Casa del Padre, fue crucificado, muriendo en la cruz para quitar los pecados del mundo. […]

Restaurándonos por el misterio de su Encarnación, vida, muerte y resurrección, y resucitándonos a una vida nueva, para reencajarnos, después de la rotura de los planes de Dios por nuestros Primeros Padres, en el fin para el cual fuimos creados a imagen y semejanza del mismo Dios, haciéndonos hijos suyos, herederos de su gloria y partícipes de su vida divina.

Realizándose en Cristo, con Él y en Él todas las promesas hechas por Dios a la humanidad por medio de «Abraham», «de generación en generación», «y su descendencia para siempre» (Lc 1, 50. 55).

Por lo que es justo, digno y necesario que reconozcamos a Abraham como Padre de todos los creyentes, judíos y gentiles; y rompiendo en alabanzas, demos gloria al Padre, gloria al Espíritu Santo y gloria al Unigénito de Dios, Jesucristo, su enviado, «el Cordero que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29.), único capaz de abrir el libro de los siete sellos.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:
“Por la Fe inquebrantable de Abraham ante las promesas de Dios, todas las generaciones han sido bendecidas mediante el misterio de la Encarnación, en el cual y por el cual «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», Reconciliador infinito, en y por la plenitud de su sacerdocio, entre la criatura y su Creador”  
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 17)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El Seno del Padre está abierto”, que fue grabado el 19 de julio de 1992 (pulse la tecla PLAY):


Imagen del Corazón de Jesús en la casa natal de la Madre Trinidad. Dos Hermanas (Sevilla)


Mi Padre Dios tan plenamente quiere decirme a mí, por ser Iglesia, lo que Él es, que no me mandó un profeta, ni un serafín para que me lo dijera abrasado en el amor divino, sino que Él mismo rompe a hablar; y su Palabra eterna, su Verbo, se hace hombre y, habitando entre nosotros, nos dice todo su secreto escondido. (15-9-63)
Señor, yo necesito decirte que te amo, dándote eso que me hace ser lo más grande: la libertad. Si no tuviera libertad, no necesitaría decirte que te amaba, porque te daría necesariamente el amor que Tú me hubieras dado para amarte, según su medida; y te amaría, no por adhesión libre ante tu perfección, sino por falta de libertad para poder desear otra cosa. (9-1-65)
Dios se es el amor perfecto, y el hombre que, conociéndole, le posee, ama a todos en el Espíritu Santo, sin excepción de razas, clases ni condición; sintiéndose impulsado en el mismo Espíritu, a hacerles felices con la posesión del Bien infinito y de todo aquello que, para el servicio del hombre, Dios puso en la creación. (14-12-76)