¡Adviento de María…! La Señora siente estremecerse en sus entrañas al Hijo de su virginal maternidad. Es el mismo Verbo de la Vida a quien Ella le está dando su carne y sangre, mediante las cuales se está formando ese cuerpo perfectísimo del Unigénito del Padre, Encarnado.

¡La Virgen, por obra del Espíritu Santo, se siente Madre y se sabe Virgen…!

¡Oh Adviento de María…! La Niña, hecha una por transformación con el Altísimo, le siente en sus entrañas…, le apercibe hondo en su seno… y experimenta que se acerca el momento de dar a luz a la Luz Encarnada. […]

¡Adviento de María…! La Señora sabe que el nacimiento de Jesús se aproxima. Y, aunque su vida hacia dentro la hace vivir en una gran intimidad de amor y comunicación con el Verbo Encarnado, experimenta una gran necesidad de darle a luz para que «la Luz brille en las tinieblas».

María fue creada para ser Madre de Dios, siendo exenta del pecado original y teniendo en sí la plenitud de la gracia y de todos los dones del Espíritu Santo que, como a Madre de Dios, le correspondían por la Redención anticipada de su mismo Hijo, a quien Ella le diera la vida humana.

María, desde el principio de su vida hasta el fin, poseía todos los dones y carismas, toda la ciencia que todos los santos juntos hayan podido tener. Ella, por la luz del Espíritu Santo, tuvo siempre conocimiento íntimo de la grandeza de su alma, sabiéndose exenta de pecado y llena de toda gracia; por lo cual, penetrando en la verdad las grandes maravillas que el Amor ha obrado en Ella, entona ese Magníficat en el cual nos manifiesta cómo toda su «alma engrandece al Señor». […]

¡María…! La mente humana se pierde ante la consideración de tu misterio, ya que no hay gracia que pueda compararse a tu maternidad, ni criatura que pueda alcanzar la grandeza incomprensible que el Amor infinito obró en Ti. […]

Sabemos que, a los Santos, cuando llegan a la unión con Dios, el Amor les va descubriendo los secretos recónditos del misterio divino. El misterio de la Trinidad se les hace familiar; penetran en la Encarnación; todas las cosas se les van descubriendo en su verdad, por lo cual ven, a veces, lo recóndito de las almas. Muchos de ellos están animados del espíritu de profecía, discernimiento de espíritus y otras gracias innumerables que el Espíritu infinito va concediendo a sus almas fieles. Y todos, en las altas cumbres de la perfección, se abrasan en amor a Dios y a los hombres, siendo el centro de su vida el glorificar a Dios y el darle a los demás.

Todos estos dones en plenitud, y otros innumerables que a ninguna criatura le fueron concedidos, los tiene María en grado casi infinito. Por eso conviene que contemplemos a la Señora como una creación aparte, hecha para ser Madre de Dios, corredentora con Cristo y Madre de toda la Iglesia, porque Ella, no sólo es Madre de la Cabeza de la Iglesia, sino del Cristo Total, Cabeza y miembros.

¡No conocemos a María…! Por ello, nos la imaginamos en su vida caminando de sorpresa en sorpresa ante las realidades divinas que en Ella se obraban. Yo me ajusto, en todo, a lo que diga mi santa Madre Iglesia, porque soy más Iglesia que alma; pero, como soy pequeña y necesito cantar las glorias de mi Madre, quiero entonar hoy este cántico a mi Virgen Inmaculada porque me lo exige el amor de hija pequeñina que le tengo.

inmaculada-(2)¡Adviento de María…! Madre, eres tan hermosa, tan Madre, tan corredentora, tan Jesús, que tu vivir era el palpitar del alma de tu Hijo. María, eres la más alta morada del Altísimo. […]

Tú ansiabas también a cada una de las almas con todas tus fuerzas. ¡Qué sería para Ti, que sabías la grandeza de cada una y el destino para el que fueron creadas, el verlas en pecado!; haciéndote vivir siempre esta vista como en un grito de: «¡Ven, Jesús!», de mi seno a mis manos, para salvación de todos y cada uno de los hombres. […]

¡Adviento de María…! ¡Madre…! Tú tenías al Verbo de la Vida en tu seno para Ti, para amarlo Tú y para amarte Él. Tú vivías feliz en aquella intimidad y comunicación con el Verbo infinito en tu entraña. Pero, participando de la voluntad divina, olvidada de Ti, ardías en ansias terribles de que ese Verbo, que había «saltado» del seno del Padre a tu seno, «saltara» de tu seno a los hombres para entregárnoslo como Hostia que, ofrecida por Ti al Padre, fuera nuestra salvación y santificación. […]

María no vivía su secreto sólo para Ella; no vivía su alegría gozándola para sí. Ella se gozaba, sí, con su Hijo en su seno; le tenía, le adoraba, le amaba, ¡pero necesitaba ardientemente mostrarlo a la faz de todos los pueblos!, pues sabía que Ella era el medio del cual Dios se había valido para dárnoslo. […]

¡Oh Adviento de María…!, en el cual, a pesar de tener la Señora al Verbo de la Vida Encarnado en su seno, siendo para Ella «racimito de mirra», necesitaba, por exigencia de amor puro y universal, dejar esos amores en la intimidad de su seno y, olvidada de sí, dárnoslo de su seno para nuestra salvación. ¡Vivir de María desconocido…! […]

Hijo mío, ¡hacia dentro! Pero no para quedarte en ti, no; tú has de vivir hacia dentro para hacerte conforme a ese misterio que se obra en tu alma, para que se haga en ti como una encarnación del Verbo, y sea tu adviento, como el de María, necesidad ardiente de dar a Dios a las almas.

Que en Navidad hayas vivido tan profundamente este Adviento, que puedas hacer «saltar» al mismo Dios de tu alma a los hombres.

9-12-1962

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “Adviento de María”. 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 5

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “Adviento de María”.pdf

 

 

Nuestra Señora fue creada e introducida en el plan divino para ser Madre de Jesús y estar junto a Él; por eso Dios le concedió un conocimiento tan grande de su propio Hijo, que se adhirió a Él, en unión tan una, que su voluntad quedó robada por el Infinito. (9-1-65)

¡Silencio…!, ¡adoración…!, que el Padre está deletreando en el seno de María su divina Palabra con tal eficacia, que, por la acción del Espíritu Santo, la Virgen es Madre. (25-3-61)

Sólo la Señora, por un milagro del Amor Infinito, fue capaz de ser Virgen y, sin dejar de serlo, Esposa del Espíritu Santo; y, como fruto de su virginidad, Madre. (24-12-76)

¡Cuánto gozó María por el derramamiento de Dios sobre Ella, que hizo posible que lo fuera todo sin nada perder! Siendo poseída, besada y fecundizada sólo por el Amor Infinito que, haciéndola romper en Maternidad divina, le da derecho de llamar al Hijo de Dios, Hijo de sus entrañas virginales. (24-12-76)

Señora, Tú lo guardabas todo en tu profundo misterio y, ahondada en el abismo del Infinito, vivías en una adoración perenne del Dios que, Encarnado, se ocultaba en tu seno; así viviste tu Adviento. (30-4-62)

Nuestra Señora, desde la Encarnación, al ser Madre de Jesús, es Madre de todos los hombres, siendo su misión darnos la vida divina cogiéndola de la Cabeza y distribuyéndola por todos los miembros. Por ello, Madre de la Iglesia. (4-12-64)