Es corto el camino que conduce a la Vida. Es corto porque están contados los días de los hombres que por él caminan. Es corto porque estamos creados para la Eternidad, para el día luminoso de la luz, para el encuentro con Dios.

Este camino es peregrinación a través del destierro que nos lleva irremisiblemente a las fronteras de la vida.

 

“El pensamiento del cielo
en el vacío de un abismo sin luz”

 

Es corto el camino que conduce a la Vida. Es corto porque están contados los días de los hombres que por él caminan. Es corto porque estamos creados para la Eternidad, para el día luminoso de la Luz, para el encuentro del Padre, y este camino que nos conduce a la Patria es sólo camino, peregrinación a través del destierro que nos lleva irremisiblemente a las fronteras del más allá.

Se ha grabado en mi mente, en mi corazón dolorido por la dureza de la vida, por la incomprensión de los hombres, por la traición de muchos que se llamaron míos, por la carcajada de los que me desprecian y por la muchedumbre de los que no me reciben…; sí, se ha grabado, ante mi mirada asombrada, un camino corto por el que todos caminábamos presurosos: eran los días de la vida en el destierro. […]

Y al llegar al fin del destierro, al terminarse los días de nuestra peregrinación, he visto un corte en seco ante una frontera; un Abismo insondable, al cual no se le veía el término en profundidad, en hondura. El que allí cae, cae para siempre; jamás podrá salir, porque la profundidad de su seno es insondable, porque la fuerza de su atracción, por lo tanto, es irresistible. […]

Sí, carrera vertiginosa y gente que en tropel corría presurosamente… Y al llegar a la boca profunda del Volcán abierto de la perdición, una parte caía en la profundidad de aquel Abismo que se los tragaba con la fuerza de un huracán, perdiéndose para siempre, ¡para siempre! y como de sorpresa ante mi mirada espiritual.
Otra, paraba en seco; tal vez aún tenía tiempo de reflexionar…

¿Era capaz este segundo grupo de pasar el Abismo…? No sé cómo; porque, para pasarlo, eran necesarias alas y alas grandes, fuertes, alas de águila, acostumbradas a volar muy alto y superar inmensos abismos y grandes peligros…; ya que a Dios no se le puede poseer si no se llega con alas de águila que, levantándonos hacia Él, nos hacen capaces de vivir por participación de su misma vida, siendo hijos suyos, y herederos de su gloria.

¿Cómo pasaría entonces este segundo grupo que no estaba prevenido con sus alas…? ¿Quién le daría alas de águila para volar…? Tal vez los Sacramentos…, un acto de amor puro…, un rayo de luz que los transforme, como al buen ladrón, haciéndoles reaccionar ante la realidad dramática de su situación de forma que puedan cruzar el Abismo… […]

Aunque la inmensa mayoría, aun después de haber cruzado el Abismo, tendrán que purificarse para poder llegar a poseer a Dios. […]

Pues, para participar de Dios según el modelo del que, mirándose en lo que a Él le hace ser Dios, nos creó a su imagen y semejanza para introducirnos en la intercomunicación familiar de su misma vida divina, tenemos que hacernos conformes a Él. […]

Y de tal forma es esto, que el alma, una vez liberada de la esclavitud del cuerpo, penetrada por el pensamiento divino, al no encontrarse preparada y capacitada para poseer a Dios, instintivamente buscaría su propia purificación, en su grito de: ¡¿Quién como Dios?!, ante la necesidad de llenar el fin para el cual ha sido creada.

Abrazando amorosamente aquel nuevo regalo que el Eterno le hace por medio del Purgatorio, para poder llegar a poseerle eternamente, hecha una con Cristo, y Éste crucificado, que, por el triunfo glorioso de su resurrección, nos introdujo en los umbrales de la Eternidad. […]

Siendo el Purgatorio como el «lugar del desamor» donde están los que, por no haber procurado realizar la voluntad de Dios, torcieron sus caminos y, aún sin descarriarse del todo, no respondieron en retornación amorosa a las donaciones infinitas del que, «amando a los suyos, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). […]

Y el tercer grupo, que camina a lo largo del destierro sin ensuciarse en el lodazal del pecado, que lo pasa como en vuelo, con su mirada puesta en Dios, con su corazón poseído por el Infinito, con su mente iluminada por la Eterna Sabiduría y con su alma poseída por los dones y frutos del Espíritu Santo; en una palabra: con una mirada sobrenatural que envuelve y penetra todos los caminos de su ascensión hacia el encuentro del Padre y que les hace vivir una vida de fe que espera incansable, impelida por el amor, la promesa de los hijos de Dios; éstos son los que pasan triunfalmente el Abismo infranqueable de la perdición. […]

¡Se abrieron los Portones de la Eternidad para el águila real que viene del destierro a introducirse en la cámara nupcial del Esposo…! ¡Se abrieron los Portones que la introdujeron para siempre, ¡para siempre!, en el gozo infinito que poseen por participación los Bienaventurados…!

¡Qué contraste…! También, ante los que caen en el Abismo, se apercibe un «para siempre» sin término, insondable, terrorífico; un «para siempre» conocido sólo por los que, arrastrados a la profundidad de sus senos, se encuentran, como de sorpresa, en aquella fosa interminable de terror… […]

Dos «para siempre» distintos, a los cuales nos conduce un mismo camino: el camino de la Eternidad. […]

¡Yo quiero alas de águila para mí y para todos los míos; corazón de Iglesia con alas de Espíritu Santo para todos los hombres de la tierra…! ¡Yo quiero alas de águila real que me lleven a las Mansiones de la felicidad eterna; y busco caminar a través de mi destierro con mis alas extendidas para franquear airosamente las fronteras de la Eternidad y librarme del Abismo que el pecado abrió entre Dios y los hombres…! […]

¡Qué impresionante, qué grandiosa y terrible la visión de la muchedumbre de los hombres de todos los tiempos, corriendo por el camino de la vida en carrera vertiginosa…!

¡Y qué contraste al final del destierro…! ¡Qué distinto término!, ¡qué distinto fin!, consecuencias de un distinto caminar por el país de la vida… […]

¡Qué terrible insensatez la de las mentes ofuscadas, yendo por un camino tan corto, tan rápido y tan incierto, en una despreocupación tan absurda y tan equivocada…! […]

¡Alma querida, provéete de alas de águila, ensancha las cavernas de tu corazón, marcha por el camino del amor, de la fe, de la esperanza, abre tus ojos a la verdad, para que seas capaz de extender tus alas e introducirte en la felicidad dichosa del gozo de Dios!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “ALAS DE ÁGUILA” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 13)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Yo he visto abrirse el Abismo”, que fue grabado el 5 de febrero de 1989 (pulse la tecla PLAY):



Dios me ha dado un tiempo, mediante el cual me pide aquel grado de amor que Él necesita para su gloria y no otro; si lo pierdo o lo desaprovecho, el plan de Dios sobre mí no se llenará, y entonces, ¿qué haré? (12-9-63)
Si ahora te sorprendiera la muerte, el «para siempre» penetrante de la Eternidad, ¿sería para ti vida eterna gozosa en la luz infinita, o serías presa del enemigo infernal en la tiniebla desesperante de la condenación eterna…? Procura vivir como desearías morir. (27-11-61)
En mi vuelo veloz, casi sin pisar la tierra en la que habito, digo a todas las criaturas: ¡apartaos de mí, que voy a Dios!; y a mi Trinidad Una: ¡recíbeme, Amor, que voy a ti! (28-6-61)