ALAS DE AGUILA Cabecera

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3-10-1972

ALAS DE ÁGUILA

Es corto el camino que conduce a la Vida. Es corto porque están contados los días de los hombres que por él caminan. Es corto porque estamos creados para la Eternidad, para el día luminoso de la Luz, para el encuentro del Padre, y este camino que nos conduce a la Patria es sólo camino, peregrinación a través del destierro que nos lleva irremisiblemente a las fronteras del más allá.

Se ha grabado en mi mente, en mi corazón dolorido por la dureza de la vida, por la incomprensión de los hombres, por la traición de muchos que se llamaron míos, por la carcajada de los que me desprecian y por la muchedumbre de los que no me reciben…; sí, se ha grabado, ante mi mirada asombrada, un camino corto por el que todos caminábamos presurosos: eran los días de la vida en el destierro.

Tan presurosos caminábamos, que vertiginosamente corríamos en velocidad simultánea, sin podernos detener ni poder tampoco adelantar, puesto que el tiempo es una medida para todos igual.

Y al llegar al fin del destierro, al terminarse los días de nuestra peregrinación, he visto un corte en seco ante una frontera; un Abismo insondable, al cual no se le veía el término en profundidad, en hondura. El que allí cae, cae para siempre; jamás podrá salir, porque la profundidad de su seno es insondable, porque la fuerza de su atracción, por lo tanto, es irresistible.

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino y celebraba cada día espléndidos banquetes. Un pobre, de nombre Lázaro, estaba echado en su portal, cubierto de úlceras, y deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; hasta los perros venían a lamerle las úlceras.

Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los Ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.

En el infierno, en medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas”.

Dijo Abraham: “Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió males, y ahora él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros”.

Y dijo: “Te ruego, padre, que siquiera le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta, a fin de que no vengan también ellos a este lugar de tormento”.

Y dijo Abraham: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”.

Él dijo: “No, padre Abraham; pero si alguno de los muertos fuese a ellos, harían penitencia”.

Y le dijo: “Si no oyen a Moisés y a los Profetas, tampoco se dejarán persuadir si un muerto resucita”».

Sí, carrera vertiginosa y gente que en tropel corría presurosamente… Y al llegar a la boca profunda del Volcán abierto de la perdición, una parte caía en la profundidad de aquel Abismo que se los tragaba con la fuerza de un huracán, perdiéndose para siempre, ¡para siempre! y como de sorpresa ante mi mirada espiritual.

Otra, paraba en seco; tal vez aún tenía tiempo de reflexionar…

Altura¿Era capaz este segundo grupo de pasar el Abismo…? No sé cómo; porque, para pasarlo, eran necesarias alas y alas grandes, fuertes, alas de águila, acostumbradas a volar muy alto y superar inmensos abismos y grandes peligros…; ya que a Dios no se le puede poseer si no se llega con alas de águila que, levantándonos hacia Él, nos hacen capaces de vivir por participación de su misma vida, siendo hijos suyos, y herederos de su gloria.

¿Cómo pasaría entonces este segundo grupo que no estaba prevenido con sus alas…? ¿Quién le daría alas de águila para volar…? Tal vez los Sacramentos…, un acto de amor puro…, un rayo de luz que los transforme, como al buen ladrón, haciéndoles reaccionar ante la realidad dramática de su situación de forma que puedan cruzar el Abismo…

«Por mi vida, dice el Señor, Yahvé, que Yo no me gozo en la muerte del impío, sino en que se retraiga de su camino y viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos. ¿Por qué os empeñáis en morir, Casa de Israel?

Y diciendo Yo al impío: “De cierto morirás”; si él se convierte de su pecado e hiciere juicio y justicia, ciertamente vivirá, no morirá. No se recordará ninguno de los pecados que cometió; hizo juicio y justicia, y de cierto vivirá. Y dirán los hijos de tu Pueblo: “No es recta la vía del Señor”. “¡Las suyas sí que no son rectas! Si el justo se aparta de su justicia y hace iniquidad, morirá por ésta; y si el impío se aparta de su iniquidad y hace juicio y justicia, por eso vivirá. Y decís: ‘¡No es recta la vía del Señor!’ Yo os juzgaré, ¡oh Casa de Israel!, a cada uno conforme a sus caminos”».

Aunque la inmensa mayoría, aun después de haber cruzado el Abismo, tendrán que purificarse para poder llegar a poseer a Dios. Ya que, en el transcurso del peregrinar por el lodazal de esta vida, no tienen sus túnicas completamente lavadas y purificadas con la Sangre del Cordero, mediante la cual, «aunque nuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve. Aunque fueran rojos como la púrpura, vendrían a ser como la lana».

Pues, para participar de Dios según el modelo del que, mirándose en lo que a Él le hace ser Dios, nos creó a su imagen y semejanza para introducirnos en la intercomunicación familiar de su misma vida divina; tenemos que hacernos conformes a Él. Ya que, «en su luz veremos la Luz», transformados de claridad en claridad en aquello que contemplamos; quedando translimitados ante el resplandor de su gloria, y siendo, con todos los Bienaventurados, respuesta de adoración reverente, en un acto de amor puro, a la Santidad intocable del Dios tres veces Santo; al cual no se le puede poseer entrando en el Convite eterno sin traje de Bodas.

Y de tal forma es esto, que el alma, una vez liberada de la esclavitud del cuerpo, penetrada por el pensamiento divino, al no encontrarse preparada y capacitada para poseer a Dios, instintivamente buscaría su propia purificación, en su grito de: ¡¿Quién como Dios?!, ante la necesidad de llenar el fin para el cual ha sido creada.

Abrazando amorosamente aquel nuevo regalo que el Eterno le hace por me-dio del Purgatorio, para poder llegar a poseerle eternamente, hecha una con Cristo, y Éste crucificado, que, por el triunfo glorioso de su resurrección, nos introdujo en los umbrales de la Eternidad.

Por lo que el Purgatorio es una nueva donación de Dios derramándose en misericordia, llena de compasión, amor y ternura; para que la criatura pueda purificar cuanto en su peregrinar, por falta de amor y correspondencia, arrastrada por sus propias pasiones, llenas de torceduras, la desfigura tanto, que la imposibilita para su encuentro definitivo con Dios.

Siendo el Purgatorio como el «lugar del desamor» donde están los que, por no haber procurado realizar la voluntad de Dios, torcieron sus caminos y, aún sin descarriarse del todo, no respondieron en retornación amorosa a las donaciones infinitas del que, «amando a los suyos, los amó hasta el extremo».

No sé cómo este grupo, que se paraba en seco ante el Abismo, se procuraría sus alas para atravesarlo…; ya que, sin alas de águila real, no se puede cruzar el Abismo insondable que separa esta vida del día luminoso de la Luz.

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Y el tercer grupo, que camina a lo largo del destierro sin ensuciarse en el lodazal del pecado, que lo pasa como en vuelo, con su mirada puesta en Dios, con su corazón poseído por el Infinito, con su mente iluminada por la Eterna Sabiduría y con su alma poseída por los dones y frutos del Espíritu Santo; en una palabra: con una mirada sobrenatural que envuelve y penetra todos los caminos de su ascensión hacia el encuentro del Padre y que les hace vivir una vida de fe que espera incansable, impelida por el amor, la promesa de los hijos de Dios; éstos son los que pasan triunfalmente el Abismo infranqueable de la perdición.

¡Terriblemente impresionante es la vista de los que caían en el Abismo…! Pero no menos impresionante la de aquellos que, llegando a las fronteras de la Eternidad, al término de la vida, tras el Abismo, vislumbran una luz centelleante que, con el imán de sus candentes llamas, atrae hacia sí irresistiblemente a los hombres que, con ojos penetrantes de sabiduría divina, descubren la luz del Día eterno del Amor…

¡Qué alegría ver aquel cortejo glorioso de los «que vienen de la gran tribulación», viviendo como en vuelo por el destierro sin mancharse ni arrastrarse por el lodazal de la vida, y extendiendo sus grandes alas, casi sin apercibirlo, remontan su vuelo y pasan enseñoreándose a través y por encima del Abismo; y al final son introducidos por Cristo en aquella Luz candente e infinita de gozo, de felicidad, de bienaventuranza y de posesión eterna…!

¡Se abrieron los Portones de la Eternidad para el águila real que viene del destierro a introducirse en la cámara nupcial del Esposo…! ¡Se abrieron los Portones que la introdujeron para siempre, ¡para siempre!, en el gozo infinito que poseen por participación los Bienaventurados…!

ALAS DE AGUILA

¡Qué contraste…! También, ante los que caen en el Abismo, se apercibe un «para siempre» sin término, insondable, terrorífico; un «para siempre» conocido sólo por los que, arrastrados a la profundidad de sus senos, se encuentran, como de sorpresa, en aquella fosa interminable de terror…

Dos «para siempre» distintos, a los cuales nos conduce un mismo camino: el camino de la Eternidad. Porque, cuando Dios nos creó para Él y nos puso en el destierro, nos hizo caminar a todos en una misma peregrinación por el sendero que nos conduce a su posesión. Pero el pecado hizo una zanja y abrió un Abismo entre la criatura y el Creador, entre el Cielo y la tierra, entre Dios y los hombres; un Abismo de maldad, que sólo con alas de águila y ojos candentes de ardorosa sabiduría puede cruzarse…

¡Yo quiero alas de águila para mí y para todos los míos; corazón de Iglesia con alas de Espíritu Santo para todos los hombres de la tierra…! ¡Yo quiero alas de águila real que me lleven a las Mansiones de la felicidad eterna; y busco caminar a través de mi destierro con mis alas extendidas para franquear airosamente las fronteras de la Eternidad y librarme del Abismo que el pecado abrió entre Dios y los hombres…!

Me consumo en ansias de clamar con Cristo y junto a Él a todos los hombres: «Venid a mí». Yo necesito, porque soy Iglesia y peregrina entre mis hermanos con los que marcho a una misma velocidad por un mismo camino, descubrirles y mostrarles esa Luz candente de vida y de felicidad. Y por eso clamo con angustias de muerte en cantares, que ante la tragedia de mi espíritu se han convertido en alaridos, para mostrar a los hombres el modo seguro de vivir en nuestro peregrinar hacia el Reino de la Luz y del Amor.

Mi alma está profundamente impresionada por esta verdad dogmática, siempre antigua y siempre nueva, de la vida, de la muerte, del Cielo y del infierno… Pero la impresión de los que caían al Abismo me es tan dura, que casi no me deja gozarme en los que cruzaban las fronteras gloriosas y suntuosas de la Eternidad.

¡Caían…! ¡Caían…! ¡Caían en el Abismo…! ¡¡Yo los he visto caer!! ¡Y caían para siempre con la velocidad de un rayo en días de tormenta, con la rapidez de un huracán en noches de aire, con la escalofriante sensación de la muerte, perdiéndose en la hondura insondable del «Volcán abierto»…!

Oigo carcajadas en la lejanía…, mofas…, burlas…, desprecios…, incomprensiones, calumnias y martirios para el alma-Iglesia que, con alas de águila, pasa a través del destierro su vertiginoso caminar…

¡Qué impresionante, qué grandiosa y terrible la visión de la muchedumbre de los hombres de todos los tiempos, corriendo por el camino de la vida en carrera vertiginosa…!

¡Y qué contraste al final del destierro…! ¡Qué distinto término!, ¡qué distinto fin!, consecuencias de un distinto caminar por el país de la vida…

« … Así será al fin del mundo: Enviará el Hijo del Hombre a sus Ángeles y recogerán de su reino todos los escándalos y a todos los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego, donde habrá llanto y crujir de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».

¡Qué terrible insensatez la de las mentes ofuscadas, yendo por un camino tan corto, tan rápido y tan incierto, en una despreocupación tan absurda y tan equivocada…!

Todo el que corre va buscando el amor, la felicidad, la paz, el gozo, la posesión. Pero no todos lo van buscando según la voluntad de Dios y, por eso, muchos se encuentran arrastrados, en un abrir y cerrar de ojos, en el Abismo insondable de la perdición.

¡Alma querida, provéete de alas de águila, ensancha las cavernas de tu corazón, marcha por el camino del amor, de la fe, de la esperanza, abre tus ojos a la verdad, para que seas capaz de extender tus alas e introducirte en la felicidad dichosa del gozo de Dios!

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

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