Después de haberles hecho vivir y contemplar el misterio trinitario, Dios se complace en manifestar a las almas su grandeza y su destino eterno. No es conforme a lo que Dios nos pide el autocomplacerse en los dones que Él concede.

El tema “Alma mía, no te mires” constituye el sello que el Señor ha querido poner en el alma para garantizar la profunda humildad ante las grandezas que el Altísimo obra en el espíritu, para ayudar a la Iglesia.

 

“Llena, inundada e invadida del santo temor de Dios…”

 

El día 24 de enero de 1960, durante uno de mis ratos de oración […], de pronto, en un momento, llena de sorpresa expectante, empecé a intuir, penetrar y comprender la grandeza de los Ángeles de Dios, creados con una naturaleza perfectísima para participarle de una manera muy profunda y muy elevada; siendo levantados a una sublimación tan alta para, sobrepasados y subyugados por la hermosura de su Rostro, desplomados de amor, adorarle en reconocimiento de profunda reverencia, entonando cánticos de alabanza ante la infinita y coeterna Santidad de Dios.

Y, ¡de pronto!, apareció ante mi mirada espiritual un Ángel que, sobresaliendo entre todos en su hermosura por la capacidad de participación de Dios a la cual estaba siendo levantado por el mismo Dios en ascensión gloriosa para poseerle, se le denominaba «Luz Bella», recibida de la Luz Infinita que sobre él tan luminosamente se desbordaba desde los infinitos y torrenciales Manantiales de la Divinidad.

El cual […], ante la expectación de mi alma llena de sorpresa y admiración, ¡subía…, subía…, subía…! por encima de los demás Ángeles, en la participación de la vida divina, a una altura inimaginable, como en un ascendimiento de predilección por parte de Dios.

De forma que mi alma lo contemplaba llena de respeto por aquel ascendimiento en que estaba siendo levantado en lanzamiento veloz de elevación tan subida, que le veía ascender, sublimado por encima de los demás Ángeles, hacia la posesión, en participación, del mismo Dios; siendo ésta tan esplendorosa y tan alta, que no había luz como su luz recibida del Sol divino.

Por lo que «Luz Bella» se denominaba aquella criatura llena de los resplandores del Sol eterno. […]

Y poseía a Dios ¡tanto, tanto, tanto! que, al mirarse y verse tan hermoso, tan sublimado y levantado por el mismo Dios; en un acto de complacencia desordenada, ensoberbeciéndose al verse tan hermoso, todo su ser angélico, en una locura de insensatez espeluznante e incomprensible, exclamó: «¡¿Quién como yo…?!».

Y, volviéndose descaradamente hacia el Infinito Creador que tanto se había derramado sobre él, dijo: «No te serviré».

Por lo que mi alma, sobrecogida por cuanto estaba viendo y comprendiendo ante el grito de rebelión de aquella Luz tan Bella; llena de terror, ¡de pronto! contempló que, ante la insensatez inimaginable e inconcebible de aquel: «¡¿quién como yo?!», «no te serviré»; en ese mismo instante, aquel ser tan encumbrado, perdiendo toda su hermosura y quedando monstruosamente ensombrecido y ennegrecido, cayó, con la rapidez de un rayo y como en un grito de alarido terrorífico de desesperación agónica, desde la altura, a la cual había sido levantado a un Abismo profundísimo e insondable, de negruras terribles y espeluznantes; que se abrió en aquel mismo instante ante la rebelión de aquella criatura contra su Creador que lo elevó, en un derramamiento amoroso de su poder y su bondad, por encima de los demás Ángeles a tanta participación de la misma vida divina.

Invadida de terror y espanto, y toda conmocionada, le vi desaparecer, lleno de desesperación, con la rapidez de un rayo en aquella profundidad profunda del cráter de aquel Volcán abierto que se tragó a la Luz ennegrecida, que había sido tan Bella, en las profundidades de su tenebrosidad; mientras que Luzbel, convertido en un diablo espeluznante, en una amargura indecible de desesperación eterna, se perdía en aquel Abismo abierto para él y para los que, como él, tan dislocada e insensatamente le dijeran a Dios: «no te serviré»; quedando separados para siempre de la posesión del Infinito Bien, –con la que hubieran llenado todas las capacidades que Dios puso en su ser para que le poseyeran en el gozo dichosísimo de la felicidad de los Bienaventurados–; viviendo en la desesperación del que todo lo ha perdido ¡y para siempre! por la rebelión de la criatura ante el Creador. […]

Y cuando mi espíritu se encontraba sobrecogido de terror y espanto, todo tembloroso y acongojado por cuanto acababa de contemplar de la precipitación de Luzbel al Abismo que fue creado en aquel instante como consecuencia del «no» de la criatura en rebelión contra su Creador; ¡llena de sorpresa y sobrecogida de pavor!, comencé a ver que mi alma iba siendo levantada por Dios y llevada ¡por el mismo camino por el que había visto subir a Luzbel en participación de Dios, y del que le vi caer por su soberbia, al rebelarse contra la Excelencia infinita del Dios tres veces Santo en su: «¡¿Quién como yo?!»; «¡no te serviré!»…!

Y ¡despavorida, horrorizada y temblando…!, me veía subir… y subir… y subir…, ¡por el mismo camino y de la misma manera!, en transformación de Dios, a la participación de su vida divina.

Y cuando llegué al grado de participación de Dios al que Él había determinado levantarme, se grabó en lo más profundo de mi espíritu –dejándome sobrecogida de terror– como una frase sin palabras, que quedó y ha quedado inscrita y lacrada como a fuego para toda mi vida en la médula más profunda de mi ser: «Esto quiero hacer contigo. Pero no te mires, porque, si te miras, como cayó él, caerías tú».

Entendiendo, en penetración y despavorida comprensión, que si me miraba ensoberbecida y desordenadamente en complacencia, podía caer en la insensatez de Luzbel, cegada por mi locura, y llegaría a la situación a la que él llegó con todas sus consecuencias. […]

Por lo que mi alma ha quedado penetrada invadida e inundada durante toda mi vida de un santo temor de Dios, que me hace repetir desde lo más profundo e íntimo de mi corazón: «Alma mía, no te mires ni para bien ni para mal. Porque, si te miras, como cayó Luzbel, podrías caer tú». […]

Por lo que vivo suspirando anhelante, en mi búsqueda incansable e insaciable de dar gloria a Dios y vida a las almas, por el Día eterno donde contemplaremos a Dios sin poderle ofender ni poderle perder para siempre. […]

 

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 
Fragmento del escrito:   “ALMA MÍA, ¡NO TE MIRES…!”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 13)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Yo he visto abrirse el abismo”, que fue grabado el 5 de febrero de 1989 (pulse la tecla PLAY):

 

El que Es crea criaturas que sean por Él, y las crea con un «yo» capaz de sometérsele o no; y éstas, a veces, al saberse tan hermosas, dicen: «Yo soy; no quiero depender de ti». En la ofuscación de su mente, pierden su misma razón de ser. Y, al alejarse de Dios y vivir sin Él, se exponen a encontrarse con la desgracia eterna. (15-9-66)
¿Te conviene pensar que no existe el Abismo del volcán abierto donde caen los que se separan de Dios, para así poder vivir como si no existiera, bajo la esclavitud de tus propias concupiscencias? ¿Qué harás cuando, al descubrir que te equivocaste, ya no estés a tiempo? (1-10-72)
Dios mío, ¡qué horrible es la envidia! Ella es la causa de grandes males, porque la envidia es la soberbia llevada a los frutos más amargos. Ella es el grito de «¡sólo yo!», conseguido como sea. (21-1-65)