La sacudida espiritual que la Madre Trinidad nos describe en este tema es de primera magnitud. Dios quiso confirmarla en la verdad y en la sencillez evangélica. Y lo consiguió. Su espíritu quedó forjado y sellado para siempre ante la impresión vivida.

A nosotros nos lo propone para que surta el mismo efecto. Para que quedemos fortalecidos en la humildad y podamos obtener los beneficios espirituales de tener un alma abierta, disponible y cristalizada en el temor de Dios.

 

 

Llena, inundada e invadida del santo temor de Dios, temblorosa y asustada, y con el único deseo de glorificar al Ser Infinito, que, como bandera de amor, campea en lo más íntimo y profundo de mi corazón, quiero expresar hoy […] algo de la terrible y espantable vivencia que tuve el 24 de enero de 1960.

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia. 2013

¡Gracia incalculable que el Señor me concedió, para mantenerme siempre en la verdad de mi nada, la ruindad de mi pequeñez y aplastada por mi miseria, ante la grandeza insondable de la riqueza infinita del que se Es, ultrajado y menospreciado por el «no» de la criatura ante el Creador! […]

[…] El día 24 de enero de 1960, durante uno de mis ratos de oración […], de pronto, en un momento, llena de sorpresa expectante, empecé a intuir, penetrar y comprender la grandeza de los Ángeles de Dios, creados con una naturaleza perfectísima para participarle de una manera muy profunda y muy elevada; siendo levantados a una sublimación tan alta para, sobrepasados y subyugados por la hermosura de su Rostro, desplomados de amor, adorarle en reconocimiento de profunda reverencia, entonando cánticos de alabanza ante la infinita y coeterna Santidad de Dios.

Y, ¡de pronto!, apareció ante mi mirada espiritual un Ángel que, sobresaliendo entre todos en su hermosura por la capacidad de participación de Dios a la cual estaba siendo levantado por el mismo Dios en ascensión gloriosa para poseerle, se le denominaba «Luz Bella», recibida de la Luz Infinita que sobre él tan luminosamente se desbordaba desde los infinitos y torrenciales Manantiales de la Divinidad.

El cual […], ante la expectación de mi alma llena de sorpresa y admiración, ¡subía…, subía…, subía…! por encima de los demás Ángeles, en la participación de la vida divina, a una altura inimaginable, como en un ascendimiento de predilección por parte de Dios.

De forma que mi alma lo contemplaba llena de respeto por aquel ascendimiento en que estaba siendo levantado en lanzamiento veloz de elevación tan subida, que le veía ascender, sublimado por encima de los demás Ángeles, hacia la posesión, en participación, del mismo Dios; siendo ésta tan esplendorosa y tan alta, que no había luz como su luz recibida del Sol divino.

Por lo que «Luz Bella» se denominaba aquella criatura llena de los resplandores del Sol eterno.

Penetrando y comprendiendo mi alma que aquel Ángel tan hermoso estaba siendo levantado por la voluntad de Dios y su mano omnipotente a una sublimidad tan grande en participación del mismo Dios, para que le poseyera, que no había hermosura como su hermosura ni belleza más resplandeciente entre los demás Ángeles; porque no había quien participara y reflejara al Infinito como él, al derramarse el Amor Eterno sobre aquella criatura, embelleciéndola, ennobleciéndola y llevándola a participar en aquel grado de sus perfecciones infinitas.

Y poseía a Dios ¡tanto, tanto, tanto! que, al mirarse y verse tan hermoso, tan sublimado y levantado por el mismo Dios; en un acto de complacencia desordenada, ensoberbeciéndose al verse tan hermoso, todo su ser angélico, en una locura de insensatez espeluznante e incomprensible, exclamó

«¡¿Quién como yo…?!»

Y, volviéndose descaradamente hacia el Infinito Creador que tanto se había derramado sobre él, dijo: «No te serviré».

Por lo que mi alma, sobrecogida por cuanto estaba viendo y comprendiendo ante el grito de rebelión de aquella Luz tan Bella; llena de terror, ¡de pronto!, contempló que, ante la insensatez inimaginable e inconcebible de aquel: “¡¿quién como yo?!”, “no te serviré”; en ese mismo instante, aquel ser tan encumbrado, perdiendo toda su hermosura, y quedando monstruosamente ensombrecido y ennegrecido, cayó, con la rapidez de un rayo, y como en un grito de alarido terrorífico de desesperación agónica, desde la altura a la cual había sido levantado, a un Abismo profundísimo e insondable, de negruras terribles y espeluznantes; que se abrió en aquel mismo instante ante la rebelión de aquella criatura contra su Creador, que la elevó, en un derramamiento amoroso de su poder y su bondad, por encima de los demás Ángeles a tanta participación de la misma vida divina.

Invadida de terror y espanto, y toda conmocionada, le vi desaparecer, lleno de desesperación, con la rapidez de un rayo en aquella profundidad profunda del cráter de aquel Volcán abierto que se tragó a la Luz ennegrecida, que había sido tan bella, en las profundidades de su tenebrosidad; mientras que Luzbel, convertido en un diablo espeluznante, en una amargura indecible de desesperación eterna, se perdía en aquel Abismo abierto para él y para los que, como él, tan dislocada e insensatamente le dijeran a Dios: «no te serviré»;

quedando separados para siempre de la posesión del Infinito Bien –con la que hubieran llenado todas las capacidades que Dios puso en su ser para que le poseyeran en el gozo dichosísimo de la felicidad de los Bienaventurados–; viviendo en la desesperación del que todo lo ha perdido ¡y para siempre! por la rebelión de la criatura ante el Creador.

El cual, derramándose en el esplendor de su magnificencia infinita y para alabanza de su gloria, los creó a su imagen y semejanza para que le poseyeran siendo un himno de reconocida alabanza, dando gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo. […]

¡¿Quién como Dios, que hace temblar a los Ángeles del Cielo y a todo lo que es creado, por la magnificencia esplendorosa del que se es la razón de ser de su misma divinidad, estándosela siendo y teniéndosela sida, y razón de ser de todo cuanto ha sido, es y será; siéndose el infinitamente Distinto y Distante de todo lo que no es Él…?! […]

¡¿Quién como Dios que, por su seerse eterno, es capaz de ser el Creador de interminables e insospechados mundos y criaturas, según a su voluntad le plazca para la manifestación de su gloria…?!

¡¿Quién como Dios que es Creador irrumpiendo en creaciones que manifiestan el esplendor del poderío de la sublimidad magnífica de sus infinitos atributos y perfecciones; y que, en un reventón de sabiduría amorosa, saca de la nada seres creados a su imagen y semejanza, capacitándoles para que puedan llegar a participarle, por una benevolencia en manifestación de su infinito poder, en el gozo dichosísimo de su misma vida divina: Ángeles, Arcángeles, Querubines, Serafines, hombres…?! […]

La criatura no es nada más que la expresión, en realidad existente, de una voluntad majestuosa del Ser Infinito que, derramándose en creación, la hace a imagen de su misma perfección para gloria de su Nombre. […]

«Alma mía, no te mires ni para bien ni para mal. Porque, si te miras, como cayó Luzbel, podrías caer tú».

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Escrito:  “ALMA MÍA, ¡NO TE MIRES…!”. 
 
(Del libro “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”)

 

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