Recurrir a la Virgen para obtener su ayuda ha sido una de las prácticas más frecuentes de sus hijos durante toda la historia de la Iglesia. El sentido común del Pueblo de Dios no se equivoca. Quizás no sepa dar razones que convenzan a los más eruditos, pero siempre ha funcionado. Y muy bien.

Y es que Dios, nuestro Padre, se mueve a compasión ante las peticiones de la Virgen si hay dos motivos: reconocer que sin ella estamos en la noche más oscura y que a su espléndida Virginidad Dios no le puede negar nada. Basta poner todos nuestros dolores, incluso los de la Iglesia universal, en los pliegues de su manto y Ella sale en nuestra defensa.


 «Aparece la Señora»

Cuando acosan los problemas de la vida,
aparece refulgente, en mi mente, la Señora,
como luz en mi camino,
como antorcha en una noche aterradora.

Y mi ansia busca en Ella
las conquistas de las glorias del Inmenso,
pues es Madre acogedora,
que protege con la fuerza poderosa del Eterno.

Confianza son mis preces,
y en sus celos palpitantes de caricias maternales
voy dejando cuanto tengo,
y descanso descansada con los frutos de su pecho.

Es Señora con inmenso poderío,
que, cual Madre corredentora, siendo Virgen,
arrebata los amores del Dios vivo.

Mi conquista está en los brazos de María,
porque Ella me cobija, cuando imploro
en petición de silencio clamoroso.

Hoy mi alma está afligida
por la herida palpitante de la Iglesia;
y he mirado a la Señora, que me ha dicho con nobleza:
















No te aflijan los proyectos que caducan
con los hombres de este suelo,
tu recurso está en la Altura;
con los pliegues de mi manto yo lo envuelvo.

Soy la Madre que consigo en virginal poderío
cuanto quiero del Dios vivo,
pues Señora Él me hizo de los Cielos,
en su infinito designio.

Confía, no titubees,
tus cosas yo las consigo.



25-5-1974

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia