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Hoy, penetrada del coeterno e infinito pensamiento, iluminada con la luz de lo Alto, he recibido una nueva sorpresa en mi vida; ¡una nueva conciencia, aún más profunda, de mi vocación, de mi misión en la Iglesia con cuantos, para ayudarla, el Amor Infinito me ha dado!

En un abrir y cerrar de ojos, un rayo de luz de la Eterna Sabiduría me penetró, como con la agudeza de una espada afilada, en lo más recóndito y profundo de la médula del espíritu. Y, por el centelleo de su iluminación, me hizo vivir, en un instante, el transcurrir de todos los tiempos…, de todos los siglos…; con la contemplación nueva y sorprendente de la Santa Iglesia de Dios, como el único Camino que nos conduce, por Cristo y bajo el cobijo y amparo de la maternidad de Nuestra Señora de Pentecostés, Madre de la Iglesia, hacia la Casa del Padre.

¡¡Y me vi, de pronto, con una escoba barriendo la Iglesia mía…!! […]

¡Eficacia y sencillez!, ¡humildad y valentía!, ¡claridad y limpieza!; llegando con mi escoba a todos los rincones, para dejarlos del modo que Dios quería. […]

Vi a la Iglesia como el Camino refulgente de luz, repleto de Divinidad, ¡recto, firme, seguro, claro, luminoso, transparente, inconmovible, intocable, incorruptible, invencible!, que conduce hacia la Casa del Padre.

Entendiendo que este Camino, como espejo sin mancilla por el que habían pasado multitudes incalculables de hombres; en el transcurso de los tiempos y en el pasar de cada uno, había sido ¡tan ensuciado!, ¡tan empañado…!, ¡tan afeado…!, que a veces hasta grima daba pasar por él.

Camino al cual, normalmente, en nuestro cruzar, unos de una manera y otros de otra, ¡empolvamos, afeamos, ensuciamos y manchamos…!

¡Cuántos hombres han pasado por el camino de la Iglesia…! Todos y cada uno con sus innumerables pecados, con la concupiscencia de su carne, con la soberbia y ofuscación de sus corazones entorpecidos por la torcedura de sus pensamientos;
con sus modos y estilos personales, con el aferramiento a sus propios criterios…; con la ofuscación de sus mentes oscurecidas, con la mala voluntad de sus corazones empecatados, que, en la insensatez de sus vidas entenebrecidas, no les deja ver en el espejo transparente de la Iglesia la faz de Jesús «y Éste crucificado » (1 Cor 2, 2) que nos invita a seguirle, tras su aparente fracaso, mediante su resurrección gloriosa, a las Bodas eternas de Cristo con su Iglesia, bajo la fuerza y el ímpetu arrollador del Espíritu Santo.

Por lo que intentan enfrentarse con la santidad infinita y excelsa del mismo Dios, llevados por la soberbia, la lujuria, la envidia, el rencor, ¡y por todo aquello que no es según Dios, e incluso contrario y hasta repelente a su infinita santidad!; y rebelándose descabelladamente contra Dios en enfrentamiento diabólico, le dicen: «no te serviré» (Jer 2, 20);
¡al Dios que les creó sólo y exclusivamente para que le poseyeran, y los restauró mediante la Sangre del Cordero Inmaculado que quita los pecados del mundo, derramada en el ara de la cruz!

Pero todos pasaron…, y, al pasar, dejaron su huella; huella que es más o menos marcada, más o menos sucia, en la medida y estado de los pies de los que pasan.

Vi también que los que eran más grandes en la Iglesia, llevaban unos zapatos mayores y más pesados; y, si los tenían manchados, sus huellas eran más profundas y más dañinas…, ¡dejando a la Iglesia más manchada y hasta agrietada!

Mientras que los que, en el bloque de los demás, pasaban desapercibidos, la marcaban con menos huella, aunque también dejaban la suya.

Entre unos y otros ¡la habían desfigurado, afeado, empolvado y manchado…!; profanando la santidad de Dios, al poner sus pisadas malolientes sobre el espejo sin mancilla donde el mismo Dios, en la hermosura de su rostro divino, se mira y se refleja en reverberación majestuosa del esplendor de su gloria: la Iglesia Santa, Camino luminoso hacia la Eternidad.

Camino que tiene como Cabeza, con su corona de gloria, al Unigénito Hijo de Dios, el Verbo de la Vida Encarnado cubierto con un manto real de sangre; quien, para conducirnos seguros hacia el encuentro del Gozo eterno, se hizo uno de nosotros, caminante, peregrino y desterrado; y por el misterio de su Encarnación, vida, muerte y resurrección gloriosa, abrió con sus cinco llagas los Portones suntuosos de la Eternidad para introducirnos en el seno anchuroso de nuestro Padre Dios, cerrado por el pecado. […]

Lo que más claro se grabó en mi alma en este día centelleante de luz y de verdad, fueron estas dos cosas:

Que la Iglesia, como Camino luminoso que nos conduce a la Verdad y contiene la Vida, lleno de brillantez y hermosura, de santidad y majestad divina y de plenitud, se encontraba tan cargada de miserias, ¡de podredumbre!, que difícilmente se podía descubrir en ella la faz hermosa de Cristo, divina y divinizante, en su repletura de Divinidad.

Y que los que más la habían manchado y desfigurado, con peores consecuencias y más grandes lacras, eran muchos de aquellos que, por haber ocupado en su pasar puestos más importantes, de mayor responsabilidad y relieve, tenían los zapatos más grandes;
los cuales, si habían sido posados previamente en suciedades o estaban envueltos en podredumbre, en su pisar y rozar por el camino resplandeciente y luminoso que es la Iglesia dejaban unas huellas muy sucias, muy grandes, muy marcadas y malolientes;
huellas que hasta hacían surcos y grietas en el Camino, impidiendo a otros correr gozosamente por él, sin tropezar, al fin añorado; y que habían hecho de la Iglesia, aparentemente, como un basurero o estercolero. […]

¡Qué necesaria y qué impelida bajo la fuerza del impulso divino me vi con mi escoba barriendo mi Iglesia amada, mi Iglesia Madre, mi Iglesia santa, mi Iglesia mía…!

¡Qué misión más sencilla y más urgente la mía…! Cada día que pasa sin coger mi escoba eficazmente para barrer, colaboro a que la peste se propague más, enfermando a unos e incluso matando a otros con su contagio.

Comprendí que Dios me pedía, a mí y a mi descendencia, que fuéramos tan sencillos, pero tan eficaces, como la escoba de un barrendero. […]

Cada siglo con sus épocas ha tenido sus costumbres más o menos buenas, más o menos confusas y tenebrosas; las cuales, por medio de los hombres que han ido pasando por la Madre Iglesia, han dejado en ella sus huellas, con tanta diversidad de cosas extrañas que a veces difícilmente y a duras penas se la puede reconocer como la única Iglesia verdadera, fundada por Cristo, cimentada en los Apóstoles y perpetuada durante todos los tiempos. […]

Fue tanta la eficacia que vi en la escoba, que me sentí impelida a cogerla; y tan grande su sencillez, que me experimenté robada y cautivada por ella. ¡Cómo comprendí nuevamente que Dios se comunica a los pequeños y que, a través de estos instrumentos sencillos, Él se hace eficaz en manifestación esplendorosa de su gloria! […]

Si quieres que resplandezca su rostro bellísimo, que corran los hombres por su Camino, atraídos por «el olor de sus perfumes, que son más suaves que el vino» (Ct 1, 3. 2), para embriagarse del néctar riquísimo de la Divinidad; en esta situación en que hoy se encuentra la Madre Iglesia, tienes que ser pequeño. Los Pescadores de Galilea fueron los instrumentos que Cristo escogió para fundarla. […]

Como, en la vida de Jesús, los ojos altaneros y el corazón orgulloso no fueron capaces de ver en la faz de Cristo al Verbo Infinito y le condujeron al patíbulo; así los ojos altaneros y el corazón orgulloso, bajo la insidia diabólica, grita también ahora despiadadamente a la Iglesia:«¡Reo es de muerte…! ¡Crucifícala…!» (Mt 26, 66; Mc 15, 13)

La Iglesia surgirá mañana con lo que, unidos en la cruz de Cristo, hechos uno con nuestros Obispos queridos, cimentados en la Roca de Pedro y, con ellos, bajo la luz, el impulso y la fuerza del Espíritu Santo, hagamos hoy, para la auténtica, verdadera y esencial renovación de la Iglesia.

 

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 
Fragmento del escrito: “BARRENDEROS EN LA IGLESIA” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 16)

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