El Sábado de gloria está inundado del resplandor del triunfo de Cristo, que entra en la Eternidad, oyéndose por primera vez en el Cielo: “ ¡Bienvenido sea el hombre al seno del Padre!”.

La vida, la misión y la tragedia de Cristo, que vivió durante su pasión, muerte y resurrección, se hacen particularmente vivas y palpitantes durante el Triduo Pascual.

 

¡Se rasgó el velo del templo
porque se abrió el seno del Padre!

 

Culminó la Redención del Mesías. […] Tras lo cual vino la resurrección y la vida por el triunfo de Cristo resucitado. […]

El alma del divino Crucificado triunfante y gloriosa, remonta su vuelo en triunfo de majestad soberana, y liberando a los Santos Padres que estaban esperando su santo advenimiento y llevándolos tras de sí, llega a los umbrales anchurosos de la Eternidad, […] entrando en la gloria; y con Él el cortejo nupcial de una multitud de cautivos, tras los cuales entrarán ya los demás hombres. […]

¡Qué sábado de triunfo tan glorioso!, en el cual el alma del Unigénito de Dios, que al mismo tiempo es el Hijo del Hombre, abre por el fruto de su Redención los portones suntuosos de la Eternidad, cerrados desde el Paraíso terrenal por el pecado en rebelión de nuestros Primeros Padres; y se alzan las antiguas compuertas ante el paso impetuoso de irresistible poderío del alma del Unigénito de Dios inmolado, en triunfo de gloria. […]

Los Ángeles de Dios adorando, […] contemplaban el alma del Cristo que, triunfante, abría por el fruto de su Redención con sus cinco llagas el Seno del Padre; trayendo detrás de sí al júbilo eterno la corte gloriosa y triunfante de los antiguos Padres […] y con la legión de cautivos rescatados por el precio de su Sangre y que esperaban su santo advenimiento. Oyéndose […] en la Eternidad: ¡Bienvenido sea el Hombre que ha abierto con sus cinco llagas el Seno del Padre!

[…] Bajo el impulso del Omnipotente y por el poder de su gracia, que, del modo que Él sólo sabe, me introduce en sus misterios para que los manifieste; expreso algo –tan sólo de lo que me es posible bajo el pudor espiritual de mi alma-Iglesia y como el Eco de esta Santa Madre antes de irme con Cristo a la Eternidad– de cuanto mi alma vivió y contempló el 28 de marzo de 1959, sumergida en el misterio de la entrada del alma de Cristo en la Gloria […]:

« ¡Ay María…! Ella, en el momento que Jesús subió al Padre, unida al alma de su Hijo, participó de manera tan sobreabundante […], de la alegría, felicidad, gloria y gozo dichosísimo del alma del Unigénito de Dios y su Hijo entrando en la Eternidad.

Y a pesar de estar María en el destierro, su alma, trascendida y translimitada, estaba con la de su Hijo; motivo por el cual la Virgen no necesitó ir al sepulcro… Pues antes que a nadie a Ella se le apareció el Señor el día de la resurrección.

Porque Jesús metió a su Madre Santísima de tal modo en los misterios de su vida, muerte y resurrección, que, antes que a nadie se le descubrieran, Ella los vivía en contemplación amorosa de gozo o dolor. […]

Por eso María, con la muerte de Jesús, descansó, ante la voluntad del Padre cumplida y la glorificación de su Hijo y de su Dios.

María estaba contemplando la entrada del Hijo de Dios y su Hijo en el Cielo, mientras que moraba en la tierra, como Madre de la Iglesia, con los Apóstoles. Hoy el Cielo está de fiesta, porque ha entrado Jesús en él y ha empezado la Iglesia gloriosa; pero la tierra está de luto porque los hombres han matado al Hijo de Dios. […]

María […] gozaba, como Madre de la Iglesia, con la Iglesia gloriosa, y sufría con la Iglesia penante y dolorida.

¡Qué grande y desconocida es María con relación a los planes eternos de Dios sobre Ella…!

El alma de Jesús sale corriendo… corriendo…

¡Qué corte…! ¡Qué corte lleva Cristo detrás…! […] ¡Es la Iglesia triunfante…!

¡El alma de Cristo, en el Seno del Padre, como Verbo y como Hombre, gozándose…! Su cuerpo reposa en el sepulcro… […]

¡Qué día más grande…! ¡Qué compuesta está la Iglesia y qué contenta entrando con Jesús en el Cielo…! […]

Es la Iglesia triunfante, […] que hoy empieza su triunfo glorioso. […]

Ya el Hombre está en el Seno del Padre gozando de la gloria de Dios, como Dios y como Hombre… ¡Bienvenido sea el Hombre al Seno del Padre…! […]

María se queda todavía en el mundo, contemplando…

¡Qué gozo! Yo contemplo con María la gloria de Jesús.

¡Qué silencio hay en el Cielo y qué fiesta…! […] ¡Todo el Cielo estático, adorante ante el Dios llagado…! […]

¡Ya se abrió el Seno del Padre para todos los hijos de buena voluntad…! ¡Nunca más se cerrará…! Cristo lo ha abierto… y está esperando a todos los hombres… Él lo abrió y se puso en la “puerta” con los brazos extendidos, para que nunca más se cierren los portones suntuosos de la Eternidad… […]

El Padre mira a los hombres con amor […] y al abrazar a Cristo en su Seno, abraza a todos los hombres. […]

¡Qué triunfante se abre el Seno del Padre para que entren los hombres…! […]

Ya entra el Hombre en el Cielo; […] y cada hombre es un hijo de Dios por Cristo. […] Y qué cara de contento tiene el Padre…! […]

¡Se ha abierto para los hombres la Fuente de la Vida, los Manantiales de la Divinidad en torrenciales afluentes de vida divina que sale como una catarata por Cristo, por los Sacramentos…! […]

¡Qué contento está el Padre! […] ¡Todas sus complacencias en el Hombre-Cristo…! […]

Y como el Verbo es Hombre, todas sus complacencias para todos los hombres que injertados en Él, son el Nuevo Pueblo de Dios. […]

Y Cristo no se hace Ángel, se hace hombre; no se hace Ángel para redimir a los Ángeles que también habían pecado.

Y al ser el Verbo Hombre […] hace al hombre hijo de Dios y heredero de su gloria; menos al hombre rebelde que no quiere aprovecharse de su Sangre, de sus méritos ni de su redención; pero ese hombre rebelde, si viene a la Fuente de la Vida, quedará con todas las gracias de los verdaderos hijos. […]

¡Estoy contemplando… hace veinte siglos entrar el alma de Jesús en la Eternidad…! Estoy contemplando el alma de Cristo entrando en el Cielo el Sábado de Gloria… ¡el momento de subir el alma de Cristo!; ¡lo que es Cristo…! lo que hacen los Ángeles al entrar el Hombre…, lo que es el hombre para Dios; no es ministro, es hijo y heredero de su gloria…

El hombre, por Cristo, contempla con el Padre, canta con el Verbo y se abrasa en amor con el Espíritu Santo… ¡Ésa es la vida de la gloria…! ¡Hijos de Dios…! […]

El rasgarse el velo del templo es el símbolo de que Jesús con su muerte abrió el Seno del Padre, […] para empezar la Nueva Alianza.»

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “¡BIENVENIDO SEA EL HOMBRE AL SENO DEL PADRE!”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 11)

 Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Vive tu sacerdocio con el Sumo y Eterno sacerdote para dar Gloria a Dios y vida a las almas”, que fue grabado el 26 de julio de 1999 (pulse la tecla PLAY):

Que vengan todas las almas al seno de mi Padre Dios, para que sepan de felicidad infinita, de alegría eterna y, viviendo en intimidad con la Familia Divina, sean felices con la dicha que la Iglesia comunica a todos sus hijos.
(25-3-59)
Mañana entraremos en Dios, en la profundidad honda de su serse infinito, en aquel punto secreto de la entraña del Ser, en la unión del Espíritu Santo. (25-1-75)
Por el amor de adhesión, el hombre se hace semejante a la realidad a que se adhiere, porque, al ver su perfección, irresistiblemente tiende a su imitación. Estos actos de amor los puede realizar por la libertad que tiene, sin la cual no sería capaz de adherirse a lo que él entiende por bueno, sino más bien a lo que otro ser, que le tuviera robada la voluntad, se inclinara; y entonces podría lo mismo adherirse a una cosa buena o mala, porque no dependía de sí; y resultaría, como consecuencia, que, fuera Dios perfecto o imperfecto, tendríamos que estar adheridos a Él, no por perfección de su ser que ante su excelencia nos robara, sino por impotencia de resistirle. (9-1-65)