La desproporción entre nuestra fragilidad y la soberanía del Ser de Dios es enorme. Resulta ridícula y humillante la actitud  del que, ignorante de su nada, se cree en condición de juzgarlo todo. De juzgar incluso al mismo Dios.

Una vez más, el hombre, sin la sabiduría de la humildad, se puede convertir en el “hazmerreír” de la Creación. La ceniza y la humillación son el verdadero camino hacia aquella exaltación que el hombre busca desesperada y dislocadamente. A esto nos invita y ayuda la Cuaresma que se acerca.


“¡Se acabó el tiempo…, llegó el fin…,

estás a las puertas del Abismo!

Si cayeras en él, jamás podrías salir…

¡Mira cómo vives, porque el término está cerca!”

(1-10-72)

 

 

 
 

 

         ¿Dudas de que existe el Abismo y por ello vives como si no existiera? ¿Qué harás cuando, por la inconsciencia de tu voluntario olvido, tal vez te veas en él? (1-10-72)

         El demonio está en la desunión, en la impureza, en la envidia, en la soberbia…, y no puede entrar donde hay unión y verdadera caridad.
(27-3-76)

¡Qué reinado más pobre y más absurdo el del demonio! Tanto como el de aquellos que, en tinieblas como él, y ciegos, le siguen. Es tan burda y ruidosa su actuación y la de los que le siguen, como fina, silenciosa, sagrada y profunda en las almas, es la de Dios. (27-3-76)

        Entre Dios y yo hay distancia infinita de ser, de tener, de poseer, de saber, de hacer, de comprender… ¿Cómo, entonces, en mi distancia frente a Él, me atrevo a enjuiciar, según mi modo, su infinito actuar? Loco y necio soy cuando, al no entenderle, con mi limitado saber, le juzgo temerariamente.
(8-6-70)

        La mente del hombre, por el pecado, se torció tanto, que juzga a Dios según su criterio humano. ¡Pobre hombre! ¡Qué humillante es la situación de su ceguera, que es capaz de juzgar a Dios según la pobreza de su limitado ser! (8-6-70)

        Dios es la bondad y perfección infinitas; pero el hombre le juzga con su mente oscurecida y torcida por el pecado y, al no ver las cosas como Dios, en su necedad y ceguera, dice: Dios obra mal. ¡Pobre hombre, qué absurdo te hizo el pecado!
(8-6-70)

         Por perfección de su naturaleza, Dios es y obra en perfección infinita, de forma que, si hiciera algo imperfecto, dejaría de ser Dios. ¡Con qué ligereza la mente torcida del hombre dice ante las obras o planes divinos que, por su limitado ser, no entiende: hubiera sido mejor de otra manera! Y, aun llega a decir: Dios hizo las cosas mal.
(8-6-70)

 

 
 

   La luz de la fe, ilustrada por los dones del Espíritu Santo, nos hace descubrir a Dios en todas partes, dando a todo su verdadero sentido; pero el pecado contra esta virtud nos obscurece tan profundamente, que erramos en el porqué de las cosas.
(17-2-73)

         Lo que piensas de Dios, eso vives y eres. ¿Piensas que es grande?, eres grande. ¿Piensas que es bueno?, eres bueno. Piensas…, piensas… Mira lo que piensas, para que veas lo que vives y eres. (8-6-70)



Pensamientos de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia,

tomados del Libro “Frutos de oración”