Es tiempo para el sacrificio, a lo que ayudan la práctica del ayuno y la abstinencia.

Es tiempo para arrepentirnos de nuestros pecados y cambiar algo de nosotros para ser mejores y poder vivir más cerca de Cristo. Es tiempo de acercarnos al sacramento de la penitencia, con verdadera fe y arrepentimiento.

Qué ilustrativa resulta la descripción que hace la Madre Trinidad sobre lo que ella experimenta cuando  recibe éste sacramento:

 “Yo tengo fe inquebrantable. Y por ello, cuando voy a buscar en el Sacramento de la Penitencia –y lo recibo– limpiar y purificar mi alma de todo aquello que haya podido disgustar a Dios o que no esté completamente conforme con lo que Él me exige, según su divina voluntad sobre mí;   ante las palabras del sacerdote:  «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», experimento que esas palabras son pronunciadas por Jesús sobre mi pobrecita alma, arrepentida de haber ofendido a Dios, y obran lo que dicen, por medio de los poderes que Cristo ha dado al sacerdote del Nuevo Testamento, al ejercer su ministerio sacerdotal.

Por lo que mi espíritu se llena de paz y gozo del Espíritu Santo; y vigorosamente me siento purificada y renovada, con un nuevo impulso para comenzar de nuevo y seguir buscando la voluntad de Dios en todo y siempre, para poderla cumplir lo más perfectamente que esté a mi alcance.    Y de tal forma es esto, que me experimento como una criatura nueva que, bajo la luz del Sacramento, hasta me parece que esta tierra es más hermosa por la brillantez de su luminosa claridad, y que todo es más brillante; impulsándome todo esto con una nueva fuerza de lo Alto en mi búsqueda incansable e insaciable de dar gloria a Dios y vida a las almas”.

(Opúsculo nº 17 de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, “Yo tengo fe”)

Aprovechemos, pues, éste tiempo litúrgico fuerte,  para la reflexión, para el sincero arrepentimiento de nuestros pecados y para prepararnos al misterio Pascual, intensificando el sacrificio y la oración.