La segunda parte de este tema despierta en el lector el atractivo de vivir la Virginidad.

Con su raíz Trinitaria, y manifestada esplendorosamente también en Cristo y María a través del misterio de la Encarnación, la virginidad atrae irresistiblemente por su grandeza, su fecundidad, su belleza. Quien descubre esta perla preciosa, vende todo lo que tiene, que no vale nada, para poseer lo mejor y más sublime: ser semejante a Dios y participar más plenamente de su vida en adhesión total a Él.

 

 

12-8-1973

«Dios es la infinita Virginidad»

 

[…]Dios, al serse en sí la Infinita Perfección, por perfección en santidad de su propia naturaleza, sólo a sí mismo está adherido, en tal llenura y plenitud, que Él mismo en sí, por sí y para sí, teniéndoselo todo sido y estándoselo todo siendo por la excelsitud pletórica y exuberante de su perfección, es la Rompiente infinita de su eterna fecundidad. […]

Cristo, en su humanidad, es un grito de virginidad tan perfecto, tan de: ¡sólo Dios!, ¡tanto, tanto, tanto…!, que no tiene más persona que la divina; siendo todos los movimientos de su humanidad una adhesión total a su Persona, un grito de ¡sólo Dios! que se manifiesta a través de toda su vida, actos, gestos y palabras.

¡¿Cómo podrá la humanidad santísima de Cristo, creada para ser una adhesión total al Verbo del Padre en unión hipostática de desposorio eterno e indisoluble, apetecer, querer, decir o buscar algo que no fuera sólo la inexhausta, pletórica e infinita Perfección…?! […]

Cristo es la unión perfecta de la humanidad y la Divinidad en y por su persona divina, en un misterio trascendente de tal sublimidad, que, en esa misma unión hipostática y en la adhesión de su humanidad a su Divinidad, hace de Él Dios y Hombre en la persona del Verbo Encarnado.
Cristo en toda su humanidad es la expresión de la Virginidad del Padre en deletreo a los hombres; es relación de Dios a los hombres y de los hombres a Dios; siendo, por su persona, Dios, separado infinitamente de todo lo creado, y expresión humana a los hombres en donación de amores eternos por medio de la Encarnación. […]

En la medida que nos unimos al Sumo Bien, nos virginizamos, porque nos vamos adhiriendo y haciéndonos semejantes a Él, y separándonos de las criaturas.

Por eso cuando, en su plan infinito, Dios determinó coger al hombre de su postración y atraerlo a la hondura de su pecho bendito, realizó en la tierra un milagro de virginidad tan perfecto, ¡tanto, tanto, tanto!, que fue capaz de hacer, del Hombre, Dios, en la adhesión perfecta de la humanidad a la Divinidad en la persona del Verbo.

¡Oh Sancta Sanctórum de la Encarnación!, por la cual se realiza, en las entrañas de María, el misterio insospechado de la unión de Dios con el Hombre para la restauración redentora de la humanidad caída… ¡Oh virginidad de la Señora toda Blanca de la Encarnación…!

María era una adhesión tan perfecta a la Infinita Virginidad, ¡tanto, tanto!, que el fruto de su virginidad fecunda fue romper en Maternidad divina sólo por obra del Espíritu Santo; Esposo que, en el toque de su infinita perfección, la fecundizó tan maravillosamente, que, por Ella y en sus entrañas virginales, el Verbo del Padre se hizo Hombre.

¡Oh virginidad, virginidad de María! tan pletórica, que, por el beso infinito del Espíritu Santo en paso de fuego sobre la Señora, rompe en maternidad, y Maternidad divina; en tal plenitud, que no sólo es capaz de ser Madre del Verbo Encarnado, sino que, de la sobreabundancia de esa misma Maternidad y en la repletura de su virginidad, es Madre universal de todos los hombres.

[…] quien quiera conocer la trascendencia trascendente de la Virginidad infinita introduciéndose en el Sancta Sanctórum de la Trinidad, ha de adentrarse en las entrañas purísimas y maternales de María, desde donde Dios se da y se comunica a los hombres en el Sancta Sanctórum de la trascendente virginidad de la Señora, por medio del misterio de la Encarnación. […]

La virginidad, o castidad consagrada, cuando es perfecta, busca la llenura de su perfección en la glorificación de Dios y entrega absoluta a Él. Y en la medida que el hombre vive de sólo Dios, adhiriéndose, en cuanto es y posee, al Sumo Bien y a su plan, está, según su capacidad, en la posesión y llenura de la Suma Perfección, de tal forma que se hace conforme a ella, rompiendo en frutos de vida eterna para sí y para los demás. […]

El que procura conservarse virgen en memoria, entendimiento, voluntad, apetencias, tendencias, etc., vive adherido a sólo Dios y para sólo Dios, y entonces su vida está llena del Sumo Bien, poseída sólo por Él e impregnada de su infinito pensamiento. […]

¡Qué grande es el alma virgen que gusta del Cielo en el destierro, y que hace de la tierra el Cielo con el testimonio de su vida y su palabra ante los demás…! El alma virgen es un cántico en expresión de Eternidad y una manifestación patente ante el mundo de: ¡sólo Dios! […]

El más virgen, más fecundo. Por eso, ¿quién más Virgen que Dios, adherido sólo infinitamente a sí mismo, lo cual le hace romper engendrando al Verbo? […]

El hombre que descubre a Dios, se lanza irresistiblemente al encuentro de todos sus hermanos para introducirles en el gozo eterno de las infinitas perfecciones. Por lo que el sacerdocio, la vida misionera y la consagración a Dios, surgen del descubrimiento deslumbrante de la Infinita Virginidad que, subyugándonos, nos impulsa a ser, con Cristo y María, adhesión retornativa al Sumo Bien. […]

¡Oh virginidad, virginidad desconocida!, eres tan sublime, que el fruto de tus conquistas es sólo Dios para ti y para cuantos te rodean.

¡Oh virginidad, virginidad, que tienes tu principio en Dios, y la expresión de tu fruto es el misterio de la Encarnación por la virginidad maternal de María!

¡Oh virginidad, virginidad, tan grande como desconocida…!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “DIOS ES LA INFINITA VIRGINIDAD”
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opús. nº 10)

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