El tema de esta ocasión es de gran actualidad y de profundo contenido teológico, con rasgos de auténtica novedad: la Virginidad trascendente y consustancial da como fruto la fecundidad de la vida trinitaria, de Cristo, de la Virgen, de la Iglesia, y de toda alma que, robada por Dios, le desea sólo a El y busca una gran dimensión de fecundidad espiritual. A mayor virginidad, mayor fruto de vida divina para las almas, y mayor gloria para Dios.

El conocimiento de Dios aleja el raquitismo de la vida mediocre o disminuida por cálculos humanos.

 

“¡Oh virginidad, tan grande como desconocida…!”

 

Dios es la Eterna Virginidad, separada infinitamente de todo lo que no es Él; ya que, lo que le hace romper en fecundidad engendrando, no es la unión de Él con ninguna cosa fuera de sí, sino la adhesión que en sí y a sí mismo se tiene en el apartamiento amoroso consustancial, recóndito y velado de su serse el Increado. […]

En la medida que Dios está adherido a sí, en su acto de virginidad eterna, en esa misma medida es fecundo, y por eso, infinitamente fecundo; tanto, que el fruto de su fecundidad es todo cuanto Él es, en Expresión, en un Hijo que dice, en Cántico de amor eterno y de retornación hacia el Padre, toda la plenitud inexhausta de la subsistente Sabiduría. […]

Dios sólo a sí mismo está adherido en la separación infinitamente distante de todo lo que no es Él; por lo que la vida de Dios, en la perfección de su intercomunicación, es un solo acto de virginidad eterna en perfección terminada.

La virginidad perfecta es la adhesión al Sumo Bien, y la separación completa y absoluta de todo lo que no es Él. Por eso, cuando la criatura descubre la luz luminosa de la Eterna Sabiduría, subyugada por ella, deja todo lo que es creación para lanzarse irresistiblemente en la búsqueda incansable de ¡sólo Dios! […]

Cristo, en su humanidad, es un grito de virginidad tan perfecto, tan de: ¡sólo Dios!, ¡tanto, tanto, tanto…!, que no tiene más persona que la divina; siendo todos los movimientos de su humanidad una adhesión total a su Persona, un grito de ¡sólo Dios! que se manifiesta a través de toda su vida, actos, gestos y palabras. […]

El hombre que rastrea, busca la llenura de su ser en las cosas terrenas que no le pueden saciar; el que descubre a Dios con ojos candentes de penetrante sabiduría amorosa, se remonta y renuncia, por exigencia de la posesión del mismo Dios, a todo cuanto no sea Él.

En la medida que nos unimos al Sumo Bien, nos virginizamos, porque nos vamos adhiriendo y haciéndonos semejantes a Él, y separándonos de las criaturas. […]

¡Oh virginidad, virginidad de María! tan pletórica, que, por el beso infinito del Espíritu Santo en paso de fuego sobre la Señora, rompe en maternidad y Maternidad divina; en tal plenitud, que no sólo es capaz de ser Madre del Verbo Encarnado, sino que, de la sobreabundancia de esa misma Maternidad y en la repletura de su virginidad, es Madre universal de todos los hombres. […]

Por eso, quien quiera conocer la trascendencia trascendente de la Virginidad infinita introduciéndose en el Sancta Sanctórum de la Trinidad, ha de adentrarse en las entrañas purísimas y maternales de María, desde donde Dios se da y se comunica a los hombres en el Sancta Sanctórum de la trascendente virginidad de la Señora, por medio del misterio de la Encarnación.

La virginidad, o castidad consagrada, cuando es perfecta, busca la llenura de su perfección en la glorificación de Dios y entrega absoluta a Él. Y en la medida que el hombre vive de sólo Dios, adhiriéndose, en cuanto es y posee, al Sumo Bien y a su plan, está, según su capacidad, en la posesión y llenura de la Suma Perfección, de tal forma que se hace conforme a ella, rompiendo en frutos de vida eterna para sí y para los demás.

Bienaventurado el que es capaz de adherirse a Dios en cuerpo y alma tan perfectamente, que todo lo que no sea Él y su gloria, lo ve como vaciedad y caduco. […]

No todos los hombres comprenden este misterio por la dureza y torpeza de su corazón, por la esclavitud con que les tienen entorpecidos sus propias pasiones. Y por eso, guiados por esa misma esclavitud, al no ser capaces de sobrenaturalizarse, llegan, en su insensatez, a no entender el misterio de la Infinita Virginidad rompiendo en fecundidad, ni el de Cristo, Virginidad Encarnada, ni el de María, virginidad maternal. Por la torpeza y rudeza de sus mentes quieren quitarle a la virginidad la fecundidad perfecta, sin comprender que la fecundidad íntegra, perfecta y sobrenatural es el fruto de la virginidad. […]

El más virgen, más fecundo. Por eso, ¿quién más virgen que Dios, adherido sólo infinitamente a sí mismo, lo cual le hace romper engendrando al Verbo?

¿Quién más virgen que Cristo, que en su humanidad está unido con la Divinidad tan maravillosamente que no tiene más persona que la divina por medio del sorprendente, subyugante, divino y divinizante misterio de la Encarnación; y en la unión hipostática de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la persona del Verbo, es Dios y es Hombre?

¿Quién tan virgen como María, que es capaz, mediante la adhesión que tiene a Dios, y por obra y gracia del Espíritu Santo, de dar a luz al Verbo infinito Encarnado?

¡Oh virginidad desconocida y, por lo tanto, menospreciada…! […]

El hombre que descubre a Dios, se lanza irresistiblemente al encuentro de todos sus hermanos para introducirles en el gozo eterno de las infinitas perfecciones. Por lo que el sacerdocio, la vida misionera y la consagración a Dios, surgen del descubrimiento deslumbrante de la Infinita Virginidad que, subyugándonos, nos impulsa a ser, con Cristo y María, adhesión retornativa al Sumo Bien.

Sólo Dios puede llenar nuestras vidas, sólo en Él seremos capaces de realizarnos en la plenitud y en la máxima perfección del ser y del quehacer para el cual fuimos creados. Y por eso, quien le descubre, le busca apasionadamente, renunciando a todo lo creado por la posesión total de su llenura. […]

¡Oh virginidad, virginidad desconocida!, eres tan sublime, que el fruto de tus conquistas es sólo Dios para ti y para cuantos te rodean.

¡Oh virginidad, virginidad, que tienes tu principio en Dios, y la expresión de tu fruto es el misterio de la Encarnación por la virginidad maternal de María!

¡Oh virginidad, virginidad, tan grande como desconocida…!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “DIOS ES LA INFINITA VIRGINIDAD” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 10)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios es la infinita Santidad y Virginidad que se nos comunica con Cristo y en María”, que fue grabado el 21 de agosto de 1992 (pulse la tecla PLAY):

¡Oh mi Dios infinitamente espiritual!, déjame beber hasta saciarme, en saturación, de la virginidad eterna que Tú, mi Trinidad santa, te eres en tu vida íntima de comunicación trinitaria por tu ser subsistente de perfección suma. (28-4-61)
¡Sólo Dios!, sin más, es el grito palpitante de mi corazón enamorado. (15-10-74)
Si tengo a Dios, lo tengo todo en el todo de su posesión, en la llenura de su vida, en la plenitud de su felicidad, en la riqueza de cuanto es. Y, cuando a Él le pierdo, me encuentro con mis apetencias resecas, en el vacío de cuanto contienen las criaturas. (14-9-74)