El amor puro e incondicional a Dios y, por Él, a todos los hombres es la fuerza imparable que hace saltar en pedazos la lógica mezquina y calculadora del mundo. La cruz – que con mucha frecuencia esquivamos pero que todos cargamos sobre nosotros – se convierte en el mayor trofeo para el alma enamorada. Es la que Dios mismo eligió para darnos su máxima demostración de amor y es en Ella donde espera nuestra correspondencia amorosa a su don.

«El amor pide crucifixión, y el sufrimiento aumenta el amor».

 

 

          El regalo más precioso para el alma enamorada, es la cruz de Cristo, donde Él nos da su gloria. (6-4-67)

          La cruz es el reino del amor para los que buscamos y amamos a Cristo crucificado. (22-4-75)

          ¿Cómo dirá que ama, aquel que, ante el dolor de la persona amada, se asusta y la abandona en su agonizante soledad? (16-8-77)

          El amor necesita dar al Señor lo más, y esto, mientras estemos en la tierra, se demuestra permaneciendo en el Calvario con el Divino Crucificado. (1-2-64)

          El triunfo del amor es la cruz, pues sólo en ella se demuestra a la persona amada el amor. (16-8-77)

 

          La mayor alegría del alma enamorada, es la de poder sufrir algo por y con la persona amada. (6-4-67)

          ¿Dices que amas y huyes del dolor? Perdona, alma querida, te confundes. El amor pide crucifixión, y el sufrimiento aumenta el amor. (30-10-61)

          El pan de los que aman está en la cruz, donde el Amor Infinito se nos dio en manifestación cruenta para llevarnos a Él. (14-4-67)

          Gracias, Señor, por hacerme participar de tus agonías, soledades, incomprensiones y penas de muerte. ¡Gracias, mi Jesús, gracias! (22-4-75)

 

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia