La potencia de las imágenes con que el Señor se comunica, y el impacto que dichas comunicaciones dejan en el alma, caracterizan fuertemente los mensajes y el modo de transmitirlos.

Para evitar que las almas puedan perderse a Dios todo le parece poco a la Madre Trinidad, y por eso busca incansablemente los modos apropiados para que se conozca la belleza de Iglesia, se dé gloria a Dios y las almas descubran “el camino de la vida” en toda su trascendencia y dramaticidad.

 

“¡Caían al abismo…!”

 

¡Qué misterio ante el descubrimiento majestuoso que la luz de la fe, llena de esperanza y caridad, recibida en el Bautismo por la vida de la gracia, abre a mi corazón acongojado…! ¡Qué deslumbramiento de verdad, de plenitud y de vida…! ¡Qué comunicación de amor y de derramamiento…! ¡Qué impulsos de esperanza en lanzamiento veloz hacia el encuentro del más allá…! […]

Yo conozco a Dios, entiendo sus misterios, penetro en su pensamiento, descubro su plan, sé su modo de ser y de obrar, y me siento abrumada por el desconcierto y la desolación que, en pavores de tiniebla, envuelven a la Iglesia… […]

¿Qué importa para los que no han descubierto los pensamientos luminosos de Dios…?!¡¿Qué importa que la Iglesia envuelva su llanto entre sollozos, si los que no son Iglesia, con una furiosa y sarcástica carcajada ante un triunfo aparente que hoy es y mañana se hundirá en el fracaso espeluznante de la muerte y desesperación, andan presurosos en el quehacer funesto de su destrucción…?! […]

Hoy mi ser está hundido, y marcha como perdido, desplomado y despavorido, por el camino presuroso del encuentro del Padre…

Sí…, ¡¡el camino…!! Mi alma ha sorprendido, en un momento, con la rapidez de un rayo, penetrada por la luz del pensamiento divino, un camino que cruzaba ante mí: ¡El camino que conduce a todos los hombres al término dichoso de la luz, de la paz y del amor…! […]

El destierro es el camino que nos conduce a la Eternidad. Dios, en su plan eterno, nos creó para Él, ¡sólo y exclusivamente para Él!; para que, poseyéndole, entráramos en su vida, viviéramos de su felicidad en la posesión de su gozo infinito, en la participación dichosísima de su plenitud. Y, con cariño y ternura de Padre, nos puso en el camino de la vida, por donde todos, sin interrupción, iríamos a Él. […]

Este es el sentido real del camino de la vida que Dios determinó para todos y cada uno de nosotros; pero el pecado, la rebelión, el «no te serviré» de nuestros primeros Padres en el Paraíso terrenal, se interpuso y abrió una «brecha» en el término de nuestro peregrinar, entre el cielo y la tierra, entre la criatura y el Creador, entre la vida y la muerte; donde está el abismo, consecuencia espeluznante del «no te serviré» de Luzbel. Un abismo tan insondable, tan profundo, tan infranqueable entre la tierra y el cielo, que imposibilitó a todos los hombres a introducirse airosamente, al término de su peregrinación por el camino de la vida, en las mansiones suntuosas y gloriosas de la eternidad. […]

Pero Dios, en su infinita sabiduría, lleno de ternura y compasión, quiso establecer nuevamente su amistad con los hombres. El Amor infinito se sintió impulsado en compasión misericordiosa hacia el hombre caído, de tal forma que el Padre envió a su Unigénito Hijo que, en y por la plenitud de su Sacerdocio, suspendido en el abismo, entre Dios y los hombres, extendió sus brazos y, por el ejercicio de la plenitud de su Sacerdocio, lanzando un grito desgarrador de amor y misericordia, colgado entre el cielo y la tierra, exclamó: «Venid a mí, que Yo os introduciré en el Reino del amor»; no sin antes haber abierto de par en par nuevamente con el fruto de su pasión sangrienta y su resurrección gloriosa, con sus cinco llagas, los Portones anchurosos de la Jerusalén celeste. […]

¿Qué es la vida…? Un abrir y cerrar de ojos en carrera vertiginosa hacia la eternidad. […]

Sólo un sentido le he visto a la vida del hombre: correr airosamente hacia la meta para encontrarse al final con Cristo y Éste crucificado y glorioso por el triunfo de su resurrección, y ser introducidos por Él en el gozo del Padre. […]

Al llegar a esa frontera, hacia la cual vertiginosamente vamos presurosos, al término de la vida –¡oh sorpresa llena de estupor!– descubrí que unos paraban en seco: son los que aún están a tiempo de reflexionar, los que, al término de su peregrinar en su carrera vertiginosa, han descubierto una ráfaga de luz.

Otros, ¡oh terror!, en su vertiginosa carrera, en su alocada obstinación, en su inconsciente caminar, caen al abismo –que fue abierto para Luzbel y sus secuaces por su rebelión de «no te serviré»– con la velocidad y trepidez de un rayo, perdiéndose en las profundidades escalofriantes de los senos del volcán abierto, llenos de terribles alaridos ante la desesperación eterna de saber que han caído allí sin poderse parar ni retroceder ni volver, ¡y para siempre!

¡Y cómo caían…! ¡Caían…! ¡Caían…! entre angustiosos alaridos de muerte e inimaginable desesperación en aquella oscuridad sin fondo, en aquel abismo insondable, al cual mi alma, presurosa y despavorida, intentó mirar; mas no le veía el fin, por su tenebrosa y profunda oscuridad…

¡Caían al abismo…!

Mientras que los que iban con la mirada puesta en Dios, los que corrían buscando el camino cierto y seguro de la voluntad divina llegando a las fronteras del abismo, lo cruzaban bajo la sombra del Omnipotente y la brisa de su cercanía, pasando enseñoreadamente, como en vuelo, el abismo insondable que, interponiéndose en el camino de la vida, nos separa de la Luz… […]

Y este abismo hay que cruzarlo volando, con alas de águila que nos aseguren un franqueo seguro a la mansión del Amor… […]

¡Qué claramente contemplaba, comprendiéndolo bajo las lumbreras de los soles del pensamiento divino, que el abismo es el infierno donde caen los hombres insensatos al término de su carrera vertiginosa, por decirle a Dios que «no» en su grito de rebelión en descaro inconcebible contra el Creador!

Las alas de águila son la mirada sobrenatural, la búsqueda de Dios, el encajamiento en su plan, y la caridad, los Sacramentos, los dones y frutos del Espíritu Santo, que nos hacen andar por la tierra como en vuelo sin ensuciarnos en su fango; capacitándonos para correr por encima de las cosas creadas, con ojos candentes capaces de descubrir la eterna sabiduría. Porque la sabiduría de Dios en el alma que la posee es como llamas encendidas, como saetas impelidas por el amor y como flecha afilada que, introduciéndose en lo más profundo del ser, penetra toda la vida del hombre, dándole a conocer la verdad del plan divino y proporcionándole la fuerza que necesita para seguirle hasta el final. […]

Todos corremos a una misma velocidad, aunque no todos llegaremos a un mismo término, a pesar de que el término que Dios quiso para todos es el mismo; pero no lo pueden conseguir sino aquellos que, viviendo de lo sobrenatural mediante la vida de la gracia y bajo el ímpetu del Espíritu Santo, tienen alas, y alas de águilas reales, que les hacen capaces de franquear el insondable abismo que existe entre la Vida y la muerte, entre la tierra y el cielo. […]

¡Qué corto es el camino…! ¡Qué velocidad la de sus caminantes…! ¡Qué insensatez la de la inmensa mayoría de los que por él caminan…!

¡Alma querida, abre tus alas y ensancha el espíritu, porque Dios está cerca…!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “El camino de la vida”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 13)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “El camino de la vida”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Mi sesenta cumpleaños”, que fue grabado el 10 de febrero de 1989 (pulse la tecla PLAY):

Dios quiere que cumplas totalmente la misión que ha encomendado a tu alma y, en la medida que lo hagas, llenarás tu ser de Iglesia y serás Cristo; pero esto no lo conseguirás sin un hondo y verdadero espíritu de sacrificio, que te haga morir a todas las cosas de acá para vivir sólo de Él, para Él y para las almas. (6-1-64)
Nuestros primeros padres lo tenían todo y, en la posibilidad que Dios les dio para adherirse a Él en amor o rechazarle, le dijeron que «no». (9-1-65)
¡Terror…! ¡Qué Abismo tan insondable el de la condenación…! El que cae por él, ¡nunca más podrá salir de la profundidad profunda de las grietas de su seno!
(1-10-72)