Cristo recoge, por perfección de su naturaleza humana, la plenitud de todos los tiempos para redimirlos, y la Iglesia es el palpitar de Cristo abrazando a todos los hombres. Aquí encuentra su raíz la gran maravilla de la Liturgia, a través de la cual Cristo nos canta su pregón de amor infinito y nosotros vivimos realmente de Cristo, así como Él vive realmente nuestra vida.

“La Liturgia, tan rica y extensiva,
me traslada al tiempo de Cristo”

 

Dios es infinitamente perfecto, y, por la perfección de su misma naturaleza, tiene en sí, sido, poseído y terminado, cuanto es y cuanto vive en la abarcación de su eternidad.[…]

El tiempo es la posibilidad que Dios ha dado a la criatura para realizar una cosa y llevarla a su término. Y cuando la perfección del que lo realiza o su capacidad para realizarla es mayor, necesita de menos tiempo para consumarla. […]

Cristo, en todo cuanto vive y hace, es la más perfecta imagen, como criatura, de la Perfección infinita. Por lo que es capaz de contener en sí, y en el mismo instante de la Encarnación, todo el plan de Dios con relación a las criaturas, terminado y abarcado, aunque, para la manifestación de ese plan y para nuestra captación del mismo, se valiera del tiempo.

«El misterio de su voluntad es recapitular todas las cosas en Cristo». «Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin».

Cuando quiso manifestarnos su amor eterno, se hizo Camino y, enseñándonos su Verdad, nos conduce palpablemente a la Vida. Y para esto escogió el tiempo que Él creyó necesario a fin de que nuestra capacidad pudiera comprender el plan de su infinita misericordia en derramamiento sobre nosotros.

Valiéndose del tiempo, se nos entregó en Belén como expresión palpable de su amor, nos enseñó con su ejemplo y su palabra, murió en la cruz y resucitó, manifestándonos también que Él era la Resurrección y la Vida que nos llevaba al Seno del Padre. […]

En el instante de la Encarnación, el alma de Cristo, por la grandeza de su perfección, fue capaz de vivir, contener y abarcar, en la experiencia saboreable o dolorosa de su ser, toda su postura sacerdotal de recepción del Infinito y de respuesta en retornación al mismo Infinito; de Receptor de la donación de Dios para todos los hombres, y de Recopilador de todos ellos en sí, siendo la Respuesta de todo lo creado ante la Santidad eterna. […]

Y, en el Sacrificio del altar, se nos da todo el misterio de Cristo en su vida, muerte y resurrección, se nos hace vivir a nosotros también ese Sacrificio junto a Cristo, por Él y en Él, para la gloria del Padre y bien de todos los hombres, perpetuándosenos en la Eucaristía la presencia real del Verbo Encarnado con todo cuanto es, vive y manifiesta. […]

El tiempo, como decíamos al principio, es el medio del cual nos valemos para conseguir una cosa; cuando lo que queremos realizar está terminado en el perfeccionamiento de cuanto es, se muestra o se da en la consumación de su perfección.

Así el misterio de Cristo, con toda su realidad, se mantiene en la Iglesia, terminado en su infinita perfección, y es mostrado y comunicado a los hombres en el tiempo o circunstancia que cada uno de nosotros, introducidos en el seno de la misma Iglesia, necesitamos vivirlo y poseerlo.

La Iglesia es ánfora preciosa repleta de Divinidad, que contiene todo el misterio de Dios en sí y todo el misterio de Dios con relación a nosotros, que, vivido y comunicado por Cristo, se nos hace realidad por nuestra injerción en Él, en todos y en cada uno de los momentos de nuestra vida.[…]

Cristo vivió conmigo y yo vivo de Él. Quitemos los siglos que separan su vida de la mía, y sólo queda su unión conmigo y mi injerción en Él; y, hechos una cosa en el amor del Espíritu Santo, Él se me da a mí tal cual es en su tiempo y en el mío, y yo me doy a Él también en su tiempo y en el mío con todo cuanto soy. […]

Jesús es abarcación de todos los tiempos en diversidad de circunstancias; y así como los Apóstoles le vieron cruentamente padecer, siendo la Gloria del Padre, nosotros le vemos ahora gloriosamente gozar siendo la víctima inmolada. Pero es un mismo Cristo, que, abarcando los tiempos con todas sus circunstancias, se nos hace presente o patente de una u otra manera, conteniendo en sí toda su riquísima realidad. […]

La fe está por encima del tiempo; y la Liturgia, enseñoreándose de todas las circunstancias, es tan rica y tan extensiva, que no sólo traslada a Cristo a mi tiempo, sino que a mí me traslada al suyo; por lo que la Eucaristía es una expresión viviente del Sintiempo, en manifestación de amor eterno a los hombres. […]

Jesús, en el sagrario, es el Cristo del Padre que contiene en sí el Cielo y la tierra, lo divino y lo humano, la vida y hasta la muerte, el gozo y el dolor; y eso lo es para mí tal como lo es en la manera riquísima y esplendorosa, magnífica y espléndida que Él tiene por la perfección apretada de su contención de ser., «Él que es la plenitud en todo y por todo». […]

Cuando Cristo me une a Él por el misterio de la Encarnación en su tiempo, y se une a mí en el mío a través del bautismo, al quedar injertada en Él, paso a ser miembro de su Cuerpo, del que Él es Cabeza; desapareciendo, por la vida de gracia, los impedimentos del tiempo para vivir la realidad del Sumo y Eterno Sacerdote en la plenitud de cuanto es, vive y manifiesta.

Pero aún más. Cuando soy consciente de mi realidad, siento en mí los dolores de Cristo que me crucifican, el abandono de su Getsemaní, pasando a ser su vida mi vida; por lo que sus sentimientos, sus apetencias, sus urgencias y aun sus glorias, pasan participativamente a la médula de mi corazón, pudiendo decir con San Pablo: «Vivo yo, pero no yo, es Cristo quien vive en mí». Él vive en mí y yo en Él. Por eso, su gloria es mi gloria, su pena es mi morir, e, impregnada del palpitar de la Iglesia, que, en el compendio de todos sus miembros, es el Cuerpo místico de Cristo, necesito ser eucaristía, acción de gracias, adoración a Dios, donación a todos los hombres para ser comida por todos, hambreando ser toda para todos y que todos seamos uno en la caridad del mismo Espíritu Santo. […]

Hijo de mi alma-Iglesia, escucha el gemido de mi corazón: entra en la profundidad profunda del pecho de Cristo, recibe el palpitar de su doloroso Getsemaní prescindiendo del tiempo y circunstancias que te rodean. Porque para el cristiano, en la dimensión de su capacidad, no existe el tiempo ni la distancia, siendo, con Cristo, universal, a imagen y reflejo de la perfección de Dios que manifiesta el atributo de la eternidad en Cristo, y que, por Él y en Él, lo hace repercutir en todos sus miembros.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “El Cristo de todos los tiempos”. 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 4

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “El Cristo de todos los tiempos”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “La Misericordia divina a pesar de nuestros “no”, inventó, dentro de su portento o poder, la manera infinita de llevarnos definitivamente a la Eternidad”, que fue grabado el 23 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):

 

Celebración litúrgica en la Parroquia de los Doce Apóstoles (Madrid), encomendada a La Obra de la Iglesia



Cristo se valió de treinta y tres años para manifestarnos la realidad apretada que Él contenía de amor, entrega, enseñanza, victimación…, en necesidad de glorificar al Padre y darse a los hombres. Y para trasladarse a nuestro tiempo y vivir con nosotros se valió de la Iglesia, la cual, injertándonos en Él, a través de la Liturgia, nos hace vivir, por medio de la fe, esperanza y caridad, la realidad pletórica del Verbo infinito encarnado, en su ser y en su obrar. (15-9-74)
¡Cómo me gusta ver a Dios en la contención apretada de su perfección, en su serse el Eterno Seyente! Y ¡cómo me gusta verle en la diversidad infinita de sus atributos, siéndoselos en el acto eterno de su simplicísima perfección y posesión…! (27-9-74)
En cada uno de los actos de la vida de Cristo, se contienen misteriosamente todos los demás; y el Sacrificio del Altar es la manera que Él, en su infinita sabiduría, sacó para perpetuar toda su vida entre nosotros. (9-1-67)