Las palabras de la Sagrada Escritura alcanzan una dimensión nueva, variada y abundante de contenido, cuando con la luz del Espíritu Santo se penetra en los misterios de la fe.

La poesía, el rigor teológico, el canto sublime y el amor verdadero se funden en este escrito que arrastra al alma introduciéndola en el momento trascendente de la Encarnación.

“¡Maternidad universal de María!”

 

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será Santo, y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35).

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti…” en el ímpetu de su fuerza, para posarse, como Esposo en su amada, en dulces ternuras de amor; para besarte, ¡oh Virgen Blanca!, con tiernos arrullos de caricia infinita, en la hondura profunda de tu alma, donde, en expresión sagrada, exhalas, en dulce respirar, un solo clamor: ¡Dios…! ¡Sólo Dios…!

Señora de la Encarnación…: ¡Sólo Dios…! Esposa del Amor Hermoso…: ¡Sólo Dios…!, en un vacío tan total de todo lo que no es Él y en una adhesión tan profunda al que Se Es, que toda Tú eres la Virgen: la Virgen Blanca repleta y saturada de divinidad; la Virgen poseída sólo por el Excelso; la Virgen adherida a la Virginidad Eterna en el acto inmutable de su infinita santidad; la Virgen en el señorío majestuoso de la posesión del que Se Es.

El señorío de la Reina del Cielo está en el dominio de todo, en la libertad absoluta y en la posesión, llena en cada instante de su virginidad por el único Esposo, que, en plenitud, la satura, la ennoblece, la embellece y la engalana.

Es santa la Señora porque el Santificador divino la santifica al estar posado sobre Ella en dulces coloquios de amor, repletándola con todos sus dones y frutos, en una llenura de gracia tan desbordante, que sólo es conocida y gustada en lo recóndito profundo de su alma inmaculada.

Es Blanca la Virgen porque el esplendor de su virginidad es tan inimaginablemente resplandeciente, que los fulgores del sol del mediodía quedan eclipsados por la claridad inmaculada de su alma; la cual, subyugada y ennoblecida por la posesión de Dios que la circunda, la hace destellear en las claridades de la misma Divinidad, saturándola con aureolas centelleantes de gloriosa blancura.

El Espíritu Santo, con la agudeza de su infinita sabiduría y la ternura inédita de su sabrosa dulzura, penetra agudamente, en candente beso de amor, las entrañas virginales del alma de Nuestra Señora. Y Ésta, siempre en espera, se siente divinizar con el toque sustancial del mismo Espíritu Santo, que, al besarla, la impregna de divinidad, la envuelve con su arrullo amoroso, la acaricia con su ternura infinita, la engalana con la plenitud de sus dones, haciéndola romper en frutos gozosos rebosantes de paz, como divinal Consorte, en el fuego de su amor.

Imagen de la Virgen Reina. Capilla de la casa Natal de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia, en Dos Hermanas (Sevilla)

El Esposo eterno quiere fecundizar a la Virgen en un misterio de tan profunda fecundidad, en aquel punto-punto donde su virginidad inmaculada vive con Dios solo en soledad sagrada de íntimos e impetuosos amores, que, al besarla, la estremece en su suavidad silenciosa y sonora tan maravillosamente, ¡tanto, tanto, tanto!, que en el “Beso de su Boca”, en “amores más suaves que el vino” (Ct 1, 2), la fecundiza tan divinamente, que, en ese mismo instante, la Señora, la Virgen, la Reina, ya es Madre, cubierta por la sombra del Altísimo, bajo el amparo de la fortaleza del Padre e introducida en su seno, sostenida por la misma Divinidad, que “con su diestra la abraza y con su siniestra la sostiene” (Ct 2, 6) para que pueda resistir el ímpetu infinito del Amor.

Es el Espíritu Santo el que, impulsando al Verbo del seno del Padre al seno de Nuestra Señora, en el mismo instante y en un solo impulso, al besarla en beso de divinidad, la hace romper en Maternidad Divina. Y, por eso, “lo que de Ella nacerá será Santo y será llamado Hijo de Dios”.

El misterio de la Encarnación, realizado por obra y gracia del Espíritu Santo, hace que la Virgen Blanca de la Encarnación sea toda Madre, con el poderío de la Realeza infinita y en el señorío que le da la posesión del que todo lo es, del que todo lo puede, y del que en Ella todo lo obra por el impulso infinito de su amor eterno.

Y en ese mismo instante velado en el cual la Virgen, siendo Virgen, se siente Madre, saturada con la sabiduría infinita del que la abrasa, penetra saboreablemente, en la claridad resplandeciente de la luz del Nuevo Día, en el misterio que se está realizando en Ella, envuelto y cubierto por la sombra del Omnipotente y realizado por el beso divino del Espíritu Santo. ¡Misterio inefable de la unión de la naturaleza divina y la naturaleza humana en la Persona del Verbo, que, tomando carne en el seno de Nuestra Señora, la hace ser Madre del Amor Hermoso, la Madre de la Misericordia Encarnada!

¡Maternidad Divina de María, que Ella conscientemente conoce en el momento que se realiza, y que, en el sí de todo su ser adorante, en respuesta total, queda sellada en el ocultamien to silencioso del Sanctasanctorum de su virginidad inmaculada…!

¡Virginidad fecunda que, rompiendo en maternidad por obra del Espíritu Santo, envolviendo el misterio que en la Señora se obra, le da la dignidad excelsa de poder llamar, en derecho de propiedad, al Hijo de Dios: Hijo mío…!

Y es suyo porque es el fruto del beso del Espíritu Santo en su alma de Virgen; beso tan pleno que, abarcando todo el plan de Dios sobre María, plasmó en su alma de Virgen-Madre tal inmensidad de matices, que en él iba encerrada también, apretada y agudamente introducida en el alma de Nuestra Señora, la universalidad de su Maternidad Divina.

La Virgen además de ser Madre del mismo Dios en derecho de propiedad, en la extensión de esta misma maternidad, es Madre de todos y cada uno de los hombres, los cuales, en conjunto e individualmente, son, en la hondura de su espíritu, fruto del beso infinitamente amoroso del Espíritu Santo en el mismo momento de la Encarnación.

Y María es la Madre del Cristo Total –Cabeza y miembros– por obra del Espíritu Santo, que, en la unión de su caridad, en la fuerza de su omnipotencia, hizo que el Hijo del Padre fuera el Hijo de María, y que, en el Hijo de María, todos y cada uno de nosotros pasáramos a ser hijos de Dios e hijos de la Virgen-Madre.

¡Maternidad universal de María…! ¡Madre de la Iglesia por la plenitud del Beso del Espíritu Santo que, en un romance de amor infinito, la hizo romper en Maternidad Divina!

Portento divino
del Poder eterno…
sublime romance,
secreto misterio…
abismal hondura
que encierro en mi pecho
y que yo conozco
porque, trascendiendo,
entré en aquel día
de inédito ensueño,
cuando Dios besara
con tanto silencio
a la Virgen-Madre
en su ocultamiento,
¡que el Padre sapiente
de poder excelso
le dio como Hijo
a su mismo Verbo,
Palabra cantora
del Padre, en su pecho!
¡Misterio de vida
ajeno a este suelo,

obrado por Dios
de un modo tan bello,
que Madre es la Virgen
por el beso eterno
del Esposo amante
que posó en su seno…!
Amador de amores,
yo hoy rompo en requiebros
y en ternuras tantas
por lo que comprendo,
que, translimitada,
una con el Verbo
y así con mis hijos
envuelta en tu pecho,
todos te decimos
con dulces acentos:
¡Virgen toda hermosa,
ardiente lucero,
“YO” te amamos tanto,
de un modo tan tierno,
que al llamarte Madre,
volamos al Cielo!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
“EL ESPÍRITU SANTO VENDRÁ SOBRE TI…” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 5)

 Nota.- Para descargar el tema pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El clamor encendido de mi canto amoroso a mi Iglesia mía”, que fue grabado el 15 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):

 

Cristo tiene en sí al Padre y al Espíritu Santo y, como miembros de su Cuerpo Místico, a todos los hombres; esta reunión de Dios con el hombre es verificada en el seno de la Virgen; por eso, es la Madre de todos los hijos de Dios, los cuales, en Ella, reciben su injerción en Cristo y la donación de la vida divina. (19-9-66)
Madre, eres como la blanca Hostia, que envuelves y ocultas al Verbo de la vida hecho hombre por amor. Adoremos el misterio de tu seno, donde Dios te llama: «Madre mía», para que Tú le respondas: «Hijo mío»… ¡Qué dulce realidad! (7-12-74)
Sólo la Señora por un milagro del Amor Infinito, fue capaz de ser Virgen y, sin dejar de serlo, Esposa del Espíritu Santo; y, como fruto de su virginidad, Madre. (24-12-76)