La vida, la misión y la tragedia de Cristo, que vivió durante su pasión, muerte y resurrección, se hacen particularmente vivas y palpitantes durante el Triduo Pascual.

El Jueves Santo queda iluminado con un resplandor de luz muy grande acerca del gran momento de la Consagración en la Santa Misa.

El Viernes Santo es el día en el cual la soledad de Cristo alcanza el momento más dramático de su vida, y como consecuencia, también de la humanidad.

El Sábado de gloria está inundado del resplandor del triunfo de Cristo, que entra en la Eternidad, oyéndose por primera vez en el Cielo: “Bienvenido sea el hombre al seno del Padre”.

 

“¡Oh, si yo fuera sacerdote…!”

 

Oh, si yo fuera sacerdote…! ¡Ungido, escogido y predestinado para ser, con Cristo, sacerdote, mediador que ofrece y se ofrece a la Santidad infinita, para gloria de esa misma Santidad eterna y salvación de las almas…! […]

Si yo fuera sacerdote y cogiera en mis manos la blanca Hostia que habría de consagrar para gloria de Dios y todas las almas, todo mi ser se pondría en manos del Sacerdote eterno, que Él me utilizara según su voluntad; y yo me retornaría al Don divino […]. ¡Todo mi ser en la patena, preparándose para la consagración donde, unida con Cristo, sería, con Él, Cristo que daría al Padre todo honor y gloria!

¡Oh momento del ofertorio, yo diría al Amor divino requiebros de amor, siendo respuesta amorosa a su Don, a ese Don que Dios, a través mía, querría comunicar a todas mis almas…!

¡Si yo fuera sacerdote y pudiera ofrecer mi Hostia al Padre y el cáliz de la salud…! Este sería el momento […] de ser recibida por el Sacerdote eterno: «Recibe, oh Padre Santo, esta Hostia inmaculada» y este cáliz, con él, recibe todo mi ser en respuesta de amor a tu Don. […]

¡Oh, si yo fuera sacerdote…! […] Toda mi vida sería una preparación para mi Misa y una acción de gracias de ella.

¡Cómo vibraría mi alma al acercarse ese Gran Momento de la Consagración…! Sí, éste sería el gran momento de mi vida sacerdotal; el Momento de la Consagración, en el cual la criatura, sintiéndose elevada a la dignidad de sacerdote, experimenta que es el escogido, el ungido, el confidente, y el que tiene en sus manos consagradas, por vocación divina, el poder de dar a Dios la gloria máxima que en el cielo y en la tierra se le puede dar. […]

¿Dónde hay criatura creada que sea levantada a la dignidad terrible de hacer bajar de los cielos al Dios vivo? ¿Cuándo se vio a toda la corte celestial postrada, rostro en tierra, en espera sorprendente adorando este momento, en el cual tú, sacerdote, pronuncias sobre ese pedacito de pan las palabras de consagración y de vida que hacen al mismo Dios intocable correr presuroso, ante tu mandato, a meterse en aquella Hostia blanca […]?

¿Cuándo pudiste soñar, oh hombre, en ser tú, pequeñito e imperfecto, lleno de miserias y aun de pecados, el que tuviera a todo el cielo esperando ese momento, ¡ese gran momento!, en el cual el seno del Padre se abra para darte su Verbo, Verbo que tú tendrás en tus manos […]?

¿Te diste cuenta alguna vez de esta realidad de la consagración? […]

¿De dónde a ti que […] el mismo Dios obedezca a tu mandato?¿Quién eres tú y a qué dignidad te ha levantado el Altísimo, que puedes decir en derecho de propiedad: «Esto es mi Cuerpo»? Palabras que han sido puestas por Dios en tu boca para que tú puedas arrancar así, del pecho divino de la Trinidad, a la segunda Persona y traerla a la tierra. ¿Cuándo pensaste hacer tal milagro […]?

Pero a ti, sacerdote de Cristo, […] yo, con María Inmaculada, la Madre de los sacerdotes, te digo: Vive tu sacerdocio, actúate en tu Gran Momento, da gracias por este privilegio inexpresable, inexplicable, incomprensible e inimaginable del sacerdocio. […]

Sacerdote… Mediador… […] ¡Estás entre el cielo y la tierra transubstanciando tu hostia! ¡Ejerce tu sacerdocio…! ¡Sé puente propicio entre Dios y los hombres. […]

A tu palabra el seno del Padre se abre ante la sorpresa también de todos los bienaventurados, y Dios se hace Pan. Y tú ¿qué dices? […]

Aunque te veas pequeño […] no desconfíes, porque de los pequeños es el Reino de los Cielos. […] Confía en el amor del Bueno que te hizo sacerdote […].
Es el momento del cántico glorioso de tu Misa, es el momento de dar gloria a Dios; y tú, «por Él, con Él y en Él», le das todo honor y gloria. […]

Es ahora cuando puedes dar a Dios la gloria que Él espera de tu alma de sacerdote, ¿cómo respondes? […]

Es el momento de corresponder. […] Dile cómo todo tú quieres ser una alabanza de su gloria, una respuesta a su Don. […]

Entona el Padrenuestro, preparándote para el instante de la consumación del Sacrificio. Invoca al Padre […] y así, ardiendo en el amor divino, bajo tu indignidad, recibe ese Pan de Vida, que desde toda la eternidad, amándote con predilección infinita, te escogió para quetú mismo pudieras comerte la Hostia que, como sacerdote, consagraras. […]

La Misa va a terminar y Dios está esperando también ahora. ¡Está pendiente de que tú te comas tu Hostia para consumar el Sacrificio! Eres tú, sacerdote del Nuevo Testamento, el que diste comienzo a este gran acto, y el que tienes que coronarlo.

En verdad puedes decir con Cristo: […] «En tus manos encomiendo mi espíritu» […]

Ahora anda, dame a mí […] esa Hostia que fue transubstanciada para que yo, por tu medio, pudiera también comulgar a Dios. […]

¡Ay sacerdote del Nuevo Testamento! Si hubiera caído sobre mí la gracia de ser sacerdote, en este día de hoy ¡cómo hubiera celebrado mi Misa…!

Tal vez una sola hubiera podido celebrar en mi vida, ante el conocimiento terrible que he tenido del Gran Misterio de la Consagración.

Por eso te pido que escuches este pobre canto que esta indigna hija de la Iglesia entona a tu alma: responde al Amor con tu don total. No te mires. Procura vivir de Cristo, y ser pequeño para que te juzguen en el amor.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:   “EL GRAN MOMENTO DE LA CONSAGRACIÓN”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  
Opúsculo nº 6)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Vive tu sacerdocio con el Sumo y Eterno Sacerdote para dar gloria a Dios y vida a las almas”, que fue grabado el 26 de julio de 1999 (pulse la tecla PLAY):

 

¡Qué amor de predilección el que tiene el Señor a tu alma de sacerdote!… Responde, hijo querido, como puedas, que el Amor te pide tu don de amor a su don. (29-9-63)
Danos, Señor, sacerdotes sencillos según tu corazón, pues la soberbia, la confusión, el respeto humano e incluso la mala voluntad de algunos, asfixian a los pequeños que, asustados, se esconden, esperando el momento de su liberación. (31-3-75)
El vivir de María fue una adhesión completa a todos los movimientos del alma de Cristo en su vida, misión y tragedia, con el matiz de Virgen-Madre. Ésta ha de ser también la postura que configure toda la vida del sacerdote del Nuevo Testamento. (25-10-74)