Este escrito, denso poética y teológicamente, deja en el alma, después de su lectura, el sabor de lo sublime. Realmente se apercibe cómo el alma bebe y se sacia en las Fuentes inagotables de la Trinidad.

La lectura del salmo 42 encuentra su interpretación en éste escrito, del cual es un estupendo comentario, y después de leer el tema la relectura del salmo se torna clara y luminosa.

«El que tenga sed, que venga a mí y beba», para saciarse eternamente a la Fuente de la Vida. […]

Que venga aquél que necesite refrigerar su sed de conocimiento, de vida, de sabiduría, que Yo le daré a beber tan abundantemente, que nunca volverá a tener sed, porque haré brotar dentro de él un manantial de vida divina, donde pueda saciar toda la exigencia de su alma creada para el Infinito. Pero es necesario que me conozca y así me ame, porque el conocimiento engendra el amor, y el amor abre cavernas insaciables por poseer al Amado. […]

Que venga a mí todo aquél que desee algo, que en mí lo encontrará, ya que todo lo que el alma apetece –fuera del pecado– está en grado infinito en el manantial inagotable de mi divina sabiduría. […]

El que no me busca es porque no sabe que Yo soy lo que busca; ya que, cuando aparezca mi gloria, se apagará su sed, porque Yo soy la Fuente de la Vida, y en mi luz se saciará de mi luz.

¡Oh Fuente de aguas vivas, ven a mí, que me abraso en necesidad insaciable de poseerte…! […]

Me creaste para ti, y mi alma está en prensa hasta que no te posea cara a cara, en la luz de tu semblante. […]

¡Yo necesito saciarme para siempre de ti, en tu luz, en tu fuente! Necesito saberte a ti sin velos, en ese punto de santidad intocable donde la Virginidad eterna, de tanto serse Uno, se es Tres. […]

Yo ya sé de Fuente, de Vida, de Amor… Porque, puesta a la boca de tu engendrar divino, aprendí este saber tan profundo de tu eterno engendrar; y vi cómo, en manantiales de ser, surgía el Verbo en respuesta amorosa de tu decir eterno. Y allí, en el abrazo amoroso del Espíritu Santo, yo me sacié en ti para siempre. Pero saciedad que abrió en mí una capacidad tal, que ya sólo podrá llenarse al aparecer tu gloria eternamente.

Por eso, como Tú invitas al que tenga sed, para que beba de ti, yo bramo incansablemente para que apagues mi sed, ésa que Tú en mí has abierto y que sólo podrá «saciarse a la luz de tu semblante».

¡Oh Manantial infinito de caridad eterna…! «Todas mis fuentes están en ti». Eres el Torrente de agua viva donde yo abrevo para saciarme sin hartura en el manantial eterno de tu infinita sabiduría. […]

¡Oh Amado de mi alma!, te tengo, te así, te encontré y no te soltaré. […]

¡Oh, sí!, «todas mis fuentes están en ti…»; en mi Trinidad Una, en esa corriente infinita donde mis tres divinas Personas se son una fusión eterna de agua viva, donde en donación sapiental se comunican en su refrigerante sabiduría, en su torrente divino de caridad eterna. […]

Eres el Manantial infinito de vida trinitaria, en el cual yo necesito zambullirme para abrevar sin hartura en ese torrente inconmensurable de caridad trinitaria, donde Tú, oh Padre, eres la Fuente de Sabiduría silenciosa que tan infinita y perfectamente te dices, te das, te comunicas y te expresas, que tu Expresión es el fruto amoroso de tu silencio callado, en un Hijo que es todo tu Manantial inagotable de aguas vivas en Explicación cantora.

El Verbo es el Grito del Padre, que responde en expresión personal. Es el Torrente infinito de la sabiduría del Padre que responde al Torrente eterno de la infinita fecundidad en el Fragor amoroso del Espíritu Santo.

Y yo todo eso lo sé porque, como soy pequeña, me has metido ahí en tu Manantial. […]

«Todas mis fuentes están en ti»; por eso necesito abrevar eternamente en el torrente de tus delicias, para saciarme en esta «Fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna».

¡El que tenga sed, que venga y beba, que procure saciarse en la Fuente de la eterna sabiduría, que afine bien su oído para percibir el rumor de sus cascadas, para contemplar cómo un Torrente responde a otro Torrente, para saborear cómo todas sus ondas y sus olas pasan sobre sí…!

¡Que vengan al abrevadero de la Fuente de agua viva que es Dios, y beban sólo de esta agua, para quedar saturados de la Vida! […]

«Como el ciervo brama por las aguas del cristalino arroyo, así mi alma te desea a ti». […]

¡Estoy bramando desgarradamente, porque, al pasar todas tus ondas y tus olas sobre mí, han abierto una brecha en el centro de mi alma, que me reseca en necesidad terrible de poseerte en la luz infinita de tu eterna sabiduría!

¡Oh Padre, que soy pequeña y necesito estar contigo para sentarme en tus rodillas, para ser mecida en tu seno y saciarme en el cristalino arroyo de tu vida…! […]

Amor, ¿hasta cuándo he de soportar esta sed de Eternidad que me tortura…? ¿Hasta cuándo estaré bramando por las aguas de mi cristalino Arroyo…? ¿Hasta cuándo…? ¡Tiende ya tu mano y lánzala sobre mí, para llevarme al festín divino de tu eterna sabiduría! […]

Por eso, ¡oh Amor!, sí, tiende tu mano… Ven, que te espero, porque necesito hundirme en la hondura de la Peña, allí donde Tú te eres el Torrente inagotable de sabiduría divina, donde el Padre y el Verbo se responden en el fragor del Espíritu Santo, donde todas tus ondas y tus olas pasen sobre mí para siempre, donde se apagará mi sed para siempre porque aparecerá tu gloria.

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Fragmento del tema: “El que tenga sed, que venga a mí y beba” (Libro “La Iglesia y su misterio” ) Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Salmo 42

Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti,
Dios mío.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?

Las lágrimas son mi pan noche y día,
mientras todo el día me repiten:
«¿Dónde está tu Dios?».

Recuerdo otros tiempos,
y desahogo mi alma conmigo:
cómo entraba en el recinto santo,
cómo avanzaba hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué gimes dentro de mí?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

Cuando mi alma se acongoja,
te recuerdo desde el Jordán y el Hermón
y el monte Misar.
Una sima grita a otra sima,
con voz de cascadas:
tus torrentes y tus olas
me han arrollado.

De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza,
la oración al Dios de mi vida.

Diré a Dios: «Roca mía,
¿por qué me olvidas?
¿Por qué voy andando, sombrío,
hostigado por mi enemigo?».

Se me rompen los huesos
por las burlas del adversario;
todo el día me preguntan:
«¿Dónde está tu Dios?».

¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué gimes dentro de mí?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».