La manifestación luminosa de Dios durante el tiempo de Navidad, que culmina con la Epifanía, está recogida y resplandece en el rostro de la Iglesia, tan poco conocido por muchos, tan desfigurado por nuestros pecados y tan arrebatador para quien lo descubre.

Y no basta contemplar, hay que escuchar éste canto de amor a la Iglesia para quedar subyugado por la hermosura de su faz. Es Dios mismo en su Trinidad de personas el que se asoma a través del rostro de la Iglesia para dejarse ver por sus hijos.

 

“Mi canto de amor a la Iglesia”

Iglesia mía, ¡qué hermosa eres…! Toda hermosa eres, Hija de Jerusalén. […]

Eres «ejército en batalla» (Ct 6, 4), reina con tu realeza recibida del mismo ser de Dios, fuerte con la misma fortaleza del «León de Judá».

¡Ay, Iglesia mía!, toda hermosa, engalanada con la misma Divinidad que te penetra, te satura, te ennoblece, enalteciéndote con tal fecundidad, que tú, Iglesia mía, eres el mismo Verbo Encarnado que sale del seno del Padre rompiendo en Palabra y abrasándose en el Espíritu Santo. ¡Ésa es tu Real Cabeza, Iglesia mía! […]

¡Así amó el Padre a su Iglesia! No hay nada por infinito, misterioso y perfecto que sea, que el Padre, al querer revelárnoslo, no haya dicho a la Iglesia mía. Quiso decirle todo, y para eso, le dio su Verbo.  […]

¡Qué maravilloso es Dios! Tanto, que nos da a su unigénito Hijo para demostrarnos el amor que nos tiene, y, en un exceso de ese mismo amor, nos lo entrega en la cruz desamparado, cantándonos, en su cántico sangriento de Divinidad, el corazón del Infinito. […]

Mi Iglesia Santa es la Trinidad en la tierra en expresión divina y humana.

Soy hija de Dios, partícipe de la vida divina, Dios por participación, heredera de la vida trinitaria del Infinito. Y todo porque mi Trinidad Una, abrasada en el fuego del Espíritu Santo, se derramó sobre mi Iglesia mía, para que ésta, con señorío infinito, me diera todo lo que el hombre por sí jamás pudo ni soñar, ni poseer. […]

Un manto real de sangre envuelve a mi Iglesia Madre; un manto real que su Esposo, Cristo Jesús, le puso el día de sus bodas, ya que, enloquecido de amor por ella, le dio como regalo toda su Sangre divina con la cual pudiera perdonar, penetrar y divinizar a todos sus hijos. […]

¡Qué hermosa es mi Iglesia Madre! En ella se encierra, oculto en la Hostia blanca, el mismo Verbo Infinito, expresando en cada sagrario de la tierra, en un silencio incomprensible, el amor eterno que a mi Madre Iglesia tuvo su Esposo divino, el cual, queriendo estar con ella hasta la consumación de los siglos, se oculta bajo la apariencia de un pedacito de pan, para que ella pueda dar en comida y en bebida a todos sus hijos la misma Palabra eterna que tiene en su seno: «El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y Yo en él. Como el Padre, que vive, me ha enviado, y Yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí»  (Jn 6, 55-57) .

La Iglesia es el Verbo Encarnado, con su Madre Santísima, con todos los Apóstoles, los Mártires, las vírgenes, los Santos…

Iglesia mía, tú en tu seno tienes todos los atributos y perfecciones del ser de Dios, que en infinitud de matices, se te derrama engalanándote y hermoseándote con su misma hermosura, siendo tú como la Mujer vestida de sol del Apocalipsis.  […]

Tú, con Cristo y por Cristo, eres Madre de todas las almas. […] Veo, en el seno de esta Santa Madre mía, unas cavernas abiertas, sin cicatrizar, sangrando, esperando su llenura con la vuelta de unos hijos que, al marcharse, la dejaron herida, desgarrando sus entrañas amorosas. […]

¡Unidad!, está gritando el Verbo en el Seno del Padre y en el seno de su Iglesia por medio de Pedro, a quien Él mismo dijo al instituirla: «Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia»  (Mt 16, 18a)  […] Y este Pedro, que es el Santo Padre, está gritando desde el seno de Dios con el Verbo: ¡Unidad de todas las ovejitas y de todos los pastores en su Aprisco…!  […]

Tienes otros hijos que, viviendo dentro de tu mismo seno, son muertos ambulantes. […] Y son, Madre mía, aquellos que, siendo hijos tuyos por el bautismo y la fe, viven en pecado mortal . […]

Católicos todos, oíd la voz de vuestra Santa Madre Iglesia que os llama a compenetraros con ella, a vivir de su vida divina.

[…]  Almas consagradas todas, sacerdotes de Cristo, que, ungidos por el óleo suavísimo, símbolo de la Divinidad, como el aceite que, ungiendo la cabeza de Aarón se deslizó por su rostro derramándose hasta la orla de sus vestiduras, tenéis que ser óleo suavísimo que, en sobreabundancia de vuestra unción sacerdotal, deis a todas las almas esta vida que Cristo vino a traernos, como Él dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia»  (Jn 10, 10) ; «Y la vida eterna consiste en que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo tu Enviado» (Jn 17, 3).

[…] ¿Sabemos, sacerdotes de Cristo, almas consagradas todas, miembros vivos y vivificantes del Nuevo Pueblo de Dios por nuestra injerción en Cristo, que somos nosotros, por nuestra vida de entrega, de renuncia, de olvido de nosotros mismos, y especialmente por nuestra vida de oración, los que tenemos que entrar, viviendo más íntimamente nuestro ser de Iglesia, en una intimidad profunda con ese Padre nuestro que Jesucristo vino a manifestarnos, y arrancar la espina honda que taladraba su alma cuando, a través del Evangelio, se queja dolorosamente clamando: «Ni me conocéis a mí, ni conocéis a mi Padre…» (Jn 8, 19) , «Padre justo, ¡y el mundo no te ha conocido!» ; «Vino a los suyos y los suyos no le recibieron»? (Jn 17, 25;  Jn 1, 11).

Pero ¿cómo lo conseguirás, si, por tu escasa vida de oración, no sabes de intimidad con el Amigo Divino, el cual te espera siempre? ¡Alma querida, si al menos tú le escucharas, le amaras y supieras recibirle…! […]

¡Avanza!, que nosotros, unidos a tu Cabeza visible, cantaremos la alegría eterna de tu seno de Madre, entrando por ti en el regazo de nuestro Padre Dios, y en él viviremos de Cristo Jesús, el cual, por medio de María, nos cantó sus amores y los tuyos en tus brazos maternales; y abrasando a todas las almas en el fuego del Espíritu Santo, daremos un grito de ¡Unidad!, viviendo para que se forme «un solo Rebaño y un solo Pastor» (Jn 10, 16).

¡Iglesia mía!, ¡Qué hermosa eres…! ¡Cuánto te amo!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “El Rostro de la Iglesia”. 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 1

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “El Rostro de la Iglesia”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Iglesia Sacerdotal”, que fue grabado el 6 de septiembre de 1988 (pulse la tecla PLAY):

La Madre Trinidad en el año 1969. De fondo la casa de apostolado de la Obra de la Iglesia en El Pinar de las Rozas (Madrid)

Imaginemos a un lado a la Trinidad viviendo su vida; a otro lado a la humanidad; en medio a María. Una de las tres divinas Personas –el Verbo– se viene al seno de la Virgen y se une a una humanidad, trayendo consigo al Padre y al Espíritu Santo. Esta humanidad injerta en sí, misteriosamente, a todos los hombres. Y así, en la Madre de Dios, comienza la realización del gran misterio de la Iglesia. (12-1-67)
La Iglesia está de luto por los hijos que se fueron de la casa paterna. ¡Cómo llora la Iglesia por esos hijos perdidos…! Todo aquel que palpita con ella, tiene que estar de luto y triste, porque del seno de esta Santa Madre arrancaron, llevándoselas de sus entrañas maternales y dejándolas desgarradas, a las ovejas del Buen Pastor. (30-3-59)
La adhesión en amor es lo que hace al hombre capaz de vivir la vida trinitaria. Por eso, la fe muerta no justifica, porque no es capaz de hacernos vivir por sí sola del Infinito; ya que lo que nos hace vivir de Dios, es ver lo bueno y rico que es, lo cual nos invita fuertemente a la adhesión amorosa a Él, convirtiéndose esta adhesión, libremente aceptada, en vida y participación de la realidad divina a la que nos adherimos. (9-1-65)