El 18 marzo 1959 pasará a la historia de la Madre Trinidad como el día más grande de su vida, en el cual Dios la introdujo en su seno para contemplar con sus Ojos, cantar con su Palabra y amar con el fuego del Espíritu Santo. Después de este día en el cual contempló, vivió y fue testigo del misterio luminoso de Dios, el Señor quiso enriquecerla todavía más introduciéndola frecuentemente en su vida trinitaria.

La infinitud de Dios se le hizo muy cercana, y el Señor se complació en enseñarle, en sabiduría amorosa, cómo vive el alma de Dios y cómo participa de su misterio en luz y vida. Todo esto, para que, llena de júbilo, pudiera cantar, junto con las lamentaciones de la Iglesia, a la Eternidad en la tierra, enviándola a la Iglesia con el mandato de “vete y dilo, esto es para todos”. Cosa que viene haciendo incansablemente desde la época del Concilio, llenando al Pueblo de Dios de alegría y de paz.

 

“¡Dios es un júbilo de amor!”

 

¡Oh fecundidad inexhaustiva del Padre subsistente de por sí, en sí mismo y para sí! Oh Padre, que, rompiendo en paternidad por la plenitud infinita de tu inagotable perfección, te eres en una fecundidad tan pletórica y exuberante de ser, que te hace romper engendrando en aquel punto-punto, misterioso y oculto, silencioso y velado, donde te eres la Paternidad fecunda e infinita de inexhaustiva perfección, engendrando al eterno Oriens, al que siempre tienes engendrado y estás engendrando como fruto de tu fecundidad.

Emanación de tu misma sabiduría en expresión melódica de infinitos cantares, tan perfecta y consustancialmente, que el Hijo engendrado, que tienes en tu seno siempre engendrado y siempre engendrándolo, sale sin salir, brota sin brotar, como fruto de tu sabiduría amorosa, en el punto-punto de tu engendrar divino irrumpiendo en Luz de centelleante y refulgente sabiduría amorosa, dando a luz a la Luz de tu misma sabiduría, a tu Unigénito Hijo, Figura de tu sustancia e Imagen de tu misma perfección en explicación cantora de infinitas perfecciones, Palabra eterna de melódicos cantares en expresión deletreada y explicativa de cuanto Tú eres. […]

¡Verbo mío…! […] que, en retornación amorosa-filial, expresas, siendo la Palabra sustancial de su inagotable perfección, en un júbilo de amor tan sublime y tan gozoso de respuesta explicativa y amorosa al Padre, todo cuanto Él se es en la profundidad profunda de la concavidad de su subsistencia infinita y que le hace romper en fecundidad divina entre esplendores de santidad, engendrándote. […]

Y el amor con que se aman es tan perfecto, que es todo el ser que el Padre, en un acto de fecundidad engendradora y amorosa, le da al Hijo; y que el Hijo le retorna al Padre en el mismo instante-instante, sacrosanto, secreto y sagrado, del engendrar divino; en un abrazo paterno-filial tan infinito, coeterno y amoroso, que hace surgir en fluyentes cataratas de divinidad al Espíritu Santo, Beso amoroso del amor paterno-filial del Padre y del Hijo, en Persona Amor de júbilo eterno, consustancial e infinito. […]

Y en un júbilo de sabiduría amorosa, Dios, por exigencia de su misma perfección, rompe en tres Personas de Familia trinitaria en Sabiduría de Explicación cantora de Amor eterno. […]

Siéndose Dios un solo ser, sido por el Padre en rompientes de fecundidad eterna e infinita de luminosa sabiduría; expresado por el Verbo en jubiloso Canto de inéditas melodías; y amado por el Espíritu Santo, Amor personificado, fruto amoroso del Padre y el Hijo en Beso de amor paterno-filial. […]

¡Qué feliz es Dios…! ,¡y qué feliz soy yo de que mi Dios sea tan feliz en el recóndito profundo de su engendrar divino envuelto y cubierto por la santidad intocable de su inexhaustiva e infinita divinidad!.

Y que mi espíritu, traslimitado e invitado por la potencia poderosa del Infinito Poderío, ha penetrado y saboreado en un presunto de Eternidad; que me hace, rebosante de amor, delirante de alegría y embriagada en el néctar riquísimo de esta misma divinidad, contemplar con el Padre, por participación, su infinita perfección según su complacencia divina me lo quiera otorgar; cantarle con el Verbo y besarle en el arrullo melodioso del amor del Espíritu Santo. […]

Mientras que mi espíritu, tembloroso, reverente, adorante y asustado, al contemplarlo desde el destierro, bajo la luz de la fe, pero iluminado por los dones del Espíritu Santo y fortalecido por la fuerza de la gracia y el poder del Eterno, en un trasunto de Eternidad; y al penetrarlo en su solo acto de ser, entendiendo cómo es –en el modo y la manera que Dios sólo sabe– desde mi pobre sabiduría iluminada por la misma sabiduría divina; irrumpe como en un lamento desgarrador, al tenerlo que proclamar a través de la limitación de mis pobres palabras y la contención del tiempo de este largo peregrinar. […]

¡Qué feliz es Dios! y ¡qué glorioso! […] sin necesitar de nada ni de nadie para serlo.
Porque, si Dios, para ser más dichoso, más acabado, más perfecto y más glorioso, necesitara algo fuera de sí, sería porque a su inexhaustiva perfección, coeterna, infinita y acabada, le faltaba algo para ser el Ser subsistente en sí mismo y por sí mismo en infinitud de ser por infinitudes infinitas de atributos y perfecciones; que, sido y poseído, tiene abarcado en sí mismo y por sí mismo en su solo acto de vida, todo cuanto puede ser en infinitud por infinitudes de ser, y en un acto de vida trinitaria de perfección infinitamente abarcada de gozo eterno, en disfrute acabado de infinita y coeterna divinidad. […]

¡Qué feliz es Dios! y ¡qué dichosa me siento de que mi Dios sea tan feliz, sin necesitar de nada para serlo! Y que, por un acto amoroso de vida trinitaria rompiendo en misericordia infinita, se ha complacido en hacernos semejantes a Él, para que le podamos participar, aquí en fe mediante los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo que se nos dan por ser Iglesia Católica, Apostólica y Romana y desde su seno de Madre, y en la Eternidad en luz de claro día; con corazón de Padre, canción de Verbo y amor de Espíritu Santo.

Alma queridísima, gózate en que Dios sea lo que es en sí, por sí y para sí. Procurando hacerlo en un acto de amor puro lo más perfectamente que puedas, como lo harás y vivirás en la Eternidad en la participación gozosísima y coeterna de las divinas Personas. […]

Hijos amadísimos de la Santa Madre Iglesia, este romance de amor, vivido y saboreado en la intimidad profunda de la Familia Divina, y participado por el alma, hoy os lo expreso sólo como el Eco diminuto de la Santa Madre Iglesia, en repetición de sus cantares, y movida por Dios desde el año 1959, cuando, durante largos ratos de oración repletos de sabiduría amorosa, el Señor imprimía en mi espíritu: “¡Vete y dilo…!”; “¡Esto es para todos…!”.

Comprendiendo de un modo claro y contundente, bajo la luz, la fuerza y el impulso del Espíritu Santo, que cuanto, de una u otra manera Dios me comunicaba para que lo manifestara, no era para que lo viviera sólo una clase de almas privilegiadas, sino para que fuera vivido por todos: pueblo sacerdotal, almas consagradas…, por todos, ¡por todos los hijos de Dios!, de todo pueblo, raza y nación, en sabiduría amorosa de comunicación íntima y filial con la Familia Divina. […]

Escucha hoy, alma queridísima, este canto de amor que he deletreado a tu alma bajo el impulso, la luz y la fuerza del Espíritu Santo que me hace exclamar con mi grito de:

¡Gloria para Dios! ¡Almas para su Seno! ¡Sólo eso!¡Lo demás no importa!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “EL SANCTA SANCTORUM DE LA FAMILIA DIVINA”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 7)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El Sancta Sanctorum”, que fue grabado el 17 de enero de 1989 (pulse la tecla PLAY):

Alma querida, cualquiera que seas, tú que buscas experiencias sabrosas en lo profundo de tu corazón, no te afanes en encontrarlas donde no están; lánzate al manantial infinito del eterno Ser, y allí encontrarás, en las sapientales corrientes de la felicidad eterna, eso que buscas sin tú saber lo que es. (9-12-72)
Dios, por plenitud riquísima de su ser y perfección, al ser visto claramente, robará nuestra voluntad libre, la cual, subyugada, se le adherirá gozosa y libremente en un júbilo de amor beatífico. (9-1-65)
Yo soy feliz, porque encontré la vena riquísima de los eternos Manantiales donde bebo a borbotones, saciando, en la infinita sabiduría, mi sed torturante de Dios… Pero tengo una pena honda, ¡honda!, que me taladra el espíritu, por las «voces» del Amor Infinito que me dicen: ¡Muéstrame a los hombres, canta tu canción! (13-6-75)