El Viernes Santo es el día en el cual la soledad de Cristo alcanza el momento más dramático de su vida, y como consecuencia, también de la humanidad.

La vida, la misión y la tragedia de Cristo, que vivió durante su pasión, muerte y resurrección, se hacen particularmente vivas y palpitantes durante el Triduo Pascual.

 

“El eterno Acompañado”,
“vino a los suyos, y los suyos no le recibieron”

 

Oh Familia Divina que, en calor de hogar, Tres te eres…! […]

Si Dios no fuera Familia, no sería feliz, no sería dichoso, y entonces no sería Dios. […] Pero quiso Dios que su Hijo, en la tierra, supiera también de calor de hogar, […] de su Madre y de San José.

Y en aquellos momentos que Tú, mi divino Maestro, más necesitabas de la compañía de tus amigos, te encuentras completamente solo: “Pedro, ¿duermes?” “¿No habéis podido velar una hora conmigo?” “Velad y orad para que no caigáis en tentación”. […]
“Si me buscáis a mí, dejad a éstos”. […]

Todos huyen, […] ¡Todos no! […] ¡Un “amigo” tiene Jesús! Un “amigo” que no duerme: […] Si Jesús, al encontrarse tan solo, por un imposible no hubiera sabido la traición de Judas, al verlo venir hacia Él, hubiera sentido un consuelo; porque, ante su desamparo, veía que un amigo […] suyo, venía a su encuentro con la mayor muestra de amor: ¡un beso!; beso, que, depositado en la mejilla divina de el Solo, fue la señal mayor de su soledad y desamparo. […]

“Es la hora del poder de las tinieblas”. […] ¡Condenada a muerte la Santidad infinita! […] ¡Y por treinta monedas fue vendida la Libertad por esencia! […]

¡Qué soledad tan terrible la de “el Solo” solitario…! […] “Hirieron al Pastor y se descarriaron las ovejas”. […]

Sale el divino Maestro muy “acompañado” de los soldados, y, al cruzar por el patio, busca ansioso con su mirada la mirada de Pedro que allí estaba. Y le mira con cariño de perdón… […] Mirada que, grabándosele hasta lo más profundo del alma, le hizo romper a llorar amargamente. […]

Jesús, […] yo quiero acompañarte, durante esta noche. […]

Y al clarear aquel día tenebroso del Viernes Santo, […] eres llevado y traído a aquellos jefecillos que inhumanamente se burlaban, […] del Verbo de la Vida. […]

– “¿No sabes que tengo poder para soltarte o crucificarte? […]

¡Pilato…! […] ¡No encuentras culpa en el reo…! […] Y tú, ¡oh insensato!, mandas azotar, […] a la Justicia infinita, […] como a un malhechor. […]

¡Oh…! ¿Dónde están los amigos del divino Maestro? […]

María, unida al alma de su Hijo en todos y en cada uno de estos tormentos, hecha una cosa con Él, experimentaba en su alma de Madre de Dios toda la tragedia terrible del Verbo Encarnado.

Aquellos hombres, cegados, enloquecidos y manejados por el Infierno, […] inventan mofas…[…] Uno de los soldados, […] exclama: “¿No era rey? ¡pues hagámosle una corona!”, […] le ciñeron una corona tejida de espinas y comenzaron a saludarle: ¡Salve, rey de los judíos! […]

¡Oh dolor terrible del alma de Cristo…! […] ¡Oh, Jesús!, yo quiero hoy besar tus mejillas divinas, […] tu cabeza taladrada por las espinas, y tu cuerpo destrozado por los azotes. […]

Y, ante las palabras de Pilato “he aquí el Hombre”, exclaman: “¡Crucifícale, crucifícale!”

¡Momento desolador…!, […] “Busqué quien me consolara y no lo hallé”. ¡El Solo…! Y con su cruz a cuestas, […] va el Solo, […] acompañado de los traidores. […] Los soldados, temerosos de no poder cebarse con su víctima y colgarle en la cruz, alquilan a un hombre para que ayude a aquel reo a llevarla, […] ¿Había encontrado el divino Maestro un amigo en aquel Cirineo? No, también llevó la cruz obligado. […]

Y Jesús busca la única mirada amiga que, en su caminar por la tierra, encontró siempre y le supo a cariño y calor de hogar. Y las dos miradas se abrazan en la unión mutua del Espíritu Santo. ¡Se han encontrado la Madre y el Hijo y se han fundido en un mismo dolor…!

¡Ya va Jesús acompañado! ¡Ya el Solo ha encontrado, como en Belén, Nazaret y durante toda su vida, su oasis en su duro caminar…! […]

Un hombre fuerte levanta el martillo descargándole sobre el clavo que se introduce en la mano del Maestro… […] ¿Qué sentiría la Virgen ante aquellos martillazos… […]? ¡Ya está cosido al madero el Verbo de la Vida…! […] para celebrar la primera Misa […] “¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!”. […]

El Solo, que se encuentra entre dos ajusticiados como Él, ¡hasta de sus mismos compañeros de muerte está solo…! Y derramándose amorosamente sobre ellos, los mira, y uno de ellos, adhiriéndose a aquella mirada divina, se compenetra con Él, le ama, se convierte, se entrega, y, en un grito de confianza, expresa el más noble sentimiento de su alma: “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. […]

¡Dimas, fuiste ladrón y, en tu último robo, acertaste! ¡El Solo, que en cuanto encuentra una mirada amiga, lo hace un Santo…! […]

Experimenta, el Autor de la vida, que a su humanidad se le escapa la vida, […] y mirando a la Virgen, […] le dice señalando a Juan: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. En este momento, Jesús nos da a su Madre por Madre nuestra. […] Y mirando a Juan le dice: “He ahí a tu Madre”. Y en Juan, estando representados todos nosotros, nos hace hijos de María. […]

El Solo vuelve su mirada […] al Padre. Y ve que la Santidad Infinita, por representar Él el pecado, manifestándose como Justicia, se le vuelve en contra. Y en un desgarro dolorosísimo de soledad cruenta, […] el Solo clama: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado…?” […]

¡Oh soledad terrible del alma de Cristo!“ […] ¡Tengo sed!” Sí, Padre, sed de que te conozcan, y para que te conozcan, “Yo por ellos me santifico”. […]

“¡Todo está consumado!” y volviéndose al Padre, […] exhala su último suspiro: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” En aquel momento, tiembla la tierra, […] y toda la creación protesta con voz de llanto desgarrador y doloroso ante la muerte injusta de su Creador. […] El sol se oculta para no ser testigo de aquel crimen terrible. […]

¡Ya Jesús no puede sufrir…! ¡Ya el Hombre se encuentra cara a cara en la luz de la gloria, metido en la Familia Divina, con el seno paternal de Dios abierto para todos sus hijos…!

¡Ya parece que todo es alegría y contento…!

Pero no. María, al pie de la cruz, siente un contraste terrible en su alma santísima. Por una parte, participando de la alegría de su Hijo, se siente feliz unida al alma de Cristo; y por otra, Ella, como Madre de la Iglesia aún desterrada y en el país de las tinieblas, aguarda en nostalgia envuelta en su soledad; siendo María, como prolongación de su Hijo, ahora más que nunca, la Sola. […]

Y la Sola, después de haber sepultado con aquellos santos varones el cuerpo de Jesús, vuelve solitaria, con su tragedia terrible de soledad inabarcable, por aquellos mismos caminos por los cuales el Solo había caminado a celebrar, como Sumo Sacerdote, su cruenta Misa para gloria de Dios y santificación de los hombres.

 

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 
Fragmento del escrito:   “El SOLO”   (tomado del libro:  “La Iglesia y su misterio”).

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios es misericordia infinita que se nos da a los hombres en la Encarnación”, que fue grabado el 20 de agosto de 1992 (pulse la tecla PLAY):

Dios es Familia Divina de caridad infinita en su Trinidad Una, el Eterno Acompañado en sí mismo y por sí mismo, sin necesitar fuera de sí ninguna cosa, teniendo en sí todo lo deseable y apetecible. (15-9-63)
¡Qué terrible es la contención del misterio de la redención, que le hacía a Jesús vivir, en un mismo instante, con Dios en una dimensión incomprensible, y con todos los hombres en entrega de amor, en necesidad de respuesta, y en negativa de ingratitud por parte de ellos! (22-9-74)
Hoy todos hablan de los marginados… Pero ¿quién se acuerda del Amor Eterno, marginado, desconocido, olvidado y hasta despreciado y ultrajado? ¡No hay lugar para pensar en Él! El hombre insensato olvidó al Amor y lo marginó. (25-5-78)