Este tema es una explicación de cómo el pecado ha sido el resorte que, en la Sabiduría de Dios, ha desencadenado un torrente de gracias tan abundante que ha sido capaz de trasformar tanto mal en bienaventuranza para la familia humana.

La Redención es un misterio cargado de amor, de donación, de aparente paradoja. El Bien sobreabunda siempre aunque el mal parezca tener la parte más importante.

 

“¡Bienaventurada yo, con la carga de mis pecados,
por tal Redentor!”

 

El misterio maravilloso de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Cristo, ha sido realizado por el poder infinito y coeterno de la adorable Trinidad, a consecuencia y como consecuencia de haberse rebelado la criatura contra la voluntad infinita de la Excelencia de Dios, ofendiendo a su subsistente e infinita Santidad;
para redimirnos y reconciliarnos nuevamente con Él, y para la realización de sus planes eternos, perfectos y acabados, sobre nosotros, al habernos creado a su imagen y semejanza para que le poseyéramos.

Si el hombre no hubiera pecado, Dios no se hubiera encarnado, ni hubiera tenido, para la manifestación del esplendor de su gloria en desbordamiento de compasión, que derramarse sobre nuestra miseria; la cual llevó al Cristo del Padre, el Ungido de Yahvé, a muerte ignominiosa de crucifixión, como víctima expiatoria de reparación infinita ante el Dios tres veces Santo ofendido; y, cual Cordero inmaculado, a ofrecer su vida en inmolación como rescate que quita los pecados del hombre caído al rebelarse contra el Creador.

Por lo que mi alma, ante la consideración de esta terrible, pero dramática realidad, agradece a Dios, exultante de gozo, con himnos y cánticos de alabanza y bajo la limitación de mi nulidad, con espíritu adorante y contrito, humillada ante la miseria de mi nada, reverente, temblorosa y asustada, que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros.

Pero, por mi amor hacia Él y el drama de mi culpa por haberle ofendido, aunque haya sido tan beneficioso para mí el misterio de su encarnación, vida, muerte y resurrección; hubiera preferido quedarme más pobre, al no ser hija de Dios, injertada en Cristo por Él, con Él y en Él, que la consecuencia de que, para salvarme, se haya tenido que realizar, por la gloria del Nombre de Yahvé, la donación de Dios, reparando mis pecados, en redención de desgarradora crucifixión;
comprendiendo que la Santidad infinita ofendida exigía, por perfección de su misma naturaleza divina, reparación infinita ante la rebelión de la criatura a su Creador; y, por tanto, un Restaurador infinito, del modo y la manera que, al que es Amor y puede y es Amor y ama, le exige su perfección al quererse derramar, desde la excelencia de su Santidad coeterna e infinita, sobre el desgarro de nuestra miseria, para el esplendor de su gloria en desbordamiento de compasión misericordiosa sobre la ruindad, pobreza y desacato de nuestra miserable rebelión.

Por lo que nunca podemos justificar nuestra culpa, que ha forzado al mismo Dios a tener que sacar de sí mismo un portento portentoso que, en derramamiento de compasión sobre nuestra miseria, es la Misericordia infinita de Dios en manifestación de cómo es Amor que ama, queriéndonos redimir de nuestra maldad por la sangre del Cordero que quita los pecados del mundo.

No hay nada que pueda justificar la rebelión contra Dios, aunque sus consecuencias sean muy gloriosas para nosotros, y a Él esencialmente ni le quitan ni le aumentan nada: ¡mil veces morir antes que ofender a Dios!

¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía! ¡Yo te amo! ¡Yo te adoro!

Pero hubiera preferido mi amor hacia Ti vagar, en mi penante peregrinar, sin tu amorosa e inefable compañía, antes que verte maltratado, crucificado y muerto en el patíbulo de la cruz; abandonado de todos, y en el olvido en que te encuentras por la mayoría de tus hijos, después de haber instituido el gran portento de la Eucaristía, como manifestación majestuosa y esplendorosa en derroche del amor con que nos amas; y tenerte que ver profanado y tan sacrílegamente tratado por la maldad miserable de los hombres, por los cuales, en crucifixión cruenta, has derramado toda tu sangre.

¡Bienaventurada yo, con la carga de mis pecados, por tal Redentor! Pero más le apetece al amor que te tengo, mi Jesús del Calvario y de la Eucaristía, que criatura alguna nunca se hubiera rebelado contra tu Santidad infinita, y que te ha forzado, para la manifestación de tu infinito poder y el esplendor de tu gloria, a realizar una cosa tan maravillosa para nosotros como dramática sobre Ti, para podernos redimir de nuestros pecados, reencajándonos en los planes eternos de Dios, que nos creó sólo y exclusivamente para que le poseyéramos, levantándonos a la dignidad inimaginable e insospechada de ser hijos suyos, herederos de su gloria, y partícipes de la vida divina.

El hombre carnal que no conoce a Dios ni la magnificencia de la majestad y esplendor de su gloria, no puede comprender, y le parecerá desatino, lo que hoy, día del Inmaculado Corazón de María, mi alma ha penetrado; por una parte, llena de agradecimiento porque «las misericordias de Dios son eternas» (Sal 135) y no tienen fin; y, por otra, desgarrada y dolorida porque la manifestación de la Misericordia infinita haya tenido que ser tan dramática, en reparación cruenta ante la Santidad del subsistente Ser ofendido, y la restauración de nuestra rebelión contra el infinito y coeterno Creador.

¡Gracias, Señor!, porque «amando a los tuyos los amaste hasta el extremo y hasta el fin» (Cfr. Jn 13, 1) y te quedaste con nosotros hasta la consumación de los tiempos, como sustento de nuestras almas, en comida y en bebida; para saciar nuestra hambre y refrigerar nuestra sed por la saturación, en participación, de la embriaguez de tu misma divinidad, en gozo gloriosísimo y dichosísimo de eternidad: «El que tenga sed que venga a mí y beba, y el que tenga hambre que venga mí y coma, que Yo le daré de balde del agua de la vida». Ya que «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él y Yo le resucitaré en el último día» (Jn 7, 37b; Jn 6, 35; Ap 21, 6; Jn 6, 56. 54).

«¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía!;
¡yo te adoro!
¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía!;
¡yo te amo!».

 

 

Humillada y anonadada ante la miseria de mi ruindad, que tan descarada y descabelladamente, al ofenderte, te ha hecho derramar toda tu sangre por todos y cada uno de los hombres, exclamo exultante de gozo en el Espíritu Santo:
¡en bienaventuranza para mí se me ha convertido mi culpa por el desbordamiento del Amor infinito, derramándose en compasión misericordiosa sobre la bajeza de mi ruindad!, que hizo exclamar a Cristo con los brazos extendidos: «Cuando Yo sea levantado en alto, a todos los traeré hacia mí» (Jn 12, 32).

Por lo que nuevamente le repito: Dios de mi corazón, Señor del Sacramento y mi Jesús del sagrario: ¡Gracias por haberte quedado en la Eucaristía…!; ¡yo, hecha una con toda mi descendencia, te adoro! ¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía…!; ¡Yo te adoramos!

¡Gracias, Jesús, por haberte quedado en la Eucaristía…!; ¡Yo te adoro! y te agradezco, desde la bajeza de mi pequeñez y la ruindad de mi miseria, cuanto has hecho conmigo en derramamiento de amor misericordioso, lavando mi culpa de forma que pudiera llegar a ser, terminado el peregrinar de esta vida, en la eternidad, en compañía de todos los ángeles y santos de Dios, bienaventurada ante la contemplación inefable de tu vida.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “EN BIENAVENTURANZA SE HA CONVERTIDO MI CULPA PARA MI ALMA DOLORIDA ANTE JESÚS CRUCIFICADO” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 4)

Nota.- Para descargar el tema  pulsar aquí

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios es misericordia infinita que se nos da a los hombres en la Encarnación”, que fue grabado el 20 de agosto de 1992 (pulse la tecla PLAY):

La muerte de Jesús fue el supremo himno de adoración de la criatura que, ante el Creador, responde en manifestación cruenta de reparación diciendo al Dios tres veces Santo: Tú sólo eres el que te eres, y yo sólo soy por Ti, como hombre. Y al cargar con los pecados de todos, muero en reconocimiento de tu excelencia, y resucito en manifestación de que soy esa misma excelencia por mí mismo reparada. (16-10-74)
¡Qué alegría que, aunque todos los hombres le dijéramos a Dios que «no», Él se hizo su Hombre, y éste fue tan rico, que su «sí» superó infinitamente los «no» de toda la humanidad! (19-1-67)
En el Sacrificio del Altar, se nos da todo el compendio apretado del misterio del Hombre-Dios en su vida, muerte y resurrección; se nos hace vivir a nosotros también ese Sacrificio junto a Jesús, por Él y en Él para la gloria del Padre y bien de todos los hombres, perpetuándosenos en la Eucaristía la presencia real de Cristo con todo cuanto es, vive y manifiesta. (15-9-74)