Son muy variados los modos con los cuales el Señor imprime sus comunicaciones en el alma. A veces la introduce directamente en la Luz de su conocimiento, sin referencias para con las cosas de acá. Otras veces se apoya en la sencillez e ingenuidad del alma para hacerle comprender y vivir su magnificencia divina.

Esta experiencia que selló el alma sincera y sin doblez de la Madre Trinidad cuando era jóven es de gran provecho para todos.

 

El que Dios sea misericordia infinita
en donación eterna de amor,
no puede ir en contra de su justicia
por exigencia de su coeterna y subsistente santidad

 

El que Dios sea misericordia infinita en donación eterna de amor, no puede ir en contra de su justicia, que exige respuesta de retornación de la criatura al Creador según corresponde al don recibido; puesto que, a mayor donación, más grande respuesta.
«A quien mucho se le da, mucho se le reclamará, y a quien mucho se le ha entregado, mucho se le pedirá» (Lc 12, 48).

¡Cómo veía este día que la exuberancia pletórica de sus atributos insondables, en infinitud infinita de infinitudes de perfecciones y atributos, por la perfección del mismo ser de Dios, era como un concierto en el acoplamiento melódico de la realidad, infinitamente sida y abarcadora, de su Divinidad…!

Comprendiendo hoy y penetrando que algo parecido sucede con los diversos dones y carismas que Dios reparte a los fieles; que si son de Dios, no pueden oponerse unos a otros, sino que se compenetran y ayudan recíprocamente para la consecución de un mismo fin, bajo la acción de un mismo Espíritu, un mismo Señor y un único Dios. […]

«¡Que no se confundan…! –exclamaba entonces–. Sobreabunda la misericordia para quien quiera aprovecharse de la Sangre redentora de Cristo, la Misericordia Encarnada; sobreabunda al pecado la misericordia y el amor, para aquellos que quieran aprovecharse de la sobreabun-dancia de la misericordia infinita en derramamiento amoroso de los torrenciales afluentes divinos de los eternos Manantiales».

¡Qué dolor! ante la confusión, llena de insensatez, de los que piensan, por falta de conocimiento de la excelencia subsistente de Dios, que, por haber sido redimidos por Cristo, ya podemos oponernos a la Santidad infinita, que, por justicia, exige respuesta de la criatura; no ya sólo como Creador, sino ¡también como Redentor que muere, lleno de amor misericordioso, para redimir al hombre con su Sangre santísima…!

¿Cómo es posible que el desvarío de la mente humana, intentando acogerse a la misericordia divina, que por justicia exige la respuesta del hombre redimido, piense que, aunque se rebele contra Dios y desprecie la donación de la Redención, está salvado; y sin haber sido purificado y santificado por la Sangre del Unigénito Hijo de Dios, pueda entrar sin traje de fiesta en las Bodas del Cordero? […]

¡¿Cómo podrá, por justicia, el Dios Misericordioso Encarnado, siendo menospreciado, llevar a los que se enfrentan obstinadamente a su Santidad, a participar para siempre en la Eternidad de la felicidad de la vida divina en intimidad de familia con las divinas Personas?!

¡¿Cómo podrá unirse a Dios el pecado del hombre con su: «no me someteré a tu voluntad ni como Creador ni como Redentor», que abusando de las donaciones del mismo Dios, se opone a todo su ser manifestándose su voluntad contra el pecado, menospreciándole y ultrajándole?! […]

¡Qué confusa […] la mente del hombre…!, ¡qué ofuscada y qué tenebrosa!, por falta de conocimiento del Infinito Ser, por compararlo siempre con nosotros; llegando, en nuestra insensatez, a querernos aprovechar desordenadamente de la divina misericordia, sin hacer justicia, con nuestra respuesta amorosa a la Santidad de Dios ultrajada y ofendida por la criatura, al Supremo Creador manifestándose en voluntad.

[…] La voluntad infinita de Dios, derramándose en Santidad, exige, por justicia, en su serse justicia de perfección, respuesta del hombre, ya no sólo por haberle creado, sino por la donación del Dios Infinito Encarnado que, hecho Hombre, busca incansable la manera de glorificarse a través de su amor misericordioso;
y que, irrumpiendo en el romance más inédito que se pueda pensar, reventando en sangre por todos sus poros, coronado de espinas, clavado en la cruz, con su costado abierto y sus llagas sangrantes, nos clama cruzado en el Abismo: «El que tenga sed que venga a mí y beba, y Yo le daré de balde del agua de la vida» (Jn 7, 37; Ap 21, 6).
«El que come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y Yo en él y Yo le resucitaré el último día» (Jn 6, 56. 40).

Y así, «las águilas reales», con corazón candente y ojos de luminosa sabiduría, cruzan el Abismo; para, mediante la Redención del Cristo Grande de todos los tiempos, que se perpetúa en donación amorosa a los hombres en la Iglesia, ser llevadas por Él al triunfo definitivo de los Bienaventurados; y con la entrada de Cristo en la Eternidad, introducirnos a vivir, en disfrute dichosísimo, en el gozo infinito de la participación, en gloria, de la misma vida divina de la Trinidad […]

Mi espíritu penetraba gozosamente que el derramamiento de la misericordia infinita sobre el hombre caído, fue anunciado y promulgado por Dios en el Paraíso terrenal; que se nos daría por medio de la Mujer, cuya descendencia aplastaría la cabeza de la serpiente: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo: Éste te aplastará la cabeza y tú le atacarás al calcañal» (Gén 3, 15).

Ya que por María, en María, por la voluntad del Padre, el amor del Espíritu Santo y la Encarnación del Verbo, el Unigénito de Dios se hizo Hombre y habitó entre nosotros, siendo el Primogénito de la descendencia de la Mujer.

Por lo que en el año 1959 mi alma exclamaba: «María es la que tiene la “culpa” de que todos los hombres se llenen de gracia y vivan de Dios, porque arrancando la Gracia que sale del Seno del Padre, que es el Verbo, robó al Padre la Fuente de la gracia –“de cuya plenitud todos hemos recibido” (Jn 1, 16) y se la dio a los hombres».

Es María la Madre de Cristo, el Hijo de Dios Encarnado y su Hijo, la Madre de la Misericordia; por lo cual la proclaman bienaventurada todas las generaciones.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “EL QUE DIOS SEA MISERICORDIA INFINITA EN DONACIÓN ETERNA DE AMOR, NO PUEDE IR EN CONTRA DE SU JUSTICIA POR EXIGENCIA DE SU COETERNA Y SUBSISTENTE SANTIDAD” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 14)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Yo he visto abrirse el Abismo”, que fue grabado el 5 de febrero de 1989 (pulse la tecla PLAY):

El hombre de fe que busca el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todas las cosas ha encontrado el camino seguro de la perfección y sabe descubrir, a través de todas ellas, la infinita sabiduría de Dios, que todo lo hace para el bien de los que ama.
(10-8-73)
La cruz me lleva a Cristo, Cristo me invita a seguirle en la cruz… y el amor nos envuelve. (10-9-63)
María es la Madre de la Iglesia, porque le da la Palabra de la vida, siendo a Ella a quien le fue dicha por el Padre para que, con corazón de madre, se la diera a la Iglesia mía. Palabra que yo tengo que recoger en mi alma para vivir mi ser de Iglesia y cantar, desde su seno, mi canción. (21-3-59)