Hay argumentos demasiados ausentes en la espiritualidad de nuestros tiempos: el Ser de Dios, y cómo poseerle. Son realidades que parecen confinadas al ámbito de la reflexión filosófica, y que sin embargo constituyen la base del auténtico vivir de los hijos de Dios.

El Señor ha puesto en nuestra alma pequeña y sencilla la exigencia radical de conocer su Ser infinito. Este tema nos enseña cómo desea Él ser buscado, y dónde encontrarlo en toda su plenitud: en el Sagrario.

 

“Yo busco al Ser…
¡y, o lo encuentro, o me muero…!”

Yo clamo por el Ser, por la posesión de la conquista del Infinito, por la cercanía de la brisa callada del Espíritu Santo… […]

El Amor Infinito besó mi alma, imprimiéndose en ella tan divinamente, que ésta es una repetición de respuesta al don divino en lanzamiento amoroso hacia Él.

Mi vida es amar al Amor que, envolviendo mi alma con la brisa de su paso y en el aleteo de su caricia acogedora, me dice quedamente en un pronunciar sagrado de infinita petición: «Esposa, ven a mí» (Cfr. Ct 4, 8).

Y este «ven a mí» que el Ser Infinito grabó a fuego en mi pecho el día de mi consagración como petición de Esposo enamorado, me lanzó hacia Él tras la brisa de su vuelo en un ímpetu que, respondiendo en don como puede, le dice: «Espera, Amor, que voy presto».

El misterio de mi vida, el de mi consagración, y toda la nostalgia apretada de mi constante ascensión hacia Dios, no es más que una petición del Amor, contestada en respuesta de entrega incondicional y correspondencia. […]

El Amor me llama a Él, y mi amor corre al Amado, porque la luz de su hermosura me subyugó tan maravillosamente, que sólo en el día de sus Soles mi alma descansará tranquila, reclinada en su pecho.

Por eso, cuando mi sed de Eternidad me abrasa, cuando mis ímpetus por poseer al Ser parecen arrancarme de la muerte de esta vida, cuando todas las cosas de acá amenazan con separar mi alma del cuerpo en el vuelo de su lanzamiento hacia Dios; impelida en las brasas del amor, corro al sagrario, donde, en entrega de amor, tras los portones misteriosos que le ocultan, ¡encuentro al Ser…!, ¡al Ser Infinito! […]

A veces, cuando parece que no puedo más, al llegar junto al sagrario, me paro en mi ascensión, y, cayendo en adoración ante mi Jesús penante, le amo en descanso amoroso con necesidad de estar junto a Él cuanto duren los siglos.

¡Cómo he comprendido en esta última temporada la necesidad de que Jesús esté en la Eucaristía…! Si Él no se hubiera quedado con nosotros por amor, ¡¿cómo podría nuestro amor vivir sin Él…?!

Mis ratos de sagrario, vividos día tras día junto a «las Puertas de la Eternidad», tienen pacificado a mi espíritu y sostienen la carrera vertiginosa que, ante la voz del Ser que me invita a seguirle, mi espíritu emprendió hacia Él.

Dios es el Todo de mi vida, y el Todo Infinito está en el sagrario para mí. […]

Cuando mi vida fatigada experimenta que no puede más, en clamores insaciables del Ser por las apetencias de su posesión, corre al sagrario. Y allí encuentra, en el modo misterioso que le da la fe, la esperanza de la llenura de cuanto necesita. Por lo que he llegado a comprender, a través de mis ímpetus saciados en la Eucaristía, en un saboreo de misteriosa comprensión, que las puertas del sagrario ¡son «los Portones suntuosos y anchurosos de la Eternidad»!

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia. Navidad 2012

¡En el sagrario está el Ser…!, el Ser Infinito que me llama con voz poderosa invitándome a seguirle. Por eso, cuando después de tantos años de consagración, mi espíritu parece que ya no puede contener sus ansias de Dios en luz, necesita –y yo sé que en ello me va la vida porque así Dios lo imprimiera en mi alma– grandes y descansados ratos de oración ante Jesús Eucaristía, para contener el ímpetu que, en carrera veloz, me impulsa a marchar a la Eternidad… […]

La fortaleza de mi vida, la continuación de mi peregrinar, la fecundidad de mi maternidad espiritual, la llenura de mi espíritu tantas veces acongojado, lo encuentro a los pies del Sagrario… Aún más, el consuelo de mis aflicciones, el beso del Amor Infinito a mi alma llorosa, la caricia de su mano compasiva, el mirar de sus ojos serenos en promesas de amor y la participación tranquila de mis terribles nostalgias por Él, e incluso por los míos en la soledad de mi duro destierro, todo, ¡absolutamente todo!, encuentra pleno sentido en mis ratos de sagrario junto a las «Puertas majestuosas de la Eternidad». […]

Yo busco al Ser… ¡y, o lo encuentro, o me muero…! Porque Él me llama a sí con fuerza irresistible que, en lanzamiento de respuesta, me hace vivir en torturante clamor de Eternidad…

Pero, ¡ya encontré al Ser del modo amoroso que su voluntad infinita hoy quiere dárseme en el camino penante del peregrinar de este destierro en mi búsqueda insaciable de sólo Dios…! […]

¡Yo quiero al Ser, y en el sagrario lo encuentro!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “¡EN EL SAGRARIO ESTÁ EL SER…!” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 9)

 Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Acompañar a Jesús en la Eucaristía y vivir con Dios en el alma”, que fue grabado el 11 de marzo de 1995 (pulse la tecla PLAY):


Capilla de La Obra de la Iglesia en la casa natal de la Madre Trinidad. (Dos Hermanas)


Las puertas del sagrario son las puertas del Paraíso, porque detrás de ellas se oculta el Eterno. Por eso, el alma que descubre a Jesús en el sagrario, se encuentra con el cielo. (17-2-73)
Ante el sagrario soy feliz, porque mi fe, saboreada en profundos silencios de oración sencilla, me ha hecho saber que las puertas del sagrario son los portones anchurosos de la Eternidad, a donde mi esperanza se lanza impelida por el amor infinito del Espíritu Santo, y donde el encuentro perfecto del Eterno Sol, en la luz de sus ojos, me descubrirá para siempre, ¡para siempre!, el subyugante rostro de Dios. (14-9-74)
La soledad silenciosa del sagrario es la explicación más expresiva del Amor Infinito desconocido y no recibido.
(29-4-73)