«El Espíritu Santo vendrá sobre Ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que ha de nacer será Santo, y será llamado Hijo de Dios». […]

Señora de la Encarnación…: ¡Sólo Dios…! Esposa del Amor Hermoso…: ¡Sólo Dios…!, en un vacío tan total de todo lo que no es Él y en una adhesión tan profunda al que se Es, que toda Tú eres la Virgen: la Virgen Blanca repleta y saturada de Divinidad; la Virgen poseída sólo por el Excelso; la Virgen adherida a la Virginidad Eterna en el acto inmutable de su infinita santidad; la Virgen en el señorío majestuoso de la posesión del que se Es.

El señorío de la Reina del Cielo está en el dominio de todo, en la libertad absoluta y en la posesión, llena en cada instante de su virginidad por el único Esposo, que, en plenitud, la satura, la ennoblece, la embellece y la engalana.

Es santa la Señora porque el Santificador Divino la santifica al estar posado sobre Ella en dulces coloquios de amor, repletándola con todos sus dones y frutos, en una llenura de gracia tan desbordante, que sólo es conocida y gustada en lo recóndito profundo de su alma inmaculada.

Es Blanca la Virgen porque el esplendor de su virginidad es tan inimaginablemente resplandeciente, que los fulgores del sol del mediodía quedan eclipsados por la claridad inmaculada de su alma; la cual, subyugada y ennoblecida por la posesión de Dios que la circunda, la hace destellear en las claridades de la misma Divinidad, saturándola con aureolas centelleantes de gloriosa blancura.

El Espíritu Santo, con la agudeza de su infinita sabiduría y la ternura inédita de su sabrosa dulzura, penetra agudamente, en candente beso de amor, las entrañas virginales del alma de Nuestra Señora. Y Ésta, siempre en espera, se siente divinizar con el toque sustancial del mismo Espíritu Santo, que, al besarla, la impregna de divinidad, la envuelve con su arrullo amoroso, la acaricia con su ternura infinita, la engalana con la plenitud de sus dones, haciéndola romper en frutos gozosos rebosantes de paz, como divinal Consorte, en el fuego de su amor. […]

Es el Espíritu Santo el que, impulsando al Verbo del seno del Padre al seno de Nuestra Señora, en el mismo instante y en un solo impulso, al besarla en beso de divinidad, la hace romper en Maternidad divina. Y, por eso, «lo que de Ella nacerá será Santo y será llamado Hijo de Dios».

El misterio de la Encarnación, realizado por obra y gracia del Espíritu Santo, hace que la Virgen Blanca de la Encarnación sea toda Madre, con el poderío de la Realeza Infinita y en el señorío que le da la posesión del que todo lo es, del que todo lo puede, y del que en Ella todo lo obra por el impulso infinito de su amor eterno. […]

Imagen de la Virgen que preside el jardín de la casa de apostolado de San Pedro Apóstol (Roma)

¡Maternidad divina de María, que Ella conscientemente conoce en el momento que se realiza, y que, en el sí de todo su ser adorante, en respuesta total, queda sellada en el ocultamiento silencioso del Sancta Sanctórum de su virginidad inmaculada…!

¡Virginidad inmaculada y fecunda que, rompiendo en maternidad por obra del Espíritu Santo, envolviendo el misterio que en la Señora se obra, le da la dignidad excelsa de poder llamar, en derecho de propiedad, al Hijo de Dios: Hijo mío…!

Y es suyo porque es el fruto del beso del Espíritu Santo en su alma de Virgen; beso tan pleno que, abarcando todo el plan de Dios sobre María, plasmó en su alma de Virgen-Madre tal inmensidad de matices, que en él iba encerrada también, apretada y agudamente introducida en el alma de Nuestra Señora, la universalidad de su Maternidad divina.

La Virgen, además de ser Madre del mismo Dios en derecho de propiedad, en la extensión de esta misma maternidad, es Madre de todos y cada uno de los hombres, los cuales, en conjunto e individualmente, son, en la hondura de su espíritu, fruto del beso infinitamente amoroso del Espíritu Santo en el mismo momento de la Encarnación.

Y María es la Madre del Cristo Total –Cabeza y miembros– por obra del Espíritu Santo, que, en la unión de su caridad, en la fuerza de su omnipotencia, hizo que el Hijo del Padre fuera el Hijo de María, y que, en el Hijo de María, todos y cada uno de nosotros pasáramos a ser hijos de Dios e hijos de la Virgen-Madre.

¡Maternidad universal de María…! ¡Madre de la Iglesia por la plenitud del beso del Espíritu Santo, que, en un romance de amor infinito, la hizo romper en Maternidad divina! […]

 

6-4-1976

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “El Espíritu Santo vendrá sobre Ti…” 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 5)

 Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “El Espíritu Santo vendrá sobre Ti”.