“La vida consagrada por la profesión de los consejos evangélicos es una forma estable de vivir en la cual los fieles, siguiendo más de cerca a Cristo bajo la acción del Espíritu Santo, se dedican totalmente a Dios como a su amor supremo, para que entregados por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, consigan la perfección de la caridad en el servicio del Reino de Dios y, convertidos en signo preclaro en la Iglesia, preanuncien la gloria celestial.”

(Código de Derecho Canónico n. 573 § 1)

Este reconocimiento de la vida consagrada por la autoridad de la Iglesia, en el que expresa sus características fundamentales: dedicación total a Dios como a su amor supremo; entrega por un nuevo y peculiar título a su gloria, a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo; dedicación al servicio del Reino de Dios mediante la perfección de la caridad y a ser signo preclaro de la gloria celestial, delinea teológicamente la sublimidad de la vocación cristiana, vivida mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.

En aquel tiempo, vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dice: “Sígueme”. El se levantó y le siguió (Mt 9, 9-11)

“El estado de quienes profesan los consejos evangélicos… pertenece a la vida y a la santidad de la Iglesia, y por ello todos en la Iglesia deben apoyarlo y promoverlo.”

(Código de Derecho Canónico n. 574 § 1)

El don de la consagración lo ha recibido la Iglesia de Cristo, su Cabeza, para, a aquellos elegidos para seguirle hasta el final, configurarlos con Él de un modo tan pleno que su vida sea –en frase de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia – un grito de ¡¡Sólo Dios!!

“Cuando Dios llama a un alma a la consagración, es para hacerla una cosa con Él, para que viva solamente de Él, para que se entregue total e incondicionalmente, sin reservas, a la acción del Espíritu Santo…, de tal forma que deje de ser ella para ser Dios por participación…” (La Iglesia y su misterio, página 537)

Al meditar estas líneas del tema “Alma consagrada, vive tu vocación” que puedes leer íntegro aquí – la Madre Trinidad nos adentra en lo esencial de la consagración a Dios, que es adentrarse en lo esencial de la vida cristiana, y que es adentrarse en el fin del hombre: vivir solamente de Dios.

No hay nada más grande, ni más sublime, ni más trascendente, ni más necesario, ni más bueno. Es lo único perdurable. Y es para todos, para todos los hombres. Pero aquellos elegidos para seguir al Señor a donde quiera que vaya, a los que nos ha querido preservar, separar del mundo para llamarnos a una más profunda intimidad con Él, ¡cómo tendremos que vivir nuestra entrega total e incondicional, de tal forma que dejemos de ser nosotros, para ser Él por participación…!


“Si no vives de sólo Dios, no sabrás de sabor divino, ni la dulzura que encierra tu consagración, porque el secreto de ella está encerrado en la donación de tu vida a sólo Dios, y en el vacío total de todo lo que no sea Él y su gloria”
(La Iglesia y su misterio, página 541)

La Madre Trinidad, como Eco de la Iglesia, es también eco de la vida consagrada en una dimensión tan esplendorosa, que el grito virginal de ¡sólo Dios! lo ha sido durante toda su vida, vivida solamente, como esposa de Jesús, para darle gloria. Y esta advertencia suya nos tiene que estimular a vivir con gozo y gratitud nuestra propia consagración, del modo y la manera que la voluntad de Dios nos lo pide a cada uno, porque esa será nuestra alegría y nuestra paz en cada momento de nuestra vida. En la búsqueda amorosa del seguimiento fiel a Jesús por el camino de la perfección está el encuentro con Él, y con su encuentro lo tenemos todo.

También por los que se sienten invitados por Jesús a seguirle y todavía no han sido capaces de “vender sus posesiones y dárselas a los pobres”, que sirva esta reflexión de ánimo para vencer el miedo a perder algo, cuando a cambio de la nada se nos da el Todo.

No tengáis miedo, que es el Amor Infinito el que sale a vuestro encuentro. Con sinceridad, con pureza de corazón, con generosidad miradle a sus ojos, por los que destella la Verdad que consagra en ella a los que llama y le siguen.

Una palabra de atención también creo necesaria para los padres, primeros responsables de la educación de sus hijos, para que llegue a ser cada uno lo que Dios determine en su designio amoroso: Si la Iglesia pide a todos que apoyen y promuevan el estado de consagración, ¿cómo deberán realizarlo los padres y madres en aquellos que pueden ser llamados? Los que habéis colaborado con Dios en la transmisión de la vida humana, sentíos alegres y contentos en la transmisión de la vida divina, y sed generosos para promover el don de la consagración en vuestros hijos, que es un don para la persona consagrada, también para la Iglesia, y también para sus padres.

Consagrados de manera particular por el seguimiento de Jesús por el camino de los consejos evangélicos, y consagrados por el Bautismo, vivamos todos, cada uno en su estado, nuestra propia consagración a Dios con amorosa entrega y perfección, para que la santidad de la Iglesia, que se derrama por su Cabeza a todos sus miembros resplandezca, y vengan a ella todos los hombres atraídos por la belleza de su rostro.