Muchos se han introducido en el apasionante tema de la alianza de Dios con la familia humana. La lógica tan clara y férrea con la cual se desarrolla este argumento es magistral.

Sentirnos dentro de dicha alianza, irrompible, vivificante y perfectamente sellada aleja todo miedo existencial en nuestro peregrinar por la tierra.

  

«La Promesa de la Nueva Alianza»

«Y dijo Yahvé Dios a la serpiente: establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella aplastará tu cabeza, cuando tú caigas sobre su talón» […]

 

Promesa renovada a nuestros Padres Abraham, Isaac y Jacob: «Yo soy Yahvé, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac; la tierra sobre la cual estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Será ésta como el polvo de la tierra… Y en ti y en tu descendencia serán bendecidas todas las naciones de la tierra». Promesa anunciada por los Profetas y realizada y cumplida en la plenitud de los tiempos en Cristo, el Mesías prometido, el Ungido de Yahvé, el Unigénito de Dios hecho Hombre […]

[…] Dios va a realizar su Alianza con el hombre e inventa una manera, dentro de su infinita sabiduría, que casi no cabe en la posibilidad potencial del infinito y coeterno Ser. Porque Dios sólo puede ser Dios y el hombre sólo puede ser hombre. Y la manifestación de la sabiduría y poder infinitos consiste en que Dios, sin dejar de ser Dios, sea Hombre, y el Hombre, sin dejar de ser hombre, sea Dios; obrándose todo esto mediante el misterio de la Encarnación en las entrañas de aquella criatura que el mismo Padre, movido en el amor infinito del Espíritu Santo, crea para ser Madre de su Hijo Encarnado: La nueva Mujer que aplastaría la cabeza del dragón; «La Virgen que concebiría y daría a luz un hijo al que pondría por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros”» […]

[…] «Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. Ha entrado por su propia sangre en el Sancta Sanctórum de una vez para siempre, consiguiéndonos la redención eterna.

Por eso es mediador de una nueva Alianza o Testamento; para que, interviniendo su muerte para remisión de las transgresiones del primer Testamento, los que han sido llamados reciban la promesa de la herencia eterna» […]

[…] Y para que esta Alianza sea perpetua con la restauración de Cristo mediante el misterio de su vida, muerte y resurrección, Dios quiso quedarse con el hombre, pero glorioso: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» en una Alianza de amor infinito. […]

[…] Qué hermosa es la ternura del Amor i nfinito hacia el hombre! Cuando, en la noche de la Cena, los Apóstoles, barruntando una próxima separación, están tristes, entonces la Promesa de la Nueva Alianza realiza su promesa de perpetuación entre nosotros estableciendo su compromiso eterno.

«Yo he recibido del Señor una tradición, y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía”»

En esta nueva promesa queda instituida la Eucaristía, por el Sacrificio incruento del altar, perpetuación de la vida, muerte y resurrección de Cristo; por lo que en la santa Misa se nos perpetúa en realización constante la Promesa de la Nueva Alianza de Dios con el hombre. Y la Promesa de esta Nueva Alianza, no sólo se cumple porque Cristo nos prometió estar con nosotros, sino que es una Promesa que encierra en sí la realización actualizada de la vida, muerte y resurrección de Cristo en cada uno de los momentos de nuestra existencia. Esa Promesa de la Nueva Alianza se nos perpetúa en el Sacrificio Eucarístico y, de un modo misterioso, también en los demás Sacramentos. […]«Yo he recibido del Señor una tradición, y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía”»

[…] Y para que esto fuera realidad palpable, viviente y palpitante, para que la realidad existente entre Dios y el hombre fuera visible, visiblemente Dios se quedó con nosotros en la realización de su Promesa. Esta realización es la nueva Sión, la Iglesia santa fundada por Cristo y encomendada a sus Apóstoles, saturada de Divinidad y repleta de todos los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo desde el día de Pentecostés. Por lo que la Iglesia es la congregación, la perpetuación, la mantención perenne y eterna de la unión de Dios con el hombre y del hombre con Dios. […]

[…] Y vuelvo al pensamiento de toda mi vida, al enfoque de mi consagración, a la visión que Dios me mostró del cristianismo para yo darle sentido a mi existencia; el sentido que desde toda la eternidad, al crearme y después al restaurarme, Él quiso poner en mí: he de vivir mi injerción en Cristo, que me lleva a hacerme una cosa con el Padre y el Espíritu Santo, que me cobija bajo la maternidad de María, que me hace una cosa con Pedro y con todo el Colegio Apostólico, que me tiene injertada también con todos los miembros del Cuerpo místico de Cristo, y que me enseña a vivir de lo divino para dar sentido a todo lo humano. […]

[…] ¡Gracias, Señor, por tu Promesa cumplida en la Iglesia! ¡Gracias de que yo sea Iglesia, y, por lo tanto, hija de tu Promesa! ¡Y gracias, Señor, de que tu Promesa sea cumplida en mí…!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: “LA PROMESA DE LA NUEVA ALIANZA” 
(Del libro: “La Iglesia y su misterio”)

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