Hay una guerra abierta y continua entre el Yo divino subsistente y nuestro yo pequeñito y rebelde.

Si nuestro “yo” vive en la verdad, disminuye, y en el todo de Dios aumenta, alcanzando su verdadera dimensión. Si nos ponemos en nuestro sitio descubriremos el todo de Dios… que nos predispone para llenarnos de su Misericordia.

 

          Cuando mi miseria y pequeñez me tienen en la verdad de mi nada, mi gozo se acentúa al ver que sólo Dios se es. (17-7-62)

          En tu poder se manifiesta mi pobreza. Es el poder de Cristo el que efectúa toda la obra de nuestra santificación, y en su poder brilla su gloria, como en nuestra debilidad se manifiesta su poder. (1-2-67)

          Cuando te parezca que no puedes más, piensa que es la Potencia infinita la que te sostiene; y, ante tal poder, ¿quién dudará? (8-3-67)

          Todo cuanto tengo, lo he recibido y, como lo recibí, lo puedo perder; por lo tanto, mi postura tiene que ser confiar en que quien me lo dio, no me lo quitará, y reconocer que, de por mí, nada soy ni tengo; procurando mantenerme en esta verdad, que me hace humilde y me capacita para recibir nuevos dones. (8-5-70)

          De tanto ahondarme en la bajeza de mi nada, me perdí en Dios, y allí, en un descuido amoroso de Éste, sorprendí, en el sacro silencio del Infinito Ser, a la Virginidad Eterna rompiendo en una Fluyente luminosa de infinita Caridad, donde la escondida y sustancial Palabra está siendo engendrada en el instante instantáneo de serse Tres el que Se Es. (18-12-60)

          Cuando quise encontrar al Todo, me hundí en mi nada, y ahí, en la nada de mi nada, abismada y adorante, me perdí del todo en el Todo. (18-12-60)

          Cuando la miseria de mi nada me desploma en tierra, adoro, desde mi abismo, al Abismo insondable e infinito de mi Todo. (18-12-60)

          Gracias, Señor, porque yo soy la nada y Tú eres el Todo. (18-5-61)

 

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia