La Solemnidad de la Epifanía, con la cual el tiempo de Navidad alcanza su plenitud, nos lleva a la contemplación del misterio de la Iglesia lleno de luz y esplendor.

El profeta Isaías proclama la grandeza de la Jerusalén terrenal en vista de la nueva, eterna y celestial Jerusalén.

La luz que el día de Navidad ha iluminado al pueblo de Israel, magníficamente representado en la Virgen María, en San José de la estirpe de David, y en los sencillos pastores, alcanza ya su plenitud iluminando a todas las gentes representadas en los Reyes de Oriente. Es la Iglesia, que con su esplendor subyugante atrae hacia sí a todos los que con sincero corazón buscan la Luz.

Hay que presentar a la Iglesia en toda su hermosura, o mejor aún, hay que hacer justicia, presentándola como es: con la luz del Cordero Inmaculado que mora dentro de ella.

La Navidad es fiesta de luz resplandeciente. Y los hijos de la luz, alborozados, corren atraídos para acoger a Aquel que ha venido para iluminar a las gentes. Y que se ha quedado en la Iglesia, formando parte de ella, para que todo aquel que la mire vea en su rostro el resplandor luminoso de la verdad, de la vida, de la divinidad.

Precisamente el poseer la luz divina en toda su plenitud hace que el dolor y el desgarro de la Iglesia sean tan pronunciados, pues de hecho, la abundancia de luz, hace aumentar el conocimiento del abismo del mal.

No es de extrañar que el día de la Epifanía del año 1970, el Señor hiciera experimentar a la Madre Trinidad de un modo intenso y profundo la tragedia de la Iglesia. Una vivencia que la misma Madre plasmó en un escrito cuyo título es “La Iglesia tirada en tierra”.

Ya en el año 1967, en esta poesía, la Madre nos habla de ello:

¡QUÉ GLORIOSA ESTÁ MI IGLESIA …!

¡Qué compuesta está mi Iglesia!,
¡qué hermosa!, ¡qué engalanada!;
¡toda envuelta en sus perfumes
y con joyas adornada!

Toda de fiesta te veo,
como Esposa en ricas galas,
poseyendo al mismo Dios
y siendo en Él fecundada.

Mas, con un velo de luto,
tus joyas quedan tapadas,
tu hermosura se oscurece
y apareces desgarrada.

Y es que tus hijos –los míos–
han desgajado tu alma,
al marcharse de tu seno
tras compañeros que engañan.

¡Qué triste veo a mi Iglesia,
con su faz desencajada,
y, con un velo de luto,
cubriendo sus ricas galas…!

¡Qué gloriosa está mi Iglesia
en el seno del que ama…!

(18-10-1967)