¡Víspera de Cristo Rey…!
De qué modo contaría
lo que se imprimió en mi alma
este inolvidable día,
del año cincuenta y nueve
cuando de pena moría
viendo a mi Jesús penando
en tan profunda agonía,
que mi alma lacerada,
sin saber lo que ocurría,
rompió en sollozos profundos;
y postrada de rodillas,
reverente y adorante,
contemplaba enmudecida
cómo Dios mismo lloraba,
mientras que yo recogía
el lagrimear penante
que de su rostro caía. […]

Vi su Rostro levantado,
¡lleno de soberanía!;
perdiéndose en las alturas
su mirada dolorida;
y a la vez se deslizaban
por sus divinas mejillas
lágrimas que le empapaban
mientras que al Padre decía:

“¡Ni te conocen a ti!”,
Padre, como Tú querías,
“¡ni me conocen a mí…!”;
estando su alma sumida
en inmensas amarguras,
porque el mundo no sabía
el porqué de sus penares,
ni el llorar que yo veía
envolvía quedamente
al Dios de la Eucaristía. […]

¡Sólo escuché estas palabras…!
Pero ya bien comprendía
cuanto en mi pecho grabaran;
pues su misión conocía
por las comunicaciones
que Él en mi interior ponía
a lo largo de los años,
¡y yo en silencio vivía! […]

¡Yo vi, allí, en aquel monte,
temblorosa y sorprendida,
que del rostro de Jesús
muchas lágrimas caían.….! […]

¡Yo he visto que Dios lloraba…!
y por la cara corrían,
del Dios que se hizo Hombre,
lágrimas que en sí decían,
en un decir sin palabras
que en sollozos reprimía,
vuelto hacia su Padre Eterno:
¡el mundo no conocía
el misterio trascendente
que Él a decirnos venía
desde el Seno de aquel Padre,
con el cual siempre vivía
en la altura de los Cielos
en divinal compañía
-por serse la Majestad,
de excelsa Soberanía
de infinita trascendencia-
por siglos que no terminan
y que nunca comenzaron…!;
porque principio no había
en el que, siendo el Coeterno,
en su principio existía,
sin más principio que Él serse,
siempre siéndosela y sida,
la Subsistencia Coeterna
y del Padre recibida.

¡Víspera de Cristo Rey…!,
¡de qué modo Dios sufría…! […]

Yo vi que Dios en la tierra
por Cristo se nos decía
en un llorar tan penoso
que en lágrimas irrumpía
por aquel rostro divino.

Lágrimas que se imprimían
dentro de la hondura honda
de mi pecho que moría
al ver que mi Dios lloraba;
y que acertar no sabía
mi pobre alma, penando,
cómo le consolaría
en el transcurso del tiempo,
según se me descubría
el penar de Cristo en duelo
durante toda su vida;
viviendo en cada momento
en su alma sumergida
en dolores indecibles,
el transcurrir de la vida
de todos y cada hombre
que en el mundo existirían;
y a los cuales, con su Sangre,
por amor redimiría:
a todos los que bebieran
del manantial de la vida
que desde el Seno del Padre
sobre la tierra caía
por el costado del Cristo,
afluente de la vida,
en torrenciales raudales
que de su pecho fluían. […]

Mas algo me sorprendió
que expresarlo no podría
por más que lo procurara
a lo largo de mis días:
¡el ver que era el siglo veinte
por lo que Cristo sufría…!

Él vivió todos los tiempos
en el tiempo que Él vivía:
Pero a mí se presentó
con su alma dolorida
en un sublime momento
en que en su vida sufría
por los hombres de este siglo,
en el modo que Él tenía
para vivir cada instante
que los hombres vivirían
en el correr de los tiempos
que en sí mismo contenía.
¡Y yo, sin poder decir
lo que, sin verlo, veía…! […]

¡Supe que era el siglo veinte!
lo que al Cristo sumergía
en aquel hondo penar
de terribles agonías,
que hasta le hizo romper,
por todo lo que veía,
en un llanto tan penante
que más penar no cabía,
aunque siempre cabe más
en el Verbo de la Vida.

“Ni te conocen a ti,
ni a mí”, Padre…, Dios decía.

¡Y yo sin saber el modo
cómo le consolaría…!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
Fragmento del poema “Jesús en la falda del monte”.
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opusc. 11

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “Jesús en la falda del monte”.

 

 

El Verbo Encarnado vivía en cada momento de su vida en una victimación ofrecida en amor y dolor (11-11-59)

En mi pequeñez, experimento algo de la amargura que experimentaría Jesús en «la hora del poder de las tinieblas»… ¡Qué misterio tan terrible y desolador el de su alma! ¡Sólo por el poder de Dios, que le sostenía en cada instante, pudo vivir treinta y tres años sin morir de amor y dolor en cada uno de los momentos de su vida! (11-12-74)

Jesús, ¡qué dolor hay en tu alma! Cada uno de nosotros es una herida en la dimensión de la capacidad de tu amor. ¡Cómo he comprendido hoy lo que supuso cada uno de los momentos de tu vida! ¡Qué grandeza!, ¡qué nostalgia de los que amabas!, ¡qué soledad de todos ellos! (19-9-74)

¿Qué tienes, Cancionero de mi Trinidad una…? –¡Dolor por serme la Canción no recibida! (11-11-59)

¿Qué tienes, Amor…? –¡Que me ha herido el desamor por ser desconocido! (11-11-59)

¿Qué tienes, mi Dios…? –¡Dolor de amor al verme despreciado por los míos! (11-11-59)

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