Sabemos cómo el Señor se vale de las más variadas formas para imprimir en el alma sus comunicaciones y darnos su Sabiduría.

La abundancia de la Misericordia divina queda patente en esta narración autobiográfica a través de una reacción aparentemente justificada, y una situación vivida en la juventud, que quedó grabada para toda la vida.

 

Desde el seno del Padre,
y en el impulso y el amor del Espíritu Santo,
por el costado abierto de Cristo
que repara infinitamente al Dios tres veces santo ofendido,
se desbordan los torrenciales afluentes de la divinidad
en compensación redentora de divina e infinita misericordia
sobre la humanidad caída.

 

Dios, «porque es Amor y ama y es Amor y puede», se desborda en derramamiento de misericordia infinita, coeterna y trinitaria sobre la ruindad de nuestra limitación y miseria, tan divinamente que podemos llamar a Dios «Padre» en derecho de propiedad, por Cristo, siendo injertados en el Verbo de la Vida. […]

A mayor miseria, más grande y sobreabundante misericordia de reparación ante Dios, y mayor sobreabundancia de gracia para nuestras almas. […]

¡Qué santo es Dios y qué bueno! que, sin necesitar nada en sí, por sí y para sí, por tener su posibilidad infinita infinitamente sida y poseída en su acto de ser en intercomunicación familiar de vida trinitaria; por una benevolencia de su coeterno poder en realización acabada en y por el misterio de la Encarnación, se goza en hacernos felices a nosotros, pobres criaturas salidas de sus manos por un querer de su voluntad rebosante de ternura en desbordamiento de amor compasivo y misericordioso.

¡Qué gloriosamente quiere Dios manifestar hacia fuera lo bueno que es desbordándose en misericordia infinita hacia el hombre! –aunque sería igual de bueno si no lo hiciera, ya que Dios no es bueno esencialmente por lo que hace, sino por lo que es y cómo lo es– sacando una manera casi imposible para Él mismo: «Emmanuel, “Dios con nosotros”» (Is 7, 14), que, clavado en la cruz y pendiente de un madero, exclama: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré» (Mt 11, 23) […]

Y ¡terrible responsabilidad la del hombre!, no sólo por el «no» del pecado de nuestros Primeros Padres, sino por no aprovecharse de la Fuente de la misericordia infinita que se nos da en y por la Redención de Cristo; y despreciándola e incluso ultrajándola, se rebela de modo tan inconcebible e inimaginable contra el único Dios verdadero, que se nos dona, en desbordamiento de misericordia, mediante el precio de la Sangre de su único Hijo, Jesucristo su Enviado, derramada en el ara de la cruz; abusando de la misericordia infinita y ultrajando al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. […]

Siendo Cristo el sublime Portento de la misericordia de Dios, que es y encierra en sí, por su Persona divina, la Divinidad reparada, y, en su naturaleza humana, la reparación infinita ante la Santidad de Dios ofendida; y es el Restaurador de la humanidad por el precio de su Sangre divina en Cántico de alabanza a la excelencia de Dios y de compasión misericordiosa reventando en sangre por todos sus poros, como víctima expiatoria que, en Redención cruenta, repleta y satura de Divinidad a todo aquél que quiera aprovecharse de su Sangre derramada en el ara de la cruz para la remisión de los pecados. […]

Y llena de agradecimiento al Dios misericordioso tres veces Santo, necesito contar de una manera sencilla y espontánea lo que me sucedió, siendo aún muy joven, cuando estaba despachando en el comercio de mis padres.
Para lo cual transcribo a continuación este fragmento de un escrito del 8 de mayo de 1997.

«Un día, […] que entraron en nuestra tienda unas desgraciaditas mujeres de mala vida, inmediatamente me puse a atenderlas, para que no tuviera que hacerlo mi hermano Antonio.
Y las pobrecitas empezaron a hablar de una manera muy descocada, diciendo muchas picardías entre sí, y palabras soeces.

Ante lo cual, yo, indignada, corrí presurosa a la trastienda donde estaba mi hermano, y como con mucha dignidad religiosa –¡pobre de mí!–, le dije:

– “En nuestra casa y en nuestro comercio, teniendo nosotros la imagen del Sagrado Corazón puesta en el centro de la tienda, ¡no podemos permitir que se hable de esta manera! Por lo tanto, ¡ahora mismo!, salgo corriendo y las despido”.

Mientras que mi hermano, con la misma dignidad y orgullo religioso que yo, me decía:

– “¡Échalas!, ¡que se vayan de nuestra casa!”.

Y cuando salía presurosa de la trastienda para despedirlas, diciéndoles –con lo que yo creía santo orgullo– que en nuestra casa, ¡tan religiosa y tan digna!, no se podía hablar así…; ¡oh! […] lo que me sucedió: Se grabó en lo más profundo y recóndito de mi espíritu una frase que, por mucho que esta pobre hija de la Iglesia viva, nunca la podré olvidar: “Por ellas he derramado toda mi Sangre…”.

Ante lo cual, parándome en seco, rápidamente volví donde estaba mi hermano, diciéndole profundamente compungida e impresionada:

– Antonio…, ¡por ellas ha derramado Jesús toda su Sangre…!”.

Mi hermano, no conociendo el porqué de mi cambio de postura, me contestó muy contundente: “¡Despídelas!, ¡que se vayan!, ¡que se vayan…!”.

Entrando de nuevo en la tienda, impresionada porque ¡no era un poco o una gotita, no, sino toda la Sangre de Jesús la que había sido derramada por cada una de ellas!; sentía ¡tanto amor…!, ¡tanta comprensión…!, ¡tanta ternura…!, que, si hubiera sido Jesús el que estaba allí, no le hubiera podido atender mejor.
De forma que experimentaba el deseo de tirarme a sus pies y, abrazándolos, besárselos […]; yo que siempre he sido tan limpia y “escrupulosa”, ¡con lo sudorosos y sucios que, a veces, los clientes llevaban los pies…! Pero, ante el pensamiento de que Jesús había derramado por cada una de aquellas desgraciaditas mujeres toda su Sangre, me sentía derretir de ternura y amor hacia ellas.

Siendo esto para toda mi vida una lección profundísima que el Señor dio a mi alma, para que comprendiera y disculpara la fragilidad humana, y amara a las almas como las amaba Él; ¡porque, por todas y cada una, Jesús había derramado, no una poquita ni una gota, sino toda su Sangre santísima en Redención de amor misericordioso!

[…] Quiero manifestar también lo que el mismo Dios, otro día, me mostró imprimiéndolo en mi espíritu: algo tan hermoso como difícil de explicar por la magnitud y la grandiosidad de cuanto penetré sobrepasada de gozo en el Espíritu Santo.

8-5-1997
(Fragmento)

«Contemplé al Padre Eterno en las alturas de su majestad soberana, rebosando de paternidad amorosa; como con sus brazos abiertos, e inclinado en derramamiento sobre Cristo en la cruz.

Y del Seno amoroso del Padre, abierto, brotaba, como a borbotones incontenibles, a raudales de afluentes desbordantes de Divinidad, su amor misericordioso sobre Cristo, el Cristo Grande de todos los tiempos. […]

Y a través del pecho santísimo del Verbo Infinito Encarnado, salía, del afluente de los infinitos Manantiales del Padre, todo cuanto, desde la altura de su santidad intocable, en derramamiento de amor y misericordia infinita, volcaba sobre Él en torrenciales cataratas de donación al hombre. […]

Cayendo desde Cristo, clavado en la cruz, por su costado abierto sobre toda la humanidad, los raudales luminosos de la plenitud de la riqueza, recargada de dones, con que el Padre, a través de Cristo, en amor misericordioso de redención, repletaba a aquellos que se ponían a recibir el derramamiento de su misericordia; saturándolos en los infinitos y eternos Manantiales que, desde la grandeza de la Divinidad, su Santidad excelsa, inclinada hacia la humanidad caída, le donaba por su Unigénito Hijo Encarnado, en desbordamiento de misericordia infinita. […]

¡La donación amorosa de misericordia infinita brotaba a borbotones incontenibles y desbordantes desde el Seno del Padre al pecho de Cristo; y desde el pecho de Cristo, clavado en la cruz entre Dios y el hombre, se esparcía sobre toda la humanidad; por lo que había que ponerse a recibir, a los pies del Hijo de Dios crucificado, con alma abierta, el fruto de la Redención, como donación del Dios Excelso desparramándose en sus torrenciales Manantiales sobre el hombre por el amor del Espíritu Santo…!». […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  
“DESDE EL SENO DEL PADRE, EN EL IMPULSO Y EL AMOR DEL ESPÍRITU SANTO, POR EL COSTADO ABIERTO DE CRISTO QUE REPARA INFINITAMENTE AL DIOS TRES VECES SANTO OFENDIDO, SE DESBORDAN LOS TORRENCIALES AFLUENTES DE LA DIVINIDAD EN COMPASIÓN REDENTORA DE DIVINA E INFINITA MISERICORDIA SOBRE LA HUMANIDAD CAÍDA”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 14)

Nota.- Para descargar el tema completo  pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios restaura al hombre caído en Cristo y por Cristo en el seno de la Virgen Blanca, que por el romance de amor del Espíritu Santo rompe en Maternidad divina.”, que fue grabado el 17 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):

Cuando pregunté a Dios, por qué se humillaba tan humilladamente, no entendí más que una respuesta: «Porque soy amor y puedo; porque soy amor y amo». (15-9-76)
Dios mío, ante mi impotencia por no poderte decir, ¡qué descanso siente mi alma al ver que Tú mismo en ti, por tu Verbo, te dices tal cual eres, en un Amor abrasador de caridad perfecta y personal!
(26-9-63)
Dios se es amor; y cuando nos lo quiere decir amándonos, surge el Cristo, en una manifestación tan escalofriante de donación, que muere pronunciando estas palabras: «Todo está consumado». Consumación amorosa que, en expresión cruenta, nos dice cómo Dios ama en explicación de su serse amor. (15-9-76)