Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. (San Lucas, 22,15). Son las palabras del Divino Maestro a sus discípulos en la tarde del Jueves Santo.

¡Con qué ansias esperamos los cristianos celebrar la Pascua con el Maestro! Y gracias a la liturgia y por medio de ella, que es capaz de quitarnos el tiempo y el espacio, podemos estar al lado de Jesús durante toda su Semana Santa; parece un sueño, pero es la realidad viva. ¡Podemos acompañarle en todos los momentos de su terrible Pasión!

Escribía la Madre Trinidad el 4 de abril del año 1985, día de Jueves Santo, como respuesta al lamento de Jesús:

“Busqué quien me consolara y no lo hallé, porque busqué quien me escuchara y me comprendiera y no lo encontré”

“Hijo mío, si en este Jueves y Viernes Santo captáramos el lamento doloroso del Divino Maestro por la terrible desolación de la incomprensión de los suyos, tal vez y yo ahora le pudiéramos consolar”

Jesús, que vivió durante todos los momentos de su vida toda la vida de todos los hombres, en este año nos espera a todos y a cada uno para que le acompañemos, le consolemos y estemos unidos a Él y a su Madre santísima en estos momentos tan duros. Lo que vivamos nosotros en esta Semana Santa Él lo recibió en su tiempo y, por tanto, podemos ser respuesta de amor para su alma.

Jueves Santo: la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles. El día del Amor. El Maestro nos quiere dejar su testamento. Antes de sentarse a cenar quiere lavar los pies a los Apóstoles, llamándonos a la humildad, para que hagamos con los demás lo mismo que Él hace con nosotros.

Después de cenar nos deja la Eucaristía:


¡Gracias, Señor, por haberte querido quedar con nosotros durante todos los tiempos, a través del poder dado a tus discípulos de ser capaces de convertir el pan y el vino en tu Cuerpo y Sangre!

Y poco a poco se va despidiendo de los discípulos… les da el mandamiento nuevo: “Amaos los unos a los otros, como Yo os he amado”… Después les promete que les enviará al Espíritu Santo:

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros y está en vosotros”. (San Juan 14,15)

Les da la paz… Pide al Padre por sí mismo, por los discípulos, y por nosotros, cristianos del siglo XXI:

Pero no ruego sólo por estos, sino por cuantos crean en mi por su palabra” (San Juan 17,20).

Después de cantar los himnos salieron camino del Monte de los Olivos.

Y comienza la tristísima noche en la que Jesús va a experimentar la soledad más escalofriante que podamos imaginar; ni siquiera sus íntimos, Pedro, Santiago y Juan, son capaces de darse cuenta de lo que está pasando. Por una gracia de Dios nosotros lo sabemos y vamos a poder acompañar al Maestro en estos momentos y Él va a recibir nuestro consuelo.

La Madre Trinidad en el libro de temas “La Iglesia y su misterio” nos hace penetrar en todos los pasos de Jesús durante su dolorosa Pasión, recogidos en el tema “El Solo”:

Y en aquellos momentos que Tú, mi divino Maestro, más necesitabas de la compañía de tus amigos, aunque fuera externamente, te encuentras completamente solo: “Pedro, ¿duermes?” ¿No habéis podido velar una hora conmigo?” “Velad y orad para que no caigáis en tentación”.

“Si me buscáis a mí, dejad a éstos”. ¡No hay ningún corazón amigo para el Solo…! Todos huyen y Jesús se encuentra en un desamparo total. ¡Todos no! En su soledad terrible y espantosa, ¡un “amigo” tiene Jesús! Un amigo que no duerme, que, en muestra de esta amistad, besa la mejilla del divino Maestro: “Amigo, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” Éste es el único amigo que le busca en estos momentos de soledad espantosa.

Si Jesús, al encontrarse tan solo, por un imposible no hubiera sabido la traición de Judas, al verlo venir hacia Él, hubiera sentido un consuelo; porque, ante su desamparo, veía que un amigo presuroso, un compañero, un Apóstol, un hijo suyo, venía a su encuentro con la mayor muestra de amor: ¡un beso!; beso que, depositado en la mejilla divina de el Solo, fue la señal mayor de soledad y desamparo.

Los demás amigos han huido, y Jesús se encuentra con la representación, frente a frente del amigo traidor, “¡Oh amigo y confidente mío, con quién vivía en dulce intimidad y andábamos entre la alegre muchedumbre, alzaste contra mi tu calcañar!” “Amigo”, ¿con un beso has venido a venderme? ¡Amigo y confidente mío…!

(…) “Es la hora del poder de las tinieblas”; y todo el Infierno (…) representado en la fiereza del hombre, se lanza, impulsado por la envidia, sobre la presa apetecida: ¡el divino Maestro! (…)

Y así comienza la noche más triste de su vida porque, aunque Jesús durante sus treinta y tres años tuvo presentes todos los momentos de su vida, es ahora cuando físicamente va a padecer palpablemente su Pasión.

Llevado preso de un lado a otro; bofetadas, empellones, blasfemias y los peores y más horribles tratos caen sobre el divino Maestro. Ahora es cuando nos buscará con su mirada esperando nuestra compañía, esa que estamos deseando darle para demostrarle nuestro amor.

Durante toda esta larga noche, podemos acompañar a Jesús en todos los monumentos que con tanto amor se han preparado en todas las iglesias del mundo; y si no podemos acceder a ellas, con nuestro amor, en las circunstancias en que nos encontremos, podemos entrar en el alma destrozada del Maestro y darle consuelo.