En la Madre Trinidad van siempre unidas la conciencia clara de la acción de Dios en ella haciéndola “el Eco de la Iglesia” y la necesidad de entregar a la Iglesia, en la persona del Santo Padre, todo lo que ha recibido como fruto de esa acción.

Desde los primeros tiempos repetirá -cuando en 1959 el Señor la mete en sus misterios- “con todo a Juan XXIII”; que más adelante concretará con la expresión: “con todo al Papa”.

La mañana del 3 de febrero de 1996, san Juan Pablo II recibía a la Madre Trinidad en audiencia privada. Durante aquel entrañable encuentro, ella quiso manifestar al Santo Padre a través de un sencillo verso la misión de La Obra de la Iglesia, que el Señor le había pedido años atrás que fundara: “Ella me ha de prolongar cuando hacia el Cielo me vaya, diciendo cuanto yo he ‘visto’, como Dios me lo mandara, para contar en su Iglesia tal cual Cristo la fundara, en su misión esencial de divinidad sellada”.

Recordamos en esta publicación aquellos tiempos y los pasos principales de la Madre Trinidad y su Obra de la Iglesia en Roma.

 
 

Extracto del libro

“La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

y su Obra de la Iglesia”

 

A la Madre Trinidad «sólo el Señor la condujo y la guió» (Deut 32). Sus confesores, aun los que mejor la entendieron, se limitaron a constatar la autenticidad de esa conducción.

Pero a veces el Señor la llevaba sin saber ella de momento los porqués y el término hacia donde la llevaba. Así ocurrió en su último viaje a Roma.

Movida por Dios, y tras un viaje de muchas vicisitudes, llegó a la ciudad de Pedro el 25 de febrero de 1993. Pero allí la esperaba el Señor para manifestársele el 7 de marzo en el esplendor de su Divinidad, y para darle nuevos impulsos de luz y de acción sobrenaturales. Amanecía un nuevo día tras la noche densa de una larga y terriblemente dolorosa enfermedad en que «el Eco quedó en silencio, inundado de palabras».

También en los Profetas hubo tiempos de silencios, que eran como una manera distinta de gritar Dios a su pueblo, quizá por no haberle escuchado en su momento.

Tras aquella visita de Dios, el Eco de la Iglesia volvió a resonar con nuevo timbre. Ante todo comprendió y manifestó que ella debía quedarse ya «junto a la Sede de Pedro» para allí vivir y morir. Su vocación la llevaba a ello. Para eso había ido a Roma.

Aquel impulso del año 1959 de «con todo al Papa» iba a empezar a realizarse como sólo Dios sabía.

Ya en aquel año, entre los misterios riquísimos de la Iglesia, le había mostrado Dios lo que es Pedro y el puesto que tiene en medio de su Pueblo santo, y había infundido en su espíritu una profunda unión con el Sucesor de Pedro, el Papa, unión que tenía que comunicar a sus hijos y a todos los cristianos, pues:

        Sólo en la Iglesia, donde está Cristo manifestándose por el Papa, se da la Verdad en toda su verdad al hombre que la busca en la voz del supremo Pastor. (7-1-70)

          La Iglesia es un misterio de unidad; y para que sea una en la unidad de Dios, el Espíritu Santo se quedó con el Papa y conlos Obispos que, unidos a él, proclaman la unidad de la Iglesia en su verdad, en su vida y en su misión. (22-11-68)

Y ya en abril de 1959, después de aquella inundación de luces de Dios, destinadas a los hijos de la Iglesia, clamaba:

          […] Si a todo lo que tengo en mi alma la Iglesia dijera que no, por un imposible, yo me arrancaría el alma, porque antes que alma soy Iglesia. (18-4-59)

Al poco de llegar a Roma, los médicos descubren una nueva enfermedad invasora que la va poniendo en muchos momentos en trance de muerte. La Madre Trinidad mantiene invariable su Sí al Señor y en medio del dolor goza sabiendo que su cruz da mucha gloria a Dios; y eso es el fin supremo de su vida: darle gloria. Ofrecida por la Iglesia, su dolor es muy fecundo.

Pero en medio de todo eso, el soplo de Dios la empuja fuertemente, y ella escribe y dicta en prosa y en verso, y graba vídeos bajo una acción de Dios que no puede contrariar. Su cuerpo se va desmoronando, pero su espíritu –como decía San Pablo– se renueva día a día, y su fertilidad es cada vez mayor para la Iglesia.

Se ve palpablemente cumplida en ella la palabra del Señor: «El poder alcanza su cumbre en la debilidad». (2 Cor 11)

Y la Madre Trinidad deja todo entregado en testamento a La Obra de la Iglesia para que ésta lo mantenga y perpetúe en el seno de la Madre Iglesia.

Por fin, el 3 de febrero de 1996, es recibida por el Santo Padre Juan Pablo II en audiencia privada, donde puede poner su alma, cargada con los regalos de Dios, en las manos del Sucesor de San Pedro, el cual comprende y abraza a esta alma excepcional, que se encuentra confortada, acogida como está por el Pastor supremo de la Iglesia.

En diciembre de ese año, el Papa visitaba la Parroquia de Nuestra Señora de Valme en Roma, encomendada a La Obra de la Iglesia. La Madre Trinidad contaba con recibir la Sagrada Comunión de sus manos y tener luego un breve encuentro con él. Pero inesperadamente se puso tan enferma que tuvo que acostarse, ofreciendo a Dios el doloroso contratiempo como incienso quemado para su gloria.

El Santo Padre al saberlo determinó visitarla él mismo en su lecho de dolor. La bendijo y la consoló con su mano y su corazón de Padre y Pastor supremo. Lloraba la Madre de emoción, humilde y agradecida. Era el 15 de diciembre de 1996. Así el Señor cambió su dolor en gozo. El Papa conocía a la Madre Trinidad, y quiso realizar este hecho altamente significativo.

«El Eco de la Iglesia» había sido recibido por Pedro y, junto a su Sede, descansaba, consolada con el gozo del Espíritu Santo.

Quedaba un deseo acariciado por la Madre desde tiempo atrás.

Y al año de aquella visita, el 20 de diciembre de 1997, el Santo Padre Juan Pablo II aprobaba La Obra de la Iglesia elevándola a derecho pontificio, y manteniéndola en su singularidad, sin encuadrarla en ninguna de las formas ya existentes de vida consagrada. Lo que Cristo había anunciado a la Madre Trinidad cuarenta años antes, el Vicario de Cristo lo confirma formalmente. ¡Dios es fiel!

Ya no hay lugar para que la Madre Trinidad tenga que arrancarse el alma por obedecer a la Iglesia. La Iglesia le ha dicho «sí». Y se lo ha dicho aquel que «cuando abre, ya nadie puede cerrar y cuando cierra, ya nadie puede abrir». (Is 22, 22)

 
“Junto a la Sede de Pedro”. Fragmento del libro:
“LA MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA Y SU OBRA DE LA IGLESIA”

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