La luz del Espíritu Santo, en la cercanía de Pentecostés, irrumpe con fuerza preparando al alma, alejándola de todo lo creado y poniendo en ella necesidad insaciable del eterno.

La luz de la Verdad, en la penetración del misterio de Dios y ante la distancia infinita que hay entre Él y la criatura, hace expresar a la Madre Trinidad: “¿Qué tiene que ver la criatura con el Creador?”, comprendiendo que Jesús en su humanidad es capaz de adorar a Dios como Él infinitamente necesita del hombre.

 

“Bajo la cercanía del Espíritu Santo
y el ímpetu de sus fuegos”

 

Bajo la cercanía del Espíritu Santo y el ímpetu de su fuego, se aperciben como miríadas y miríadas de batallones de ser en el arrullo amoroso e infinito del paso de Dios que, en poderío de Inmenso, se acerca con la brisa de su vuelo a la criatura que, en reverente postración, espera adorante y amorosa al Infinito Ser, para que se lance a poseerla y embriagarla con el arrullo silencioso y sacrosanto de su paso y el saboreo del néctar de su divinidad. […]

Y, llegado el día de Pentecostés, para el cual el Espíritu Santo me estaba preparando en subyugación amorosa de espera insaciable por su posesión; al ponerme en contacto con Dios, empecé a apercibir cercanía del Eterno…, lejanía de todo lo creado…, necesidad del Dios vivo…, contacto con sus misterios…, profundidad en su seno y saboreo penetrativo en la inmensidad infinita de la excelencia de Dios… […]

Y sucesivamente, en la medida que mi alma, siendo levantada como en vuelo, era adentrada en contemplación amorosa, pausada y silenciosamente atraída por la melódica compañía del paso de fuego en brisa sagrada del Espíritu Santo; ante la excelsitud de la excelencia excelentemente inmensa del Eterno Seyente, me iba sintiendo alejar de todas las cosas de acá; comprendiendo de una manera profunda, secreta y trascendente la distancia infinitamente distinta y distante que existe entre la criatura y el Creador, entre el Todo y la nada, entre el Infinito y lo creado. […]

Comprendí que nada es; que nada es fuera del Ser, sido y poseído en sí mismo y por sí mismo en su intercomunicación de vida familiar y trinitaria, sin principio y sin fin, sin fronteras y sin ocaso.
Por lo que, desde la concavidad profunda e íntima de la médula de mi espíritu, repetía sin palabras:

¡¡Qué tiene que ver la criatura con el Creador…!! ¡Sólo Dios se es en su seerse infinito de majestad soberana…! […]

Porque, ante la magnitud espléndida de la excelencia del Ser Infinito, todo pasó como a no ser, todo quedó como la pajita que, en un bosque, en un día de terrible huracán, es llevada y traída por el viento, sin ser apercibida por la pequeñez de su realidad… […]

Y ante el conocimiento de esta realidad, fui como nuevamente introducida aún más hondo en la excelencia de Dios.
Y desde allí, subyugada y llena de sorpresa y amor, vi la magnificencia majestuosa de la humanidad de Cristo. Contemplándola tan inmensamente grande, ¡tanto!, que es más rica ella sola que toda la creación; compendio apretado de toda ella, ya que «en Él, por Él y para Él fueron hechas y creadas todas las cosas», en manifestación esplendorosa y subyugante de su misma perfección; y tan capaz en su humanidad, que ésta no tiene más Persona que la divina, pudiendo decir Cristo por su voz humana, por la plenitud del misterio que en sí encierra: ¡Yo soy Dios…! […]

Y así, trascendida y translimitada de amor, embriagada por el néctar de la Divinidad, y sobrepasada de gozo en el Espíritu Santo, bajo la brisa de su suavidad y el aleteo de su paso divino sobre mi pobre, pequeñita y temblorosa alma, apareció María, Reina y Madre del amor hermoso, con la grandeza inimaginable de su Maternidad divina.
¡Y la vi tan grande…!, ¡tan elevada…!, ¡tan sublimada…!, ¡tan enaltecida…!, ¡por encima de todas las demás criaturas…!, ¡de los Ángeles del Cielo! por ser la Madre de Dios, ¡Reina del Universo, Virgen, Madre y Señora…!; siendo después de Jesús, como pura criatura, la más grande expresión del Infinito. […]

Entendiendo, viendo y siguiendo penetrando, en una intuición de profundo respeto, a Jesús, como Sumo y Eterno Sacerdote, adorando al Infinito Ser, sobrepasado de gozo, al ser Él mismo en sí y por sí, como Hombre, la respuesta reverente de adoración perfecta que la Santidad infinita del que Es se merece en respuesta de retornación amorosa de sus criaturas; porque ¡qué tiene que ver la criatura con el Creador…! […]

Pero entre su humanidad y su divinidad es tanta la distancia que existe, ¡tanta, tanta…!, que Él mismo es en sí El que se Es y Él mismo es en sí el infinitamente adorado y el Adorador infinito… […]

Ocurriéndome lo mismo cuando miraba a la Santa Madre Iglesia, que, como Esposa de Cristo y por su real Cabeza, tenía en sí la plenitud de la Divinidad: llena de santidad y hermosura, de lozanía y juventud, capaz de saturar a todos los hombres con la repletura de sus Manantiales recibidos de Dios por Cristo a través de María y remansados en su seno de Madre; pero que, a su vez, abrazaba también en su seno a tantos hombres que además son pecadores; ya que la Iglesia es divina y humana en el compendio pletórico y apretado de su realidad:
¡Qué tiene que ver la criatura con el Creador…!

Desde la altura de la excelencia de Dios, miraba a toda la creación, que para mí era, ante el pensamiento divino, tan hermosa y glorificadora del mismo Dios; y volvía a aparecer nuevamente la briznita de paja o la gotita de agua perdida en la inmensidad inmensa de los innumerables mares que contiene la creación… […]

¡Cómo entendí que sólo Dios se es…! ¡Qué distancia tan inmensa la del Infinito Ser, de todo cuanto no es Él…!
Y durante toda esta mañana de Pentecostés de 1975, estando mi alma sumergida en oración, repetía como una melódica alabanza en himno de gloria ante la magnificencia majestuosa del infinito poderío del que se Es:
¡Pero qué tiene que ver la criatura con el Creador…! […]

Y también, en mi ascensión frente al Ser, aparecieron ante mi mirada espiritual diversidad de criaturas: los Ángeles rebeldes…, Adán…, Eva…

¡¿Cómo pudieron, si conocieron algo de la excelencia de Dios, rebelarse contra Él…?!
¡¿Cómo pudieron creerse como Dios o desear ser como Él, si en el momento de rebelarse tuvieron algún conocimiento parecido al que yo, en mi limitación, he tenido hoy…?!
¡¿Cómo es posible que, en esta verdad que yo hoy vivo, pueda desearse algo que no sea ser alabanza de gloria ante la magnificencia del Coeterno Seyente…?!
¿Qué conocimiento tenían de Él, y hasta dónde llegó la penetración de su conocimiento, que fueron capaces de decirle a Dios: «no te serviré», o apetecer algo que no fuera adorarle…?

Sentía miedo de decir lo que estaba viendo; comprendiendo con seguridad clarísima que, en la participación gloriosa de la Eternidad, ante la magnificencia de Dios y subyugados por la hermosura de su rostro, al contemplarle sin velos, no queda más posibilidad que adorar en un himno reverente de alabanza ante el Infinito Ser en su Trinidad de Personas.

Por lo que, temblando de veneración reverente y en adoración profunda, irrumpía en lo más hondo de mi corazón repitiendo en mi canción de Iglesia y como Eco en proclamación de los infinitos cantares que ella tiene en su seno, cual «torre fortificada», Reina y Señora, teniendo como cabeza y corona de gloria al Unigénito de Dios:
¡Pero qué tiene que ver la criatura con el Creador…! […]

¡Qué grande vi, llena de gozo, a Jesús en su humanidad, que es distinto y distante de toda la creación y de todas las demás criaturas, y que fue capaz de adorar a Dios como Él infinitamente del hombre necesitaba…!

¡Misterio maravilloso de la Encarnación, que da a Dios en su criatura todo cuanto Él de ella esperaba…! ¡Grandeza inimaginable de la humanidad sacratísima de Cristo…!

Robada por la excelencia de su adoración, como hombre, a su misma divinidad, con Él ¡adoraba!

Quedando en mi alma grabado, como a fuego, por la brisa del Espíritu Santo en paso veloz que me ha hecho conocer, intuir y vivir algo de la excelencia excelentísima del Infinito Ser, sobrepasada de gozo y postrada en reverente y humilde adoración, el grito del Arcángel San Miguel: «¡¿Quién como Dios…?!».

Porque, ¡¿qué tiene que ver la criatura con el Creador…?!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “LA EXCELENCIA DE DIOS”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 13)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios en Él y Dios en nosotros”, que fue grabado el 6 de julio de 1992 (pulse la tecla PLAY):

¡Qué saboreablemente comprendo con la penetración de mi pobrecito entender, en sapiencia profunda, que el Espíritu Santo sea el alma de la Iglesia, por la experiencia que, en la médula de mi ser, vivo, al ser impulsada, movida, enseñada, abrasada y fortalecida por el mismo Espíritu Infinito! (25-4-78)
La Iglesia es divina y humana y, sólo conociendo el compendio apretado de esta doble realidad, somos capaces de comprenderla, amarla y mostrar a los hombres su verdadera faz, repleta de divinidad, aunque afeada por nuestros pecados. (17-12-76)
Yo necesito amar a Dios, porque lo hambrea mi corazón, creado y poseído por su infinito amor; así como necesito también, para que Él sea glorificado, siendo todo en todos, que Él reciba la respuesta amorosa que, de cada uno de los hombres, quiso desde toda la Eternidad. (15-9-74)