Las propias palabras de la Madre Trinidad nos explican el sentido y desvelan la trascendencia del escrito que hoy presentamos. Dice ella en el opúsculo del que está tomado: “en el transcurrir de los años, el Señor me siguió mostrando en sabiduría amorosa de aguda penetración las situaciones dramáticas por las que iba y va pasando la Iglesia, a través del peregrinar de este destierro, y en las que la ponen la insidia descarada o asolapada de sus enemigos y la inconsciencia, la frialdad y aun la traición de muchos de sus propios hijos”.

 

 

“Torre fortificada”

 

Veo a la Iglesia llorosa, jadeante y encorvada; envuelta y desencajada en su propia humillación.

Veo cómo se deslizan por sus mejillas sagradas, como perlas engarzadas, lágrimas de inmolación.

Son sus ojos dos luceros, como soles encendidos en resplandores divinos y en destelleos de cielo.

Y, a pesar de ser dos soles sus ojos enrojecidos por el dolido penar de su llanto enmudecido, apercibo en su mirar un dolor tan dolorido, tan hondo y enternecido, que al verla en tanto penar, mi pecho rompe en quejidos sin poderla consolar.

¡Quiero llorar con la Iglesia…!, y, con ella desplomada, ir recogiendo adorante el lagrimear penante que, en su hondo sollozar, hace a mi Madre tan bella, al caerle, como perlas, por sus mejillas sagradas llenas de Divinidad…

Mi alma se siente Iglesia, ¡tan metida en su verdad! que, siendo su confidente en este peregrinar, he de mostrar a las gentes lo que la Iglesia silente me cuenta en su sollozar…

Soy “el Eco” de la Iglesia y, a pesar de ser cantar para decir las grandezas que Dios me quiso mostrar, hoy en silencio he quedado al no poder expresar este dolor tan sagrado que apercibe mi penar en el pecho de la Iglesia con sollozante clamar.

Quisiera, si yo pudiera, en la manera de amar con que yo amo a la Iglesia, vivir siempre en el destierro junto a ella en su penar cuanto duraran los siglos y perduraran los tiempos, por si me viene a buscar.

Mi martirio hoy no ceja… […] Quiero decir a la Iglesia, ¡pero me ahoga el dolor…!

Yo sé el sufrir de la Iglesia, el porqué de su pavor, su misión entre los hombres y su divino esplendor, los secretos infinitos que encierra en su corazón; por eso tengo en el pecho un taladrante dolor, al no encontrar quien escuche mi jadeante pregón; un martirio tan cerrado ante el peso tan sagrado que el Señor depositó en la hondura de mi hondura, que me ahogo en la llenura de su don…

[…] ¡La veo desencajada, jadeante y encorvada, con sus mejillas hundidas, en lágrimas empapadas…! La veo como asustada, buscando dónde encontrar aquel que le preste ayuda en su duro caminar…

Junto a ella, de rodillas, queriéndola consolar veo al “Eco de la Iglesia” como una pobre chiquilla que sólo sabe llorar.

Cuando ya parecía que mi tortura era irresistible, por no poder contener, ni querer expresar, ni siquiera dejar traslucir nada de lo que encerraba en mi corazón; de pronto he contemplado a la Iglesia una vez más, dentro de su agonizante amargura y de la terrible situación en que se encuentra: ¡serena…! ¡tranquila…!, ¡majestuosa…!, ¡inmensa, inderrumbable, invencible, fuerte, inconmovible…!

Mientras que a mí me he visto como una niña pequeñita, tanto que al lado de la Iglesia no era más alta que sus zapatos –si ésta hubiera tenido zapatos–.

Me vi tan pequeñita, que no sabía si compararme con un ratón o con una hormiga… No sabía si la Iglesia me iba a reñir, si habría hecho algo mal…

Hasta sentí miedo, sin saber por qué; pues, al ver que la Iglesia empezaba a agigantarse tanto ante mí y yo aparecía tan pequeñita a su lado, temí haberla disgustado en alguna cosa…

¡Oh qué terrible…! ¡Cómo veo a la Iglesia…! […] ¡Qué realeza…!, ¡qué fortaleza…!, ¡qué majestad…!, ¡qué firmeza…!, ¡qué señorío…! ¡Qué inmensa…!

¡Oh, cómo la veo…! ¡Nunca la contemplé así…! Me he quedado ¡tan pequeñita, tan pequeñita! a su lado, que estoy asustada por su inmensidad y mi pequeñez…

¡Ah…! ¡Pero no…! ¡Si es mi Madre…! ¡Si me ama con el corazón de Dios…! ¡Si yo soy su Eco, su pequeña, el receptor de sus penas y de su lagrimear penante, de su respiración entrecortada por el dolor…!

¡Cómo veo a la Iglesia…! ¡Oh cómo veo a la Iglesia…!

¡Como una roca invencible de insólita caridad, en poderío terrible, repleta del Dios viviente, en su Luz resplandeciente, llena de Divinidad…!

Yo no sé cómo expondría, con mi impotente expresar, este mi nuevo concepto que hoy Dios me ha querido dar, al descubrir a la Iglesia, cual “torre fortificada”, en su inmovible verdad.

Toda yo estoy asustada por su terribilidad, sintiéndome tan pequeña, al quererla contemplar, que, toda translimitada, no la consigo abarcar…

La Iglesia es como una reina, que, aunque la vea encorvada en su terrible penar, ¡tiene en sí tal realeza, tal señorío y grandeza que nunca podré expresar…!

¡Nunca me vi tan pequeña al ladito de la Iglesia, sin un palmo levantar…! ¡Ella es erguida y hermosa!, ¡toda fuerte y valerosa!

Hoy la Iglesia se ha mostrado tan inmensa a mi mirada, que aunque la viera tirada y aunque se hunda en la hondura de su profunda amargura y en su tristeza mortal, yo me siento desplomada ante su realidad…; orgullosa y anegada, llena de felicidad al verla tan sublimada, por Dios mismo levantada, en su majestuosidad.

¡Y yo soy tan pobrecita, que no lo puedo explicar…! ¡Me siento tan pequeñita cual nunca pude pensar…!

¡Qué misterio…!: y, a pesar de todo esto, ¡yo la he de consolar…!

¡Oh, cómo he contemplado a la Iglesia…!: ¡Como una “torre fortificada”…!, ¡terriblemente inmensa…!, ¡por encima de todo lo creado…! ¡Tan hermosa!, que era capaz de enloquecer a Dios de amor por el esplendor de su belleza y la hermosura y lozanía de su juventud. Y al mismo tiempo yo me he contemplado diminuta y pequeña como si fuera su zapatito…

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

Y desde mi pequeñez, mirando arriba, contemplaba la excelsitud subyugante del Poderío infinito que sobre ella se derramaba, y veía cómo la repletura de la Divinidad, el manantial de su vida, su misión esplendorosa y su dolor sangrante se deslizaban, desde su divina y real Cabeza, por todo su Cuerpo Místico empapando a todos sus miembros, hasta la pequeñez diminuta de su zapatito; que, desde allí, en el suelo, apercibía, por el lagrimear de sus sublimes mejillas, el sollozo de su corazón, el latir de su pecho y el gemir de su hondura, con su realidad pletórica, para que yo la recibiera, me empapara, saturándome, y así, a mi vez, impelida por la fuerza de su poderío, la comunicara. Veía que me lo daba todo; pero desde su grandeza a mi pequeñez, desde su altura a mi bajeza, desde su riqueza a mi pobreza, desde su maternidad a mi filiación, de su todo a mi nada, desde su cantar a mi repetir en Eco.

Siendo yo como un estuche chiquitito que va recibiendo todo ese vivir y sangrar de mi Madre Iglesia, para abrir después mi corazón y dejar al descubierto el requejido, en palpitar de ternura infinita y de agonía sangrante, que ella va depositando en mí para su descanso y para comunicación y entrega de su tesoro a los hombres.

Porque el tesoro de la Iglesia a mí se me comunica a través de sus quejidos, de sus lágrimas, de su hablar tembloroso, de sus palabras entrecortadas por el llanto; a través del centelleo de su corazón, de su silencio sangrante, de su soledad insospechada; a través de su misión no escuchada y de su secreto no recibido; a través del manantial infinito de su vida, contenido y encerrado en la médula profunda de su pecho y en las cavernas de su ser.

Todo esto la Iglesia lo va deslizando y derramando, descubriendo y depositando en el cofre pequeñito de mi corazón. Y como una prensa reprimida, mi alma suspira jadeante, buscando dónde y en quién depositar mi tesoro…


Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

“TORRE FORTIFICADA” (Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opús. nº 12)

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