El tema de esta semana es continuación del precedente. En él se analizan -sobre todo en el escrito completo, que se puede descargar al final del artículo- con la caridad del Espíritu Santo, los comportamientos desviados y las reformas necesarias para devolver brillantez y belleza al rostro de la Iglesia.

Explica también, desde el pensamiento divino, el porqué de la necesidad de los carismas y de las Instituciones en la Iglesia. Se entiende de esta manera lo que es “La Obra de la Iglesia” dentro de la Iglesia: es la obra que Dios ha querido hacerse, personalmente, para manifestar el misterio de la Iglesia; de ahí el motivo de tantos dones y de comunicaciones tan completas.

 

“Cada uno tiene su quehacer propio en la Iglesia”

 

La Iglesia es una. Y para repartir la unidad apretada de su vida y llegar a todos y a cada uno, se dispersó, no en pensamiento, no en vida, no en criterio, sino en misión apostólica, para extenderse por todo el mundo. […]

Todos tienen que vivir la vida de Dios en la unidad del Espíritu Santo; pero no todos tienen que hacer lo mismo, ni en las mismas circunstancias, modos y maneras; sino que, dentro de la misma Iglesia, diócesis o parroquia, cada miembro vivo y vivificante del Cuerpo Místico de Cristo posee su don específico dado por Dios, mediante el cual debe ejercer su peculiar ministerio; pero todos y cada uno con la misma obligación y responsabilidad, según su propia vocación, llenando su misión en el seno de esta Santa Madre con relación a Dios y a los hombres. […]

El Obispo, como Pastor de la comunidad diocesana, es el responsable de la marcha de toda ella, ayudándose para realizar cuanto le está encomendado de sus sacerdotes. […]

El sacerdote es en la Iglesia el encargado por Dios de distribuir, por medio de los Sacramentos y la predicación de la palabra, los dones divinos, así como de responsabilizar a cada uno de los cristianos que le rodean, en su trabajo apostólico. […]

Y en el transcurrir de los siglos, para ayudar a la Iglesia a cubrir sus necesidades apostólicas y manifestar más abundantemente su riqueza, su vida y su misión, […] Dios suscita Fundadores, que surgen movidos, bajo la caridad y el impulso del Espíritu Santo, ante las necesidades espirituales y materiales de cada tiempo y todo aquello que el Pueblo cristiano, cumpliendo el mandamiento del amor, necesita vivir y manifestar en beneficio de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. […]

También Dios quiso siempre, en su designio amoroso e infinito, en la vida de la Iglesia con su misión apostólica y misionera, tener ante sí almas que, dedicadas totalmente a la contemplación, vivieran orando «entre el vestíbulo y el altar» (Jl 2, 17) y ofrecieran la inmolación de sus vidas en el sacrificio cotidiano para alabanza de la gloria divina y, por el misterio de la comunión de los Santos, para la vitalización del Pueblo de Dios. […]

Y también todos los llamados directamente a la vida apostólica, han de vivir y trabajar siempre bajo el efluvio del contacto íntimo y prolongado con Dios, que nos hace vivir nuestra filiación divina siendo testigos fieles de Jesucristo en medio del mundo por la vida y la palabra, según la petición de Jesús: «No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del Maligno» (Jn 17, 9-11) […]

No creamos que el seglar no necesita conocer a Dios, vivirlo y comunicarlo. Él, dentro de la Iglesia, tiene un sacerdocio místico y universal, capaz de llegar a todos los hombres de todos los tiempos mediante su postura sacerdotal «entre el vestíbulo y el altar», recibiendo al Infinito y comunicándole, siendo testimonio en medio del mundo por su vida y su palabra. […]

¡Qué gran necesidad tenemos de pastores y sacerdotes santos que sepan darnos a cada uno el criterio sobrenatural que oriente el vivir de cada cristiano para que podamos llenar la voluntad de Dios, individual y colectivamente, en el seno de la Iglesia, de la diócesis, de las parroquias y diversidad de comunidades; haciéndose extensivo a todos los hombres por la misión universal que Cristo dio a su Iglesia, bajo la voluntad del Padre y el impulso y el amor del Espíritu Santo! […]

Siendo ella, como el Señor también me hizo ver el día 23 de enero de 1971, cual « ¡torre fortificada! », ¡inconmovible!, ¡invencible!, ¡terriblemente inmensa!, ¡por encima de todo lo creado! Tan hermosa que era capaz de enloquecer al mismo Dios de amor por «la hermosura de su rostro», el manantial de su vida, su misión esplendorosa, su dolor sangrante y su repletura de Divinidad; deslizándose desde su divina y real Cabeza, por todo su Cuerpo Místico, empapándolo «como el ungüento que, desde la cabeza de Aarón, caía por su barba hasta la orla de sus vestiduras». (Sal 132, 2) […]

La Iglesia es un misterio de unidad, ya que Dios nos creó a todos para que viviéramos de Él y con Él, de su misma vida, y para que, injertados en Cristo, como los sarmientos en la vid, viviéramos unidos también entre nosotros en comunicación de bienes espirituales, y, como consecuencia, materiales.

Por lo que hemos de renunciar a nuestros modos personales todos los miembros de la Iglesia; y cada uno con su peculiar y propio carisma, recibido por la voluntad del Padre, la Palabra del Hijo, bajo el impulso y la fuerza del Espíritu Santo, unirnos al Sucesor de San Pedro y a nuestros Obispos queridos; y, junto a ellos, formar, en ayuda mutua y unicísima, la gran familia de los hijos de Dios en el seno universal de la Santa Madre Iglesia; procurando tender a la mayor unidad de criterio en la sobreabundancia de la diversidad de apostolados que abarque a todos y llene y replete a todo el Pueblo Santo de Dios. […]

Y la Iglesia aparecerá como es: Una, Santa, Católica y Apostólica, unida bajo el cayado del Buen Pastor, que, como Cristo, «da la vida por sus ovejas». (Jn 10, 15) […]

Y ésta será la manera de que vengan todos los hombres de la tierra a beber y a vivir en el gran banquete del Padre de Familias, que se está celebrando en el seno de la Iglesia peregrina; para reunir después, como Iglesia triunfante, a todos sus hijos en el Festín divino y gloriosísimo de las bodas eternas de Cristo con su Esposa, la Nueva y Celestial Jerusalén; donde viviremos eternamente, entonando, en unión con todos los Bienaventurados y Ángeles de Dios, el cántico nuevo, el cántico magno que sólo Dios puede cantarse; dando gloria al Padre, gloria al Hijo y gloria al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “LA IGLESIA, MISTERIO DE UNIDAD”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 15)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El clamor encendido de mi canto amoroso a mi Iglesia mía.”, que fue grabado el 15 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):

Los obispos son para mí en la Iglesia el gran sacramento, porque por ellos los sacramentos son prolongados y comunicados a los hombres. (15-11-68)
El sacerdocio de cada uno tiene su modo peculiar en el derramamiento de la unción sagrada sobre el hombre, que, según la voluntad de Dios, se da de una u otra manera para la realización de su plan eterno. (25-10-74)
Yo soy Iglesia, y, por eso, amo a Dios y busco a todos los hombres para llenar sus almas de la verdadera justicia y amor. (17-12-76)