Repetidas veces la Madre Trinidad, con fuerte empuje de Dios en su alma, en la época del Concilio, vivió el mandato de Dios:

“Con todo a Juan XXIII, con todo al Papa, el Concilio viene para esto…” y desde entonces vive su peregrinar en la tierra, apoyada en la Sede de Pedro y bajo ella, para cantar su canción de Iglesia y así llenar de júbilo a todo el Pueblo de Dios.

Esta mañana, antes de levantarme, estando haciendo oración […]
Contemplé a Dios, desde el principio de los tiempos, en el momento sin tiempo de concebir la Iglesia en el misterio de su vida y su misión; entendiendo cuál era el auténtico y verdadero sentido del designio divino sobre ella.

Vi cómo la quiso Dios desde el principio, y lo que había sucedido a través de las diversas épocas en el seno de esta Santa Madre;
descubriendo y penetrando hondamente lo que había que realizar dentro de ella, como rejuveneciendo a la Esposa de Cristo y desentrañando su dogma riquísimo, para hacerlo vivir a todos sus miembros en sabiduría y amor; y cómo había que ponerla para que volviera a ser aquello que Dios, en su infinito pensamiento, soñó desde toda la eternidad, para la Nueva, Universal y Eterna Jerusalén, engalanada con la misma hermosura de Dios, y repleta y saturada de su misma Divinidad. […]

[…] El mismo Señor me mostró que, para la realización de todo esto, había surgido en nuestro tiempo el Concilio Vaticano II, y junto al Concilio, como un granito de mostaza, La Obra de la Iglesia, llena de abundantes dones y ricos frutos.

La cual, al lado del Papa y los demás Suce¬sores de los Apóstoles, tenía que ayudarles, colaborando a realizar durante todos los tiempos, frente a Dios y a los hombres, la auténtica, verdadera y esencial misión para la cual Cristo había fundado su Iglesia;

presentando el verdadero rostro de esta Santa Madre, ánfora preciosa y repleta de Divinidad, Santuario de Dios entre los hombres, donde el Padre y el Espíritu Santo, por Cristo, se nos dan y moran en Familia con nosotros, haciendo de la Nueva Sión, Templo vivo y Morada del Altísimo. […]

La Iglesia es hermosa con la misma hermosura de Dios, que la envuelve, la ennoblece, la enjoya, la penetra, la satura y la engalana, haciéndola la Esposa inmaculada del Cordero; envuelta con un manto real de sangre que su Esposo divino le regaló el día de sus Bodas. […]

¡Qué grande es la Iglesia…!, ¡qué universal!, ¡qué amplia!, ¡qué sencilla y qué eterna…!

¡Qué grande es el Concilio…! ¡Con qué misión tan profunda, tan llena de sabiduría amorosa y tan sobrenatural como sencilla, asequible y universal, ha surgido en la Iglesia…!

¡Qué grande fue Juan XXIII, a quien inspiró el Señor el Concilio!

¡Qué grandes son mis Obispos queridos reunidos con el Papa para regir la Iglesia bajo la voluntad del Padre, manifestándola con la expresión del Verbo y abrasándose y abrasándonos a todos, hechos uno en el amor y el impulso del Espíritu Santo!

¡Qué grande es la Iglesia, y qué iluminada por el pensamiento divino, siendo conducida por la sabiduría amorosa y bajo la fuerza y el impulso del mismo Espíritu Santo en todos y en cada uno de los momentos de su existencia, aun en los más difíciles, dramáticos, oscuros y hasta confusos…! […]

La Iglesia es un misterio de unidad, de vida; congregando a los hombres en la unión de la Familia Divina; Familia trinitaria que es tanta unión que, por perfección de su naturaleza divina, sólo es un Ser: el Ser subsistente, coeterno, infinito y trinitario. […]

Y al dispersarse los Apóstoles, para esparcir y manifestar y hacer vivir la unidad de la vida de la Iglesia, se formaron las comunidades cristianas, las primeras diócesis, bajo el amparo paternal y la guía de uno de los Sucesores de los Apóstoles.

Y después, para difundir y repartir aún más esa vida, pudiendo más fácilmente llegar a todos, como los hombres son muchos, se formaron las parroquias. Las cuales tienen la misión de ayudar a su Obispo a comunicar la unidad apretada y riquísima que el Espíritu Santo quiere hacernos vivir, en Él mismo, con el Padre y el Hijo.

La diócesis es la parcela que cada Obispo tiene para dar a los hombres la vida de Dios; a todos y a cada uno; en tal llenura, que toda la riqueza de la Iglesia es para todos y cada uno.
Una diócesis perfecta tiene que procurar atender a las necesidades espirituales y materiales de los hombres que la integran, y para esto cuenta con sacerdotes y seglares de toda clase y condición. […]

Tienen que trabajar todos a una, pero cada cual llenando su misión, según el don peculiar recibido del Espíritu Santo; poniendo como fin esencial y, por lo tanto, principal, el conocimiento de Dios y de sus misterios que encierra el dogma riquísimo de la Madre Iglesia.
Pero sin olvidar nunca que esto tiene que llevar, como fruto del contacto con Dios que es caridad, que es unión, que es santidad, a sentirnos impulsados por el Espíritu Santo, unificador en la vida divina y humana, a preocuparnos activamente en los problemas sobrenaturales y humanos de todos y cada uno de los miembros de la Iglesia […]

Si todos procuramos en el seno de la Santa Madre Iglesia, como miembros vivos y vivificantes del Cuerpo Místico de Cristo, ejercer nuestro peculiar sacerdocio según el propio carisma y el don recibido de lo Alto –pero siempre en unión y adhesión al Papa y a los demás Sucesores de los Apóstoles–, buscando primordialmente la gloria de Dios y el servicio de los demás; no se darían tantas deformaciones como hay en el seno de la Santa Madre Iglesia: unos quedándose al margen de lo que tienen que hacer, otros haciendo lo que no les corresponde, y la mayoría sufriendo las consecuencias de nuestra falta de formación, adaptación y responsabilidad cristiana. […]

Y así como el seglar no está llamado por Dios para realizar el Sacrificio del Altar, perdonar los pecados, distribuir los Sacramentos…, tampoco el sacerdote, por su vocación específica, es el llamado a meterse directamente en las cuestiones sociales; aunque sí a formar a los seglares e impulsarlos para que se responsabilicen y resuelvan con mirada sobrenatural y criterio divino esos problemas sociales dentro de su parroquia, dentro de la diócesis, dentro de su comunidad y en la Iglesia; haciéndolo extensivo por ella al mundo entero. […]

Y para manifestar todo este rejuvenecimiento de la faz hermosa de la Iglesia, surge el Concilio Vaticano II, rebosante de plenitud y sabiduría, de justicia, verdad y amor; inspirado por Dios a Juan XXIII, «acogiendo –según él mismo manifestaba el 25 de enero de 1959– como venida de lo Alto, una voz íntima de nuestro espíritu». […]

Y así como la Familia Divina, en diversidad de Personas, tiene un solo ser por perfección de su misma naturaleza divina;
y así como el Papa y los Obispos tienen que estar unidos en una misma doctrina, en un mismo espíritu, en una misma misión y en una ayuda mutua;
hemos de unirnos todos a ellos para ser uno, como Dios es uno, y para formar con Cristo, por Él y en Él, el misterio de unidad que es la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo con todos sus miembros, cimentada en la Roca de Pedro y cobijada bajo su Sede –«Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que forméis comunidad con nosotros; pero nuestra comunidad es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestra alegría sea completa» […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “LA IGLESIA, MISTERIO DE UNIDAD”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 15)

 Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Nuevamente la Iglesia se me está mostrando pidiéndome ayuda a través de dolorosas y agonizantes peticiones, para que la ayude con mi descendencia, como el eco de su vida, misión y tragedia, prolongadora del misterio de Cristo y de su misión”, que fue grabado el 8 de enero de 2000 (pulse la tecla PLAY):