Dios ha querido asociarnos a Él en el “gobierno” de la creación. Cuenta con nosotros y con nuestra colaboración positiva o negativa. Esta colaboración supone fidelidad en lo que depende de nuestra actuación y fidelidad en lo que ha confiado a nuestra oración.

A veces, a las almas muy unidas a Él, cuando el Señor no quiere conceder una cosa porque no entra en sus planes, no les permite que la pidan.

La oración es omnipotente: “Todo cuanto pidamos al Padre en nombre de Jesús…” – o sea, según Jesús, según su plan eterno – “… nos lo concederá”.

Cuando no nos lo concede, nuestra oración no es que vaya al vacío, sino que la integra en sus planes eternos del modo que sólo Él sabe.

 

Capilla de La Obra de la Iglesia en la casa natal de la Madre Trinidad. (Dos Hermanas)

 

«La oración es Omnipotente»

 

[…]
Todo lo que Dios es, en Él es realidad infinita por su adhesión a sí mismo. El hombre es imagen de Dios y le posee en la medida que a Él se adhiere.

Por eso, para llenar la plenitud de su ser y de su obrar, el hombre ha de tender irresistiblemente hacia Dios, único fin para el que fue creado, y cuando esto hace, vive en el encajamiento de su realidad, es feliz y da sentido perfecto a todo su ser y actuar. Por lo que un hombre que no tiende hacia Dios, es un ser deforme en la creación, fuera de su centro y desencajado de su fin; es un ser extraño. […]

Dios tiene innumerables gracias colgadas de nuestras peticiones, ya que, al injertarnos en Él, nos dio un sacerdocio capaz de arrancar los tesoros infinitos de su pecho, en derramamiento para todos los hombres; y, en el ejercicio de este sacerdocio, nos hacemos fecundos y vitalizadores dentro de la Iglesia. Sacerdocio misterioso que repleta nuestras vidas en la llenura de la posesión de Cristo, frente a Dios y frente a los hombres. En la medida que tenemos a Dios, lo comunicamos a través de nuestro sacerdocio místico vivido “entre el vestíbulo y el altar”. […]

¡Qué grande es orar y qué pocos lo descubren…! Y por eso, cuántas gracias contenidas y cuánta voluntad divina sin cumplir entre los hombres.

Por lo que, en las épocas de la Iglesia en que los cristianos oran más, su irradiación apostólica es más sobrenatural, más segura, más extensiva, más fructífera, ya que todo cuanto pidamos al Padre en nombre de Jesús se nos concede. ¡En nombre de Jesús! O sea, según Jesús, según su plan eterno y sobrenatural, que ha querido asociarnos a su donación infinita para con nosotros mismos por medio de la oración.

Dios determinó, en su plan eterno, darnos cuantas gracias necesitáramos en común y en privado en el seno de la Iglesia. Y nos las dio; pero quiso que fuéramos a buscarlas con espíritu contrito y corazón sincero, por lo que, si no las buscamos, no las encontramos y las perdemos. […]

Yo hoy he comprendido de una manera nueva, en una ráfaga pequeñita de luz, en una penetración aguda de esta verdad en mi entendimiento, que cuando las cosas marchan mal, normalmente es porque, al no volvernos a Dios, no hacemos lo que tenemos que hacer y no conseguimos lo que tenemos que conseguir; ya que, en la oración, no sólo se aprende lo que hay que hacer y se consigue lo que hay que conseguir, sino que se esclarece el entendimiento en el descubrimiento de los planes de Dios y de su voluntad para todos y cada uno de nosotros. […]

Por eso, cuando el hombre pierde su contacto con Dios, único fin para el cual fue creado, deja de ser lo que tiene que ser, y, actuando en consecuencia, hace lo que no debe hacer, o como no debe. Entonces, no surgen vocaciones, la vida misionera languidece, el humanismo se apodera de los corazones y el confusionismo nos invade. Porque ¿dónde encontrará la criatura el verdadero sentido de su ser y de su obrar con la auténtica sabiduría que ilumine su existencia, si pierde el contacto con el que es la Luz de sus ojos y el Camino de su peregrinar?

¡Qué pacífica, qué dulce y qué serenamente he comprendido hoy que el corazón de Dios no cambia! Está lleno de eternas misericordias, ardiendo en ansias infinitas de derramarse en torrentes de luz amorosa sobre nosotros, en nuestro ser y nuestro actuar; pero espera la tendencia sencilla de nuestras vidas hacia Él, la petición clamorosa de nuestras oraciones para volcarse concediéndonos todo aquello que, en nombre de Jesús, le pidamos. […]

¡Qué grande es orar…! Porque orar es estar con Dios. Y ¿puede haber cosa más grande para la criatura que ponerse en contacto con su Creador? […]

Yo soy Iglesia, y, en función de mi sacerdocio, necesito estar “entre el vestíbulo y el altar”, recibiendo al Infinito para comunicarlo a los hombres, y recogiendo a la humanidad para presentarme ante Dios con toda ella, implorando, con petición sencilla y amorosa, el derramamiento de su voluntad sobre todos y cada uno de sus hijos. […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del tema: “La Oración es Omnipotente” , del libro “La Iglesia y su misterio”.

 

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