Leyendo el contenido de esta semana se intuye el porqué y de dónde le viene a La Obra de la Iglesia la necesidad y la urgencia de vivir permanentemente ofrecida al Señor por el Pueblo de Dios, por el Santo Padre y por los Obispos.

El Señor, después de haber introducido, profunda y deliciosamente, en su gozo a la Madre Trinidad, le hizo comprender, al mismo tiempo, el sufrimiento y la fortaleza de la Iglesia -“Torre fortificada”- y lo pequeñita que era ella a sus pies -“zapatito de la Iglesia”-, tan sencilla y tan insignificante. Pero como dijo un Obispo a propósito de esto: “sin zapatito se camina muy mal, y duelen mucho los pies…”.

A lo largo de este escrito, la Madre Trinidad hace alusión al silencio en que se encuentra, al no ser escuchada como Dios quiere, y a la soledad en que vive desde siempre; y todo es porque, hasta que la Iglesia no deje de llorar la pena de la incomprensión de los suyos, ella, como Eco de la Iglesia, no dejará de vivir, en total sintonía con la Iglesia, su soledad dramática y su pena dolorosa.

Y cuando ella falte, y ya no pueda sufrir, lo hará su Obra de la Iglesia a lo largo de los tiempos.

 

“Yo sé la gloria y el sufrir de la Iglesia”

 

Oh soberanía del Infinito Poder…! ¡Oh excelencia excelsa y consustancial de la Familia Divina…!

¡Oh esplendor de la magnificencia del que Es!; que, siendo y teniendo en sí, por sí y para sí, su misma razón de ser, quiere libre y voluntariamente, en un derramamiento de su infinita voluntad, donarse, lleno de compasión, ternura y amor en desbordamiento de misericordia infinita, al hombre. […]

Y para ello, mediante un portento insospechado y desbordante de compasión, amor y ternura hacia la humanidad caída, por la voluntad del Padre y bajo el impulso del Espíritu Santo, «el Verbo se hizo Hombre y puso su morada entre nosotros» (Cfr. Jn 1, 14).

[…] Realizándose la donación de Dios al hombre en las entrañas purísimas de la Virgen, la Nueva Eva prometida por Dios a nuestros Primeros Padres, que aplastaría la cabeza del dragón por el Fruto de su vientre bendito; el cual quitaría los pecados del mundo, liberándonos de la muerte y resucitándonos a una vida nueva. […]

Y para quedarse con nosotros hasta la consumación de los tiempos, fundó su Iglesia, encomendándosela a los Apóstoles, descendientes de Israel, humildes pescadores de Galilea y a sus Sucesores. […]

Siendo Él la luz de tus ojos mediante los centelleantes y sapientales luceros de su misma divinidad; y por ti y a través tuya, Iglesia mía, Iglesia amada, se nos da con corazón de Padre, haciéndote expresión del Cántico infinito del Verbo y abrasándote en el fuego avasallador y letificante del mismo Espíritu Santo. […]

¡Iglesia mía…!, ¡qué hermosa eres…! ¡Avanza triunfante, Hija de Jerusalén, que no habrá quien se te ponga delante! […]

Eres santa con la Santidad de Dios, virgen con su Virginidad, reina con su Señorío, fuerte con su Fortaleza, hermosa con su Hermosura, divina y divinizante con la misma Divinidad que te satura, te enriquece y te ennoblece como a Esposa del Cordero sin mancilla. […]

¡Iglesia mía!, ¡Iglesia santa…!, el día 30 de marzo de 1959 me has sido presentada por el mismo Dios toda vestida de luto, cubriendo tus ricas joyas con un manto negro; con tus entrañas desgarradas por los hijos que se fueron de tu seno de Madre, «extraviándose tras los rebaños de sus compañeros» (Ct 1, 7). […]
Pero… ¡cómo llora…! ¡cómo llora la Iglesia por sus hijos perdidos…! […]

¡Cuántos hijos que, de una u otra manera, dejaron y dejan a la Iglesia sumergida, anegada y desgarrada en el silencio espeluznante, escalofriante, desgarrador, dramático e inmolante de la incomprensión…! […]

Y los que traicioneramente asolapados, como Judas, buscan el momento de entregarla en manos de sus enemigos; porque son lobos rapaces que, asolapados, vestidos con piel de oveja y manso cordero, atropelladamente maquinan la manera de desfigurarla y, aun si posible fuera, hacerla desaparecer. […]

El materialismo, la confusión, la sensualidad, la impureza, la soberbia –¡Señor!, ¿qué palabra emplearía…?–, ¡han empolvado y como enterrado! la realidad eterna que la Iglesia, Nueva y Celestial Jerusalén, tiene en sí vivida, poseída y ardiendo en ansias infinitas de comunicarla. […]

¿Dónde está Dios en los corazones de la mayoría de los hombres y de muchos de los hijosde la Iglesia…? Y ¿dónde están los hijos de la Iglesia que, viviendo no sólo de los sentidos materiales sino también de los espirituales, descubran la luz infinita de la verdad en toda su verdad, y sean testimonios vivos, por su vida y su palabra, de Dios y de Jesucristo su Enviado…? […]

Iglesia mía, ¡cómo te veo…! ¡Cómo comprendo hoy que el mundo esté en tinieblas al querer quitar de ti la hermosura con que te tiene engalanada tu Esposo…! […]

¡Cómo veo a la Iglesia…! ¡Oh cómo veo a la Iglesia…!

¡Como una roca invencible de insólita caridad, en poderío terrible, repleta del Dios viviente, en su Luz resplandeciente, llena de Divinidad…! […]

¡¡Una densa noche cubre a la Nueva Jerusalén, a la Ciudad de Dios entre los hombres, envuelta en oscuros nubarrones de confusión que ocultan la luz resplandeciente de la faz de Cristo, repletándola y hermoseándola con su misma divinidad…!! […]

¡Cómo ha aflorado a mi mente aquella realidad que, quedando grabada en mi alma en el año 1959, me hacía clamar que era voluntad de Dios que se pusiera a la Virgen en la Iglesia en el sitio que le correspondía como a Madre de Dios y de la misma Iglesia, la cual es fruto de su Maternidad divina…! […]

Y cuántas veces, desde el 18 de marzo de 1959 de una y otra manera Dios me mostró a la Iglesia ¡tan hermosa…!, ¡tan sublime…!, ¡tan divina y tan Señora…! […]

Esposa en juventud del Cordero Inmaculado, desposada con Él en matrimonio eterno.

Soy el Eco de la Iglesia, y la Iglesia es mi canción. […]

¡Iglesia, orgullo mío…! ¡Sí, eres mi orgullo, mi gloria, mi estandarte y mi corona, Iglesia mía…! Sí, no tengo más orgullo que ser hija de Dios e hija de la Iglesia. […]

¡Iglesia!, ¡eres hermosa! ¡Nunca te vi así…! Te he visto enjoyada y de luto, ¡pero nunca te he visto derramándote, como te derramas, en santidad, justicia, verdad, misericordia y amor…! […] ¡Te derramas en maternidad con el Padre, en canción con el Verbo y en amor con el Espíritu Santo…!

Iglesia mía, Nueva y Celestial Jerusalén, ¡¡qué hermosa eres!! ¡Cuánto te amo!

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:  “LA SANTA MADRE IGLESIA ES LA NUEVA Y CELESTIAL JERUSALÉN, NO EDIFICADA POR MANO DE HOMBRES, SINO POR EL MISMO DIOS; ENGALANADA CON TODOS LOS DONES, FRUTOS Y CARISMAS DEL ESPÍRITU SANTO QUE JESÚS LE ENVIÓ DESDE EL PADRE, EL DÍA DE PENTECOSTÉS”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opús. nº 12)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “El clamor encendido de mi canto amoroso a mi Iglesia mía”, que fue grabado el 15 de noviembre de 1994 (pulse la tecla PLAY):


Vidriera de la capilla de la casa natal de la Madre Trinidad en Dos Hermanas (Sevilla)


Iglesia mía, el Padre te da su Palabra para que te abra su seno amoroso, el Verbo te dice todo el secreto de la vida eterna, y el Espíritu Santo te abrasa en su fuego, depositando en ti sus tesoros y carismas, para que, por tu medio, las almas vivan su filiación divina y se metan en el seno del Padre. Iglesia mía, ¡qué hermosa eres!, ¡cuánto te amo! (21-3-59)
En el seno de la Iglesia mía hay unas cavernas abiertas sin cicatrizar, sangrando, en espera de su llenura con la vuelta de los hijos que la dejaron herida, desgarrando sus entrañas al marcharse de su seno de Madre… (14-11-59)
Cuando Dios quiere decirme lo que es, adecuado a mi capacidad, se encarna y, a través de María, me dice su secreto en el seno de la Iglesia, la cual me lo desmenuza como buena madre, para darme la divinidad en expresión amorosa. (15-3-63)