Son innumerables las luces que Dios nos da para que todos le amemos más y le conozcamos mejor.

Saber lo que es el Ser de Dios manifestándose en voluntad suscita una reacción muy fuerte en el alma del lector, para no querer perder nunca la posibilidad de cumplir la voluntad divina, la cual nos llena de vida y nos hace alcanzar la plenitud de nuestra identidad y de nuestra existencia.

“Nuestra libertad para adherirnos a Dios”

Oh excelsitud coeterna del Infinito y Subsistente Ser…! Por tu poderío excelso de majestad soberana, por serte en Ti, por Ti y para Ti la razón de tu coeterna Deidad, eres capaz, no sólo de gozarte en lo que Tú eres, sido y poseído en intercomunicación familiar de vida trinitaria, sino de gozarte también infinita y eternamente, por ser bueno, en hacer felices a otros seres que, creados a tu imagen y semejanza, vivan por participación la misma vida que Tú vives en gozo dichosísimo de disfrute eterno.

Por lo que Dios, que no necesita de nada ni de nadie para ser cuanto es, sido y poseído, disfrutado y saboreado en su acto inmutable de sabiduría amorosa, bajo las lumbreras consustanciales de sus infinitas pupilas; en manifestación amorosa de su voluntad y por el esplendor y para el esplendor de su gloria, en la magnificencia de su infinito poder, mira hacia fuera en voluntad creadora y hace que existan seres que por Él son; lo cual exige correspondencia, en retornación reverente y amorosa, de la criatura racional al Creador; siendo ella también voz en explicación y en retornación de respuesta de toda la creación inanimada. […]

Porque no es que Dios, cuando quiere una cosa hacia fuera, desee realizar algo al margen de lo que Él es. Sino que Dios se es todo cuanto puede ser infinitamente, pudiendo ser todo lo infinito en infinitud, sido, poseído y abarcado por su subsistencia infinitamente suficiente; y en Él no hay partes.

Ya que en Dios se identifican el ser y el obrar; y cuando quiere una cosa es todo Él en su intercomunicación de vida trinitaria el que lo desea; poniéndose en movimiento, sin moverse, todo su ser inmutable en voluntad creadora, para que se realice cuanto quiere según su infinito pensamiento.

Por lo que, el día 1 de abril de 1959, expresaba, en la ruindad y pobreza de la limitación de mi nada ser, nada poder y nada saber, como podía y llena de sorpresa, lo que Dios me hacía entender:

“¡Oh lo que es Dios manifestándose en voluntad!
¡El Ser…! ¡El Ser…! ¡Oh, el Ser manifestándose en voluntad…! ¡Qué terrible…! […]
¡Oh qué espantoso…!, ¡qué terrible…!, ¡qué horripilante es el pecado de un hombre, creado por un movimiento de la voluntad amorosa de Dios, que es todo el ser de Éste movido en voluntad…! […]
¡Ni mil infiernos…! El infierno, con ser tan terrible, tan espantoso, tan tremendo, tan escalofriante, es la medida adecuada al pecado ¡y aún menos…! ¡No hay medida, por grande que sea, ni castigo, para un ser creado que se rebela contra su Creador…! […]
Un movimiento de nuestra voluntad contra la voluntad de Dios merece el infierno…
¡¿Quién somos nosotros para movernos contra la voluntad de Dios?!, ¿quién somos nosotros…? ¡¡Que se arme un terremoto y tiemble la tierra, cuando alguien se oponga al Dios tres veces Santo!!
¡Oh lo que es el Ser de Dios manifestándose en voluntad!”

Ya que la creación inanimada, cuando en algún momento de su existencia parece que se sale de las leyes que le ha puesto su Creador, toda ella se conmueve: ¡la tierra tiembla…!, ¡surgen maremotos…!, ¡se abren abismos…! y se revuelve todo aquello que de alguna manera llena de espanto a los hombres, por haberse perturbado en algo, con más o menos intensidad, con más o menos consecuencias, las leyes de la creación. […]

¡¿Qué será lo que sucede cuando la criatura racional, creada por Dios bajo la voluntad del querer de su poderío eterno y que nos hizo a su imagen y semejanza y nos predestinó nada menos que a ser hijos suyos en su Unigénito Hijo Encarnado, partícipes de la vida divina y herederos de su gloria; rebelándose contra su Creador le dice: «No te serviré», en una respuesta de soberbia, ingratitud y menosprecio…?!

Ya que he comprendido de una manera sorprendente, sobrepasada, temblorosa y asustada ante la limitación de mi pequeñez y la nulidad y miseria de mi nada, que cuando Tú quieres una cosa, ¡oh mi Infinito y Eterno Poderío!, no es que la quieras aparte de Ti, como algo que piensas y quieres al modo que nosotros queremos y pensamos; no. Eres todo Tú en tu ser infinito y coeterno, sido y poseído en tu acto intercomunicativo de vida familiar y trinitaria, el que lo quieres, en la magnificencia del esplendor de tu gloria; la cual exige, por su misma perfección, respuesta, en la medida adecuada, de retornación de la criatura al Creador, de la nada al Infinito Ser.

Por lo que el alma que conoce a Dios, llena de reverencia, adoración y respeto, como en un cántico de reconocimiento y alabanza grita con los Ángeles del Cielo: ¡¿Quién como Dios…?!; ante los Ángeles rebeldes que, en la locura de su insensatez, se rebelaron con Luzbel y como Luzbel contra el mismo Dios en su grito escalofriante y absurdo de: «no te serviré».

Por lo cual se abrió un Abismo insondable en el que fue precipitado Luzbel como un rayo, perdiéndose en la oscuridad tenebrosa de sus simas.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito “La voluntad de Dios”. 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 13

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “La voluntad de Dios”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “LA VOLUNTAD DE DIOS”, que fue grabado el 22 de agosto de 1988 (pulse la tecla PLAY):

Dios, que es la suma perfección, nos creó para Él con capacidad y exigencias de poseerle y, al darnos la libertad, nos dio la posibilidad de adherirnos a Él libremente. (9-1-65)
El Increado dice a la criatura racional: «Yo soy, y tú eres por mí; reconoce esto». Y la criatura, al pecar, responde: «No serviré». (15-9-66)
El camino que Dios te marca o las circunstancias en que te pone, son los mejores para ti y, a veces, por tú no verlo, no te abrazas a ellos y te apartas de la divina voluntad. (7-4-67)