¡Qué paz, qué seguridad, qué señorío tiene la Iglesia! Pues aunque se quede sin Supremo Pastor en la tierra, nunca le va a faltar su Cabeza que es Cristo. Qué gran regalo son los pastores-columnas de la Iglesia. Cómo actúa Dios a través de ellos -vasijas frágiles de barro- que contienen el inmenso tesoro de la Divinidad.

Qué grande es tener al Sucesor de Pedro entre nosotros y qué fuerte nostalgia cuando nos falta. Señor, manifiesta el poder de tu brazo y danos el Pastor que necesitamos por la Gloria de tu Nombre y la Gloria de tu Esposa la Iglesia, que es la misma Gloria que tú le has dado con tu pasión, muerte y resurrección. Iglesia gloriosa y desterrada… ¡cuánto necesitamos amarte!

¡No hay miedo que la Iglesia se hunda! No hay miedo, porque Dios la sostiene y ella, en sus miembros vivos, hace las delicias de su Fundador…

 

“No puedo vivir sin Obispo, como no puedo vivir sin Dios”

 

La Iglesia es el baluarte donde me apoyo, la fuerza de mi peregrinar y el orgullo de mi vivir.

Mi vocación es ser Iglesia y hacer de todos Iglesia, y por eso Dios me mostró a la esposa del Cordero como Reina enjoyada, rebosante y penetrada de Divinidad, ennoblecida por la misma santidad de Dios; santa y sin mancilla, «fuerte cual ejército en batalla», repletada y saturada con todos los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo, y depositaria de la misma Divinidad en su Trinidad de Personas para, como donadora universal, dar esa misma Trinidad a los hombres; siendo ella la manera, el modo y el estilo por donde la Familia Divina por la vida de la gracia vive con todos y cada uno de sus hijos. […]

La he contemplado como depositaria de Cristo, con toda su misión, vida y tragedia, perpetuadora de su misterio.

Y por si era poco, Dios le dio su misma Madre para que fuera Madre de todos y cada uno de los hombres…

La he visto tan rica, tan repleta, tan enjoyada, tan saturada de Divinidad, ¡tanto, tanto, tanto…!, que jamás lo podré expresar… […]

¡No hay miedo de que la Barquita de Pedro se hunda!; ¡no hay miedo!, porque el mismo Jesús lleva sus remos y la conduce a buen puerto. […]

¡No hay miedo de que la Iglesia se equivoque!; Dios habla por ella…

¡No hay miedo que la Iglesia se hunda!; Dios la sostiene sobre las aguas del diluvio universal…

¡No hay miedo, porque Dios es la fuerza y el baluarte donde se apoya…!

Y porque soy más Iglesia que alma, y antes dejaría de ser alma que Iglesia, no puedo vivir sin Obispo, como no puedo vivir sin Dios.

Y mi seguridad de que vivo en la verdad y la comunico, no está tanto en lo que yo pueda ver sino en la arraigambre y en la unión que tengo con mis Obispos queridos, siempre que éstos estén en unión completa con el pensamiento del Supremo Pastor.

Y como me experimento y soy más Iglesia que alma y más alma que cuerpo, si, para mí por un imposible, la Iglesia dijera a cuanto tengo inscrito en el alma que «no» por la voz de la infalibilidad del Papa, yo me arrancaría el alma para decir lo que diga la Iglesia; ya que sé que cuando habla la Iglesia como Iglesia, es el Verbo el que habla por ella.

Y no lo haría refunfuñando, no; lo haría como un cántico de rendición y sumisión amorosa a mi Santa Madre Iglesia. […]

El día de la Santísima Trinidad del año 1968, al venir un Sr. Obispo a visitarnos para presidir una concelebración de Votos en La Obra de la Iglesia; el Señor me hizo comprender, saborear y vivir que, cuando un Obispo entraba en nuestra casa, era el mismo Jesús quien venía a visitarme, y, por lo tanto, a visitarnos a todos; y que, como a Él, le teníamos que amar, venerar, y corresponder, llenos de agradecimiento, en el tiempo que nos fuera concedido el regalo de tenerle entre nosotros.

Sencilla y espiritual comunicación que me hizo vivir todo aquel día ante aquel Sr. Obispo que por primera vez visitaba nuestra casa, llena de un profundo recogimiento, y viendo en su rostro el rostro de Jesús.

¡Era uno de mis Obispos queridos, a los que yo tenía que venerar y atender como Marta y María lo hacían en Betania con Jesús!

Cosa que enseño a mis hijos, los cuales, llenos de gozo, reciben en su casa a los Sucesores de los Apóstoles. […]

Y nuevamente […], el día 7 de enero de 1972, también cuando estábamos inaugurando una de nuestras parroquias, y había venido a bendecir la iglesia el Sr. Cardenal de la diócesis;
estando yo sufriendo durante el Sacrificio Eucarístico de la Santa Misa por la dura prueba que mi espíritu viene sufriendo desde el año 1959, al no haber sido comprendida ni recibida, como Dios quería, con cuanto, para que lo comunique, el Señor me viene manifestando desde el 18 de marzo de 1959, con el encargo de ayudar a la Santa Madre Iglesia con la descendencia que Jesús me había pedido para este fin, la cual es La Obra de la Iglesia, continuadora y perpetuadora de mi misión;
el Señor, en el momento trascendente y sublime de la Santa Misa, nuevamente imprimió en mi espíritu que un Obispo era uno de los Doce Apóstoles que en sus Sucesores se perpetuaban para la consolidación en perpetuación del Pueblo de Dios, que es la Santa Madre Iglesia.  […]

También en otro día gloriosísimo, el 5 de abril de 1959, en la profundidad de la sabiduría divina, llena de amor en el Espíritu Santo, el Señor me hizo penetrar en lo que era San Pedro en el cielo y en la tierra, perpetuándose en sus Sucesores, como Rey coronado con su tiara, con las llaves del Reino de los Cielos en sus manos, para abrir y cerrar las puertas suntuosas de la eternidad, y dando paso a los que él reconociera como elegidos de Dios para entrar en su Reino. […]

El día 15 de diciembre de 1996, […] el Señor me concedió la gracia, que siempre guardaré en lo más profundo de mi corazón como uno de los regalos más preciados de mi vida, de que mi Santísimo Padre Juan Pablo II viniera a visitarme, cuando la imposibilidad física de mi enfermedad no me permitió ser yo, en la pequeñez de mi nada, la que fuera a encontrarme con el Sucesor de San Pedro, a quien tanto amo y tan agradecida me siento con mi Obra de la Iglesia.

Enfermedad que me hace vivir en una inmolación constante, en renuncia continua desde el 30 de marzo 1959, cuando, […] me ofrecí a Dios como víctima para glorificarle, ayudando a la Iglesia con cuanto, para que lo realizara, Él me había manifestado y encomendado desde el tiempo del Concilio. […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:   “LAS COLUMNAS DE LA IGLESIA”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  
Opúsculo nº 12)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Encuentros con los Obispos que estuvieron en nuestra casa de San Pedro Apóstol en el año del Gran Jubileo y que vinieron a Rocca di Papa a visitar a la Madre”, que fue grabado el 25 de junio de 2000 (pulse la tecla PLAY):

Cristo, como Cabeza del Cuerpo Místico, quiso dársenos con el Padre y el Espíritu Santo, repletándonos de todos sus dones y frutos, a través de los Apóstoles. Y por ello, cimentada en Cristo, apoyada, sostenida y perpetuada en sus doce Columnas, ¡qué grande es la Iglesia! (22-4-76)
La Iglesia es un misterio de unidad; y para que sea una en la unidad de Dios, el Espíritu Santo se quedó con el Papa y con los obispos que, unidos a él, proclaman la unidad de la Iglesia en su verdad, en su vida y en su misión.
(22-11-68)
Sólo en la Iglesia, donde está Cristo manifestándose por el Papa, se da la Verdad en toda su verdad al hombre que la busca en la voz del Supremo Pastor. (7-1-70)