Escrito de la MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA, del día 24 de abril de 2001, titulado:

LAS COLUMNAS DE LA IGLESIA

La Iglesia es el baluarte donde me apoyo, la fuerza de mi peregrinar y el orgullo de mi vivir.

Mi vocación es ser Iglesia y hacer de todos Iglesia, y por eso Dios me mostró a la Esposa del Cordero como Reina enjoyada, rebosante y penetrada de Divinidad, ennoblecida por la misma santidad de Dios; santa y sin mancilla, «fuerte cual ejército en batalla», repletada y saturada con todos los dones, frutos y carismas del Espíritu Santo, y depositaria de la misma Divinidad en su Trinidad de Personas para, como donadora universal, dar esa misma Trinidad a los hombres; siendo ella la manera, el modo y el estilo por donde la Familia Divina por la vida de la gracia vive con todos y cada uno de sus hijos.

La he visto, a través de su Liturgia, como el gran Sacerdote con Cristo, con su Cabeza, que, en la unión de todos sus miembros, se ofrece al Padre para recibirle, responderle y, repletándose de su plenitud, embriagar a todas las almas de Divinidad; con la gran misión, comunicada por Dios, de injertar a todos los hombres en Cristo, y, recogiéndolos en sí, retornárselos al mismo Dios como himno de gloria y alabanza.

La he contemplado como depositaria de Cristo, con toda su misión, vida y tragedia, perpetuadora de su misterio.

Y por si era poco, Dios le dio su misma Madre para que fuera Madre de todos y cada uno de los hombres…

La he visto tan rica, tan repleta, tan enjoyada, tan saturada de Divinidad, ¡tanto, tanto, tanto…!, que jamás lo podré expresar…

La Iglesia es el Arca de la Nueva Alianza, de la que el arca de Noé fue sólo símbolo, porque por muchas tormentas que haya, no habrá diluvio que la pueda hundir. Ella se sostiene y se mece enseñoreadamente sobre las aguas, sin que haya corriente que la pueda arrastrar, porque la mano poderosa del Inmenso la sostiene en el recóndito secreto de su corazón.

¡No hay miedo de que la Barquita de Pedro se hunda!; ¡no hay miedo!, porque el mismo Jesús lleva sus remos y la conduce a buen puerto.

Puede Dios hacerse Hombre y ocultarse en una naturaleza humana; puede hacerse Pan y quedarse en la Hostia blanca, y puede perpetuarse misteriosamente en la persona del Papa para que éste, cuando habla como Iglesia, nos enseñe el plan divino y nos confirme en la fe, con seguridad de la voluntad del Padre cumplida y de la expresión del Verbo explicada, bajo el amor y el impulso del Espíritu Santo…

 

¡No hay miedo de que la Iglesia se equivoque!; Dios habla por ella…

¡No hay miedo que la Iglesia se hunda!; Dios la sostiene sobre las aguas del diluvio universal…

¡No hay miedo, porque Dios es la fuerza y el baluarte donde se apoya…!

 

 

Y porque soy más Iglesia que alma, y antes dejaría de ser alma que Iglesia, no puedo vivir sin Obispo, como no puedo vivir sin Dios.

Y mi seguridad de que vivo en la verdad y la comunico, no está tanto en lo que yo pueda ver sino en la arraigambre y en la unión que tengo con mis Obispos queridos, siempre que éstos estén en unión completa con el pensamiento del Supremo Pastor.

Y como me experimento y soy más Iglesia que alma y más alma que cuerpo, si, para mí por un imposible, la Iglesia dijera a cuanto tengo inscrito en el alma que «no» por la voz de la infalibilidad del Papa, yo me arrancaría el alma para decir lo que diga la Iglesia; ya que sé que cuando habla la Iglesia como Iglesia, es el Verbo el que habla por ella.

Y no lo haría refunfuñando, no; lo haría como un cántico de rendición y sumisión amorosa a mi Santa Madre Iglesia.

Pues Jesús, llenando mi espíritu de luz e inflamando mi corazón en amor, se dignó manifestarme profunda y sabrosamente algo de lo que son los Sucesores de los Apóstoles en el seno de la Iglesia.

El día de la Santísima Trinidad del año 1968, al venir un Sr. Obispo a visitarnos para presidir una concelebración de Votos en La Obra de la Iglesia; el Señor me hizo comprender, saborear y vivir que, cuando un Obispo entraba en nuestra casa, era el mismo Jesús quien venía a visitarme, y, por lo tanto, a visitarnos a todos; y que, como a Él, le teníamos que amar, venerar, y corresponder, llenos de agradecimiento, en el tiempo que nos fuera concedido el regalo de tenerle entre nosotros.

Sencilla y espiritual comunicación que me hizo vivir todo aquel día ante aquel Sr. Obispo que por primera vez visitaba nuestra casa, llena de un profundo recogimiento, y viendo en su rostro el rostro de Jesús.

¡Era uno de mis Obispos queridos, a los que yo tenía que venerar y atender como Marta y María lo hacían en Betania con Jesús!

Cosa que enseño a mis hijos, los cuales, llenos de gozo, reciben en su casa a los Sucesores de los Apóstoles. […]

Y nuevamente […] el día 7 de enero de 1972, también, cuando estábamos inaugurando una de nuestras parroquias, y había venido a bendecir la iglesia el Sr. Cardenal de la diócesis;

estando yo sufriendo durante el Sacrificio Eucarístico de la Santa Misa por la dura prueba que mi espíritu viene sufriendo desde el año 1959, al no haber sido comprendida ni recibida, como Dios quería, con cuanto, para que lo comunique, el Señor me viene manifestando desde el 18 de marzo de 1959, con el encargo de ayudar a la Santa Madre Iglesia con la descendencia que Jesús me había pedido para este fin, la cual es La Obra de la Iglesia, continuadora y perpetuadora de mi misión;

el Señor, en el momento trascendente y sublime de la Santa Misa, nuevamente imprimió en mi espíritu que un Obispo era uno de los Doce Apóstoles que en sus Sucesores se perpetuaban para la consolidación en perpetuación del Pueblo de Dios, que es la Santa Madre Iglesia;

depositaria de «los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios», repleta de santidad y saturada de Divinidad, siendo Cristo su Cabeza, su gloria y su corona, que se trajo consigo al seno de esta Santa Madre al Padre y al Espíritu Santo, haciéndola el Santo Templo de Dios y Morada del Altísimo, por el misterio esplendoroso de la Encarnación, obrado en las entrañas de la Virgen María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia;

donde la Trinidad infinita se ha quedado con el hombre, y el hombre mora con la Trinidad siendo hijo de Dios, partícipe de la vida divina, y heredero de su gloria.

Porque soy y me siento más Iglesia que alma, y antes me tendría que arrancar el alma que dejar de ser Iglesia Católica, Apostólica y bajo la Sede de Pedro, no puedo vivir sin Obispo como no puedo vivir sin Dios.

 

También en otro día gloriosísimo, el 5 de abril de 1959, en la profundidad de la sabiduría divina, llena de amor en el Espíritu Santo, el Señor me hizo penetrar en lo que era San Pedro en el Cielo y en la tierra, perpetuándose en sus Sucesores, como Rey coronado con su tiara, con las llaves del Reino de los Cielos en sus manos, para abrir y cerrar las puertas suntuosas de la Eternidad, y dando paso a los que él reconociera como elegidos de Dios para entrar en su Reino.

Por lo que la más pequeña, última, pobrecita y temblorosa de las hijas de la Iglesia, el día 15 de diciembre de 1996, exclamaba con gemidos inenarrables desde lo más profundo de su corazón, ante la cercanía del Sucesor de San Pedro, Cabeza visible de la Iglesia y Pastor universal del Pueblo de Dios, por el incalculable e inapreciable regalo de que se dignara venir a bendecirme y confortarme en el lecho de mi dolor:

¡Gracias, mi Santísimo Padre! ¡Gracias!, pero yo no soy digna de que haya venido a visitar tan paternal y misericordiosamente a la más pobre, desvalida y última de las hijas de la Iglesia, cuando estaba enferma.

Mas como las misericordias de Dios no tienen fin y colman todas las esperanzas de quien en Él confía; el Señor me concedió la gracia, que siempre guardaré en lo más profundo de mi corazón como uno de los regalos más preciados de mi vida, de que mi Santísimo Padre Juan Pablo II viniera a visitarme, cuando la imposibilidad física de mi enfermedad no me permitió ser yo, en la pequeñez de mi nada, la que fuera a encontrarme con el Sucesor de San Pedro, a quien tanto amo y tan agradecida me siento con mi Obra de la Iglesia.

Enfermedad que me hace vivir en una inmolación constante, en renuncia continua desde el 30 de marzo 1959, cuando, al contemplar a la Iglesia que me pedía ayuda cubierta con un manto de luto, con sus entrañas desgarradas por el dolor de sus hijos que se marchaban de su seno de Madre por no conocerla bien y, por lo tanto, no amarla como la Santa Madre Iglesia espera y se merece;

me ofrecí a Dios como víctima para glorificarle, ayudando a la Iglesia con cuanto, para que lo realizara, Él me había manifestado y encomendado desde el tiempo del Concilio; […] con el único fin de dar gloria a Dios, ayudar a la Iglesia y dar vida a las almas, junto al Papa y mis Obispos queridos, ayudándoles a realizar la misión esencial que Dios les encomendó, como a Sucesores de los Apóstoles, en el seno de la Santa Madre Iglesia.

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

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