“Y cual águila imperial, […], vuele el alma victoriosa hacia los cielos, […] donde brota a borbotones un torrente cristalino, para saciar los sedientos que traspasan los umbrales del destino…”.

Es difícilmente explicable – con la sola razón humana – que una poesía sobre la muerte pueda desbordar de vida y de plenitud de la manera que lo hace la que publicamos a continuación. Es como un torrente de melodía que envuelve y arrastra al lector, con las dulces e impetuosas olas de sus notas triunfales, hasta las mismas riberas de la Eternidad. Y… ¡qué distinta es, desde allí, la visión del fin de la vida humana!

  

 «¡¡¡Los Portones suntuosos y magníficos del Cielo!!!»

 

Cuando pienso en el momento delirante
en que se abran los Portones de tu Seno,
y yo entre, tras la noche de la vida,
en la hondura misteriosa de tu encuentro;
¡es tan honda la alegría que en mí siento!,
que el momento espeluznante de la muerte
se convierte, en mis adentros,
en un gozo desbordante,
porque sabe que es el paso trascendente
que me lanza, como un rayo llameante,
al secreto de tu Pecho incandescente.¡Oh Portones de los Cielos,
que me rasgáis, tras la entrada,
las cortinas suntuosas de aquel Templo,
tras las cuales está el Santo de los Santos
celebrando su misterio
en el gozo venturoso del Coeterno…!

¡Oh Portones luminosos, tras los cuales se aperciben
las eternas melodías en inéditos conciertos,
y se escucha el recrujido, en volcanes encendidos
por las llamas llameantes de sus fuegos…!

¡Oh sonido palpitante
con que exhala dulcemente,
en su hálito silente,
el Eterno,
la Palabra explicativa
que Él expresa en su misterio…!

¡Qué momento trascendente,
cuando el alma reverente
se introduzca en lo profundo de aquel Seno…!;
¡y contemple, con su vuelo, al Amor que los envuelve
con la aurora arrulladora del abrazo de su Beso…!
¡Qué misterio tan sublime…!
¡Qué momento…!,
cuando se abran los Portones suntuosos de aquel Templo;
y se corran las cortinas,
y se descubra el Misterio;
y los Soles luminosos resplandezcan refulgentes
de aquel pecho palpitante del Excelso…

¡Qué momento el de la muerte!,
que desgarra con su noche lastimera
las angustias del destierro,
y despide, tras el grito de su hielo,
las cadenas de este cuerpo,
para dar paso a las almas que se lanzan,
como en misterioso vuelo,
a las puertas suntuosas y magníficas del Cielo.¡Qué momento el de la muerte!,
cuando el cuerpo quede yerto,
cuando el alma se remonte velozmente,
como un águila triunfante,
tras la brisa de su vuelo,
a cruzar los hondos senos del abismo
que separan a la vida de la muerte,
a la tierra de los Cielos,
a los hombres de los Ángeles,
a la Gloria y al destierro,
en un vuelo deslumbrante
hacia el Seno venturoso del Dios Bueno.

Y cual águila imperial, liberada del cadáver,
vuele el alma victoriosa hacia los Cielos
a saciar las resecuras de las ansias de sus hambres
en los claros Manantiales de las aguas del Eterno,
donde brota a borbotones un torrente cristalino,
para saciar los sedientos
que traspasan los umbrales del destino…

¡Oh Portones de los Cielos
con sus cortinas triunfales
que ocultan, tras su misterio,
el Sanctórum que es velado
por las ráfagas candentes de sus fuegos,
y al Inmenso que se oculta
con su gloria tras sus velos…!

¡Oh Portones suntuosos!,
cuando corráis las cortinas, y yo entre tras mi vuelo…

¡Oh Portones de la Gloria!,
abrid paso, que ya llego.
¡¡¡Voy de vuelo!!!

 

29-1-1973

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia