Mes de mayo… mes de María. Cuántas manifestaciones de cariño a nuestra Madre del cielo podemos contemplar durante estos días en casi cualquier punto de nuestra geografía: ofrendas de flores, procesiones, novenas, cantos y plegarias. En todas ellas, recordamos el «sí» valiente con que la Virgen respondió siempre a Dios y el amor maternal que extiende sobre todos nosotros, sus hijos.

Qué hermoso sería que, a esas preciosas muestras de piedad popular, añadiéramos un conocimiento profundo y cálido de la Señora. Un conocimiento que nos conduciría de la mano a una veneración aún más gozosa de María, obra maestra y «portento de la gracia» realizados por el Creador.

Por ello, en el tema que te ofrecemos a continuación, vas a tener la oportunidad de redescubrir alegre y sabrosamente las grandezas de María, que no son ni más ni menos que las grandezas que Dios realizó en ella para nuestra salvación.

 

  

«María es un portento de la gracia»

[…] El obrar de Dios es tan perfecto como Él mismo; por lo que la manifestación de su esplendidez hace trascender al alma que la saborea hasta el mismo pecho del Altísimo, donde bebe a raudales en los chorros sapientales de su inexhaustiva sabiduría; sabiduría que, en la donación esplendorosa de su poder, se dice a los hombres, a través de Nuestra Señora, con corazón de Madre y amor de Espíritu Santo.

María es un portento del poder de Dios. La Virgen es intrínsecamente ‘Nuestra Señora de la Encarnación’, pues para la Encarnación Dios la creó, haciendo de Ella un prodigio de la gracia en manifestación radiante del Omnipotente.

Cuando el Ser infinito determinó, en un derramamiento de misericordia, darse al hombre, en ese mismo instante sin tiempo de la Eternidad, concibió a María, en su sabiduría eterna, para la realización del misterio de la Encarnación, incorporándola a la donación de su amor en manifestación de la esplendidez de su gloria. […]

¡Qué concierto, el de la Eternidad, de inéditas canciones en una sola Voz, salida de las entrañas engendradoras del Padre, con el arrullo amorosamente consustancial del Espíritu Santo en Beso de Amor…! Y María es, en todo su ser, la creación-Madre, que expresa, en deletreo silencioso, el concierto infinito de Dios en el romance amoroso de su ser eterno para con el hombre. […]

Todos los atributos divinos Dios se los es en sí, por sí y para sí; pero hay uno en la perfección del Ser Increado, que, a pesar de sérselo Dios en sí y por sí, no lo es para sí, y es el atributo de la misericordia; ya que éste es el derramamiento del Poder Infinito en manifestación amorosa sobre la miseria.

[…]Y ya Dios se es Misericordia, porque el Amor Infinito se dio al hombre en la esplendidez magnífica de su desbordamiento. […]

Y a María, que es el medio por donde la Misericordia divina se nos da, se le podía de alguna manera llamar: Manifestación de esa misma Misericordia y donación de ella con corazón de Madre y amor de Espíritu Santo. […]

Está el Espíritu Santo envolviendo a María con los requiebros de amor del Esposo más enamorado, en comunicación de todos sus infinitos atributos. La está queriendo…, la está enjoyando…, la está hermoseando…, ¡tanto, tanto, tanto…!, que se está plasmando en Ella en Beso de amor y recreo de Esposo. ¡Tan secretamente…!, ¡tan maravillosamente…!, que, en ese instante-instante prefijado por Dios desde toda la Eternidad, el mismo Espíritu Santo va a besar a Nuestra Señora toda Virgen tan divinamente con un beso de fecundidad, que la va a hacer romper en Maternidad divina. ¡Tan divina…!, que el Verbo del Padre, el Unigénito consustancial del Increado, va a llamar a la criatura en pleno derecho: ¡Madre mía…!, con la misma plenitud que la Virgen Blanca va a llamar: ¡Hijo mío…! al Unigénito del Padre, Encarnado. […]

¡Oh sapiencia del Padre, que, envolviendo el alma de Nuestra Señora, la saturaste tan pletóricamente de tu infinita sabiduría, ¡tanto…!, que, en la medida que fue Madre de tu Unigénito Hijo, en esa misma medida Tú la penetraste de tu luz, en el derramamiento de tu paternidad, para llamarla: ¡Hija mía…! Y así como el Hijo llamó a María: ¡Madre mía!, desde el instante de la Encarnación Dios obró en Ella un portento de gracia tan maravilloso, ¡tanto, tanto!, tan pletórico, que, en esa misma medida, aunque de distinta manera, fue Hija del Padre y Esposa del Espíritu Santo. […]

La Maternidad divina de María es tan grande como grande es su desposorio con el Espíritu Santo, Esposo de su fecunda virginidad, y como grande es su filiación con relación al Padre, en la penetración disfrutativa de su infinita sabiduría.

Y así como el Espíritu Santo, al besarla en el arrullo de su amor, en la caricia de su brisa, en el abrazo de su poder y en la fecundidad de su Beso, la hizo amor de su infinito amor, en participación de su caridad en donación de Esposo, así el Verbo, al llamarla: ¡Madre!, la hizo tan Palabra, ¡tanto!, que la Virgen, como expresión de la realidad que era y que vivía por el poder de la gracia que sobre Ella se había derramado; pudo llamar a Dios: ¡Hijo mío! Dándosele el Padre Eterno en tal plenitud de sabiduría y con tal vivencia de los misterios divinos, que, ahondada en lo profundo de Dios, intuía desbordantemente en lo que el Ser se es en sí. […]

¡Oh Verbo infinito!, déjame, en tu Palabra y contigo, decir: ¡Madre mía! a María; y llamar: ¡Padre Eterno, Padre mío! a Dios. Déjame que, con María, yo pueda llamar: ¡Mi Espíritu Santo! a mi Esposo infinito. Y que así, desde el seno de María y por Ella, anonadada bajo la pequeñez de mi miseria, –ya que me ha sido dado contemplar, en penetración adorante, el misterio de la Encarnación–, poder responder con Ella a la Infinita Santidad derramándose sobre mi Madre Inmaculada en Trinidad de Personas bajo la actuación personal de cada una de ellas. […]

¡Silencio…! Que el Espíritu Santo, impulsado por la voluntad del Padre, en el momento prefijado en su plan eterno para realizar la Encarnación, está abriendo el seno del mismo Padre, en el impulso de su amor, para coger al Verbo y meterlo en el seno de Nuestra Señora.

¡Silencio…! Que está el Verbo rompiendo en Palabra de una manera tan maravillosa, ¡tanto…!, que, como Palabra infinita del Padre y en manifestación de su voluntad amorosa sobre el hombre, por el impulso del Espíritu Santo, va a pronunciarse en el derramamiento infinito de la eterna misericordia de Dios tan trascendentalmente, que va a romper llamando a la criatura, en derecho de propiedad: ¡Madre mía…! […]

María, porque eres Madre de Dios Hijo, Hija de Dios Padre y Esposa del Espíritu Santo, en la medida sin medida que el portento de la gracia obró en ti, yo hoy, en pleno derecho, te llamo también: ¡Madre mía! […]

Nuestra Señora toda Blanca de la Encarnación, dame al Padre con corazón de Madre, adéntrame en su sabiduría y penétrame con su luz: ¡con ésa de la que Tú estabas tan maravillosamente poseída, que te hacía saber, en saberes de penetración disfrutativa, el misterio de Dios en sí y en el derramamiento de su misericordia hacia nosotros! […]

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
 
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 5 “María es un portento de la gracia