Todos los artistas, cuando van a realizar una obra de arte, tienen algo que les inspira, un modelo que es lo suficientemente bello y rico para tocar su creatividad y forjar algo realmente grande y hermoso. También esa es una de las mil maneras en que la Madre Trinidad presenta la relación de la Virgen María con el misterio de la Iglesia: Dios crea a María mirando a la Iglesia y en vista de la Iglesia:

«Dios creó, mirando a su Iglesia y amándola, una Madre para Él y para su Iglesia Santa, y le dio todo aquello que en la Iglesia había de depositar; de tal forma que toda la donación de la Trinidad a su Iglesia, antes de ser entregada a ella, la depositó en la Madre de la Iglesia, por el misterio de la Encarnación, mediante su Maternidad divina y universal, para que Ésta se la diera con corazón de Madre, canción de Verbo y amor de Espíritu Santo. Quiso el Amor dar una Madre a su Iglesia Santa, y para dársela según Él mismo necesitaba, primero se la hizo para Él, para podernos dar su misma Madre.» (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 1, tema: El verdadero rostro de la Iglesia)

Pero la razón profunda por la que María y la Iglesia están intrínsecamente unidas es porque la Iglesia tuvo su origen en el seno de la Virgen, en el momento sublime y trascendente de la Encarnación:

«Al encarnarse el Verbo en María, se trae consigo al Padre y al Espíritu Santo, ya que el Verbo siempre mora en el seno del Padre y en la unión del Espíritu Santo. Y el Verbo Encarnado recoge en sí a los hombres de todos los tiempos y los trae consigo al seno de María; obrándose en la Señora, en y por el misterio de la Encarnación, la unión de todos los hombres con Dios; comenzando entonces, aunque en germen, la fundación de la Iglesia. Ya que la Iglesia es la congregación y reunión de todos los hombres, por Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo, en el seno de María, bajo la Maternidad divina y universal de la Virgen, Madre, Reina y Señora de la Encarnación. » (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 15, tema: La Iglesia misterio de unidad)

No se trata de hablar por separado del misterio de la Virgen y del misterio de la Iglesia, sino precisamente de la relación entre ambas. A veces, en teología, se comete el error de aislar un tema para tratarlo por separado, y así lo único que se consigue es empobrecerlo. En la medida que se unen los distintos misterios de nuestra fe, se van comprendiendo y llenando de sentido y profundidad. Por eso es frecuente, en los escritos de la Madre Trinidad, ver cómo «salta» con agilidad de un misterio a otro, y cómo así van arrojando luz unos sobre otros hasta completar el cuadro bellísimo del plan de Dios. Así pues, al hablar de la relación de María y la Iglesia, es como si se tratara de un prisma lleno de caras, que son distintas formas de mirar el misterio en sus múltiples matices, estilos, detalles, maneras de ser… También la Madre Trinidad habla de María como el gran regalo de Dios a su Iglesia, y una de las más preciosas perlas de su real corona:

«María, la Señora, es donación de Dios a su Iglesia. No quiso mi Padre Dios que faltara nada en la corona real de mi Iglesia Santa, y como quería que fuera engalanada con todos sus dones, también, como regalo de amor, para que nada le faltara, le dio a su Madre por Madre. ¡Así ama el Padre a su Iglesia, dándole a su Hija por Madre; el Hijo, dándole a su Madre por Madre; y el Espíritu Santo, dándole a su Esposa por Madre! María es la gran donación de la Trinidad a su Iglesia, siendo la Virgen el medio por el cual el Padre le dice su Palabra, el Espíritu Santo se la entrega y el Verbo muere crucificado por ella; ya que, por voluntad divina, metiéndola en el plan de la Redención, la Virgen fue el medio que Dios se escogiera para donarse a su Iglesia.» (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 1, tema: El verdadero rostro de la Iglesia)

No podemos pasar por alto que, al estar profundamente unida a la Iglesia, María contiene también en su seno toda la tragedia de esta Santa Madre, con todos nuestros pecados y sus consecuencias; hecho que Jesús quiso manifestar en la cruz, al presentarnos visible y palpable mente a María como Madre nuestra:

«Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 27)

«Y con una mirada de hijo bueno, desprendiéndose de todo lo que era consuelo y amparo, queriendo amparar a la Madre que deja desamparada, da a la Iglesia su misma Madre, para que Ésta sea, como repercusión y sobreabundancia de su misma Maternidad divina, ¡la Madre de la Iglesia! ¡Qué dolor sentiría la Virgen al sentirse Madre, en todo su ser, a través de Juan, de todos los hombres y, por lo tanto, de todos aquellos hijos que, en lo más horrible de la ingratitud, daban muerte a su Hijo divino…!» (Libro: “La Iglesia y su misterio”, tema: “El Solo”)

«Así la Iglesia, ánfora preciosa repleta de Divinidad, perpetuación y manifestación perenne del misterio de Dios con los hombres y de los hombres con Dios en el seno de María y bajo el amparo y la manifestación de su maternidad, sufre y goza, reina y fracasa en un fracaso aparente como el de Cristo, guardando y oprimiendo, como la Señora, en el silencio de la incomprensión, los grandes misterios de su vida y de su agonizar.» (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 2, tema: La promesa de la Nueva Alianza)

Pero todos los aspectos que aquí hemos resaltado, y todos los que pudiéramos decir, tienen su cumbre en el misterio de María, Madre de la Iglesia, advocación sobre la que la Madre Trinidad hablaba con profundidad y valentía incluso antes de su declaración oficial en el Concilio Vaticano II. Dicho con sus propias palabras:

«La Iglesia es con María aquella Nueva Mujer que en el Antiguo Testamento aparecía refulgente de luz y que todos esperaban como salvación de su Pueblo. Porque, al encerrar y ser en sí la perpetuación del misterio de la unión de Dios con el hombre, es también la que tiene entrañada en ella el principio y fundamento de la Promesa de Dios al hombre, que es la Encarnación. Y, por lo tanto, como la Encarnación se realizó y la Promesa cumplida fue hecha y consumada en el seno de María, la cual, por ser Madre de Cristo, no sólo lo es de la Cabeza sino de todos los miembros, y Madre que perpetúa su maternidad cuanto duren la Cabeza y los miembros, también la Iglesia tiene a María como Madre durante todos los tiempos.» (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 2, tema: La promesa de la Nueva Alianza)

Sepamos reconocer en este mes de mayo la presencia de la Virgen en nuestra vida; presencia que la Madre Trinidad supo saborear y reconocer desde el comienzo de su vida, viendo en María la Mediadora por la que Dios se complace en darnos todo lo que necesitemos:

«Cuántas veces, iluminada por el Espíritu Santo, he comprendido, subyugada de amor, que todo cuanto Dios me ha dado, me da y me dará, será por y a través de la maternidad de María, y que en la medida que viva mi filiación con Ella, Dios se me comunicará. María me lleva a Dios, y yo, como criatura pequeñita, poseo lo imposible en la medida y dimensión que me introduzco en el Sancta Sanctórum de las entrañas virginales de Nuestra Señora.» (Colección “Luz en la noche – el misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”, opúsculo 4, tema: Plenitud del Sacerdocio de Cristo)

Y por si alguien no ve esto como algo presente y cercano, he aquí una nota muy actual y esperanzadora: la Madre Trinidad también ve que el resurgir de la Iglesia, y la manifestación de su verdadero Rostro ante el mundo, tienen que venir de manos de la Virgen. Es Ella la que con sus soles y con el influjo de su Maternidad divina hará que la Iglesia aparezca ante todos los hombres llena de luz y limpia hermosura, saturada de Divinidad y hermosa, libre de su velo de luto, que son nuestros pecados, y de la nube de confusión que la envuelve. Por eso la Madre Trinidad nos recuerda con fuerza, para nuestro disfrute y nuestra esperanza:

«¡Cuánto amor hemos de tener a la Virgen…! Por Ella tienen que romper en el seno de la Iglesia los soles del Espíritu Santo, para disipar las densas nieblas que envuelven a la nueva Jerusalén. La Virgen es la que nos dio y nos da a Jesús, y, por Él y con Él, al Padre y al Espíritu Santo, el cual es luz de infinitos resplandores que, por la Señora, quiere irrumpir en el seno de la Iglesia con los fulgores de su infinita sabiduría amorosa.» (Libro “Frutos de Oración”, pensamiento nº 706)

Terminamos la reflexión con este broche final: una de las poesías más bellas, en cuanto a forma y a contenido, del «arsenal» de los escritos de la Madre Trinidad, en la que ella cumple fielmente con su misión, encomendada por Dios a su alma, de cantar las grandezas de María, poniéndola, así, en el lugar que le corresponde dentro del seno de la Iglesia:

María es un portento de la gracia

María es un portento de la gracia,
creada por la mano del Inmenso,
que muestra su esplendor lleno de dones
al mirar compasivo mi destierro.

María es un misterio que arrebata
a quien trasciende sobre lo terreno
y penetra, con luz del Infinito,
el fruto portentoso de su seno.


Es arrullo de Dios mi Madre buena,

jardín claustral de inéditos ungüentos,
perfume que penetra y embellece
la inmensa inmensidad del Universo.

Es recreo de Dios cuando se asoma
desde su Eternidad en luz del Cielo,
porque encuentra su gozo en sus entrañas,
en el silencio oculto de su pecho.

Es María sencilla cual paloma,
que esconde, en el arrullo de su vuelo,
a aquel Sancta Sanctórum del Dios vivo,
que no cabe en la bóveda del Cielo.

¡Misterio de misterios es María!,
¡milagro de milagros del Inmenso!

28-8-1973