El pasado domingo, el Santo Padre, en la Misa de clausura del Año de la Fe, ponía ante nosotros la figura de Cristo, como “centro de la historia de la humanidad y centro también de la historia de todo hombre”, “centro de la creación y centro de la reconciliación”.

Al final de esta serie de publicaciones con motivo del Año de la Fe queremos ofrecer este bello escrito de la Madre Trinidad. En él nos adentra en el misterio del alma de Cristo; y declara aquello que es su misión y el anhelo de su alma, transmitido a través de este Blog durante todo el Año: “he cantado mi canción. He llenado mi misión como «Eco de la Iglesia mía», repitiendo los sentimientos profundos del alma de Cristo en derramamiento de amor a los suyos y en necesidad de respuesta”.

Sirva, pues, como hermoso broche final.

“¡Qué grande y qué pequeñito
es ser ‘Eco’ de la Iglesia mía!”

 

El día 19, durante el santo Sacrificio del altar, sangrando de dolor en mi espíritu, he mirado a Jesús y he comprendido como nunca el porqué de la hondura de su vivir, del desamparo de sus penas y de la tragedia de su corazón… He visto la grandeza de la perfección del alma de Cristo. […]

Qué desamparo por parte de los hombres…! ¡Qué agonías las de su corazón! ¡Qué amor…! ¡Qué capacidad, al poder abarcarnos a todos y a cada uno de nosotros, en aquel instante de su vida, con todos y cada uno de los amores o ingratitudes de las nuestras…! ¡Pero qué herida he visto el alma de Cristo…! ¡Pero qué herida he visto el alma de Cristo…! ¡Qué sangrantes y qué punzantes éramos cada uno de nosotros en su espíritu! ¡He quedado espantada de que Cristo pudiera resistir tanto dolor…! […] penetrando dolorosamente en esta frase de la Sagrada Escritura: «Busqué quien me consolara y no lo hallé…».
¡Qué trágica desolación la de Jesús en la cruz…! […]

¡Cuántas veces durante toda mi vida he sido introducida por Cristo en su alma santísima, sabiendo, de saborear, su donación amorosa a los hombres…! Pero nunca como este día he descubierto ese «punto» sangrante de su espíritu, donde todos y cada uno de los hombres, como una flecha aguda en taladrante penetrar, somos introducidos en su hondura.

Jesús es el «Grito sangrante» del Amor infinito en donación amorosa a los hombres, es el «blanco» donde las saetas incandescentes del mismo Amor infinito son lanzadas, y el «blanco» también donde todos los hombres, que, como flechas, le van asaeteando en amor o en dolor, en entrega o en ingratitud.

¡Alma de Cristo, desconocida…! ¡Corazón de Jesús, taladrado, receptor viviente de amor y de ingratitud…! […]

Toda la vida del Verbo Encarnado sobre la tierra fue un misterio de amor y de desamparo de entrega por parte suya y de ingratitud por la nuestra. […]

El Espíritu Santo, impulsado por la voluntad del Padre, besa el alma de Cristo «allí», donde cada uno de los hombres son una realidad viva, vivida y amada por nuestro Redentor… […]

Él pide con necesidad urgente nuestra respuesta a su amor infinito: «Que sean uno, ¡oh Padre!, como Tú y Yo somos uno» y que «donde Yo esté estén también los que me diste». Que estén «allí», ¡oh Padre!, en tu seno y en mi seno, para que sean uno con nosotros en el amor del Espíritu Santo.

Pero la capacidad de Cristo es tan grande, tan perfecta, tanto, ¡tanto!, que con todos y cada Uno de los hombres tiene esta misma vivencia en tragedia de amor que se entrega y exige respuesta. […]

¡Cómo he comprendido en este día lo que éramos cada uno de nosotros para su alma santísima…! Y al verle en la cruz, como un pingajo, he comprendido también que mi pena era sólo reflejo de la suya porque era amor Espíritu Santo y fruto de ese amor desgarrado… […]

He mirado a Jesús y me he mirado… y me he sentido nuevamente, no sólo el «Eco de la Iglesia mía», sino el Eco del alma de Cristo. […]

Cristo se ha vuelto al Padre queriéndole glorificar, y lo ha conseguido del modo sangrante que en su naturaleza humana ha podido. Pero el Padre, para que el dolor de su Hijo en fruto de reparación para Él y manifestación de amor para las almas sea más fuerte, ante la agonía de su corazón, le ha dejado en silencio de muerte…

Jesús busca consuelo en los Apóstoles ¡y también un silencio de muerte le ha respondido…! ¡Cómo necesitaba Jesús en aquellos momentos de dolor, de la cercanía espiritual y física de los que amaba…! Pero, en la demostración total de su desamparo, ¡estaba solo…! Allí se encontraba su Madre y el discípulo a quien amaba… Así también se sintió mi alma. […]

La Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

¡Qué grande es ser «Eco de la Iglesia mía»…! ¡Qué grande es ser Eco de Jesús y de María…! ¡Qué pequeñito es el eco…! sólo y siempre repite… […]

He llenado mi misión como «Eco de la Iglesia mía», repitiendo los sentimientos profundos del alma de Cristo en derramamiento de amor a los suyos y en necesidad de respuesta. […]

El «Eco» de Jesús ha repetido, en su modo pequeñito de ser, algo de la hondura del misterio del Redentor… Y si el Espíritu Santo no hubiera venido con consuelo de Esposo y cicatrización de amor, hubiera muerto de angustia como Jesús en el Calvario. […]

¡Qué grande, qué inmenso he visto a Cristo…! Qué aplastado por su amargura…! con qué necesidad de respuesta ante su amor infinito para con sus hijos…! y ¡qué solo en el desamparo del Calvario…! […]

Yo soy el «Eco de la Iglesia mía» en todo cuanto encierra y contiene. Soy expresión de su vivir, de su tragedia y de su Canción, y por eso me abraso, en las contenciones de mis apreturas, por el toque sabroso, deleitable e íntimo del Espíritu Santo. […]

¡Qué grande es ser Iglesia…! Si yo, que sólo soy dentro de ella su «Eco» pequeñito, me siento sólo alma para vivirla en las contenciones de sus apreturas, ¡¿qué será el manantial de sus inexhautivas perfecciones…? […]

¡Ya no me importa sufrir aunque sea el desamparo de los que más amo…! pero no por eso he de dejar de sentir mi amargura, mi pena y mi desolación… ¿Cómo seré «Eco» pequeñito del alma de Cristo, si no repito su vivir en canción de amor a los hombres? […]

Gracias por hacerme Eco pequeñito de tus contenciones. […]

¡Gracias, Señor porque no soy un ángel y puedo sufrir contigo tu redención…! […]

¡Cuánto he vivido hoy…! Cómo podrá comprender, el que no vive su ser de Iglesia, lo que es serlo, y, dentro de ella, ser el «Eco» que repite cuanto es, cuanto vive, cuanto encierra y cuanto contiene en la apretura del misterio de Dios con ella, en la contención del misterio de Cristo y en la hondura de la Maternidad de la Virgen… Y todo esto dentro del ámbito de la voluntad divina, realizada por el impulso, el amor y la acción santificadora del Espíritu Santo…

¡Gracias, Señor, por haberme hecho «Eco» de todo tu misterio en el seno de la Iglesia!

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia

 

Fragmento del escrito: “MI MISIÓN ES SER ECO” (Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opús. nº 3)

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Vídeo de la Madre Trinidad titulado “Encarnación y momento presente”, que fue grabado el 18 de agosto de 1992. Duración 35 minutos. (Pulse la tecla PLAY):