«Tengo sed…»

Cuántas veces se ha grabado en nuestros corazones, al releer reverentes la Pasión, este lamento de Jesús en la cruz. Pero es muy probable que nunca haya suscitado en nosotros la sorpresa que inunda el alma de la Madre Trinidad y que le hace exclamar:

«El que es “la Fuente de la vida, el Manantial que salta hasta la vida eterna”, está gritando en un desgarro de dolor: “¡Tengo sed…!”. 

Jesús, y Tú ¿de qué puedes tener sed, si eres el Verbo del Padre, que estás contemplando cara a cara su ser eterno, y que no puedes vivir, por razón de tu persona que es ser Palabra en Dios, nada más que para cantarle y manifestarle? […]

Jesús tiene sed de gritar: ¡Dios…!; tiene sed de gritar, por su naturaleza humana, el Amor Infinito que, ardiendo en el seno de la adorable Trinidad, saltó a las entrañas de María para, desde allí, darse a la Iglesia en Canción sangrienta de amor eterno»

529-02La respuesta nos llena el alma de luz. Nos evoca, además, el mandato misionero de Jesús a sus Apóstoles, que resuena con más fuerza, si cabe, en este mes misionero de octubre. Este mes en el que la Santa Madre Iglesia nos invita a vivir esa sed de Jesús con la mirada puesta en lo que el Papa Francisco, en su mensaje, ha llamado la “grande e inmensa obra de misericordia” de la Iglesia: las misiones.

La sed de almas, ha sido y es una constante en la vida de la Madre Trinidad, desde aquella primera petición de Dios «¡Vete y dilo!, ¡esto es para todos!» del año 1959, que selló su alma con la misión de «ser Iglesia y hacer de todos Iglesia». En palabras de la propia Madre Trinidad en una de sus charlas:

«El Amor nos urge, la gloria de Dios no espera, las almas nos llaman. Nuestra misión es cantar, cantar; unas veces “entre el vestíbulo y el altar”, porque esa ha de ser nuestra postura siempre; y, una vez llenas nuestras horas de oración, en apostolado y en comunicación directa con las almas.

Siento un atractivo especial hacia las tierras de misiones; siento la necesidad de correr, correr e irme allí donde están las almas más desamparadas de la tierra, y cantarles las riquezas de nuestro Padre Dios, de Cristo, de María y de mi Iglesia Santa… A esas almas que no saben de corazón de Padre, ¡que no saben de corazón de Dios! ¡que no saben de vida divina ni de Amor eterno!».

Recientemente, uno de los muchos Obispos que vienen a hacer el retiro de “El Plan de Dios en la Iglesia” a una de nuestras casas, expresaba directamente a la Madre Trinidad esa sintonía que sentía con ella de dar a conocer la vida de Dios, que se convertía en una necesitad urgente y fortísima de poner toda su vida a disposición del Señor para su gloria y salvación de las almas. Todo ello como fruto de una gran intimidad con el Dios del Sacramento, fuente verdadera de todo impulso misionero.

En estos últimos años – aún en vida de la Madre – el Señor ha querido comenzar a colmar también ese anhelo que Él mismo grabó en su alma, con los ya numerosísimos viajes apostólicos de La Obra de la Iglesia a los más dispares puntos del mundo.4502

En próximas publicaciones del blog, a lo largo de este mes de octubre, os iremos haciendo partícipes de esos viajes apostólicos en los que La Obra de la Iglesia acude a la llamada de señores Obispos de todas partes, que piden que se derrame sobre sus diócesis la inmensa luz que Dios ha encendido para todos, en la Iglesia, a través de la Madre Trinidad.

La presente publicación es sólo una introducción que pretende abrir el apetito para lo que vendrá después. Pero además, y por encima de esto, con ella queremos ayudaros – ayudarnos- a reavivar esa sed de almas que debe hacer de todos nosotros misioneros con nuestra vida, con nuestra palabra y, ante todo, con nuestros largos ratos de oración ante Jesús Eucaristía.

Pidamos por el fruto de todos esos viajes. Seamos, de esta manera, a través de la oración y el sacrificio, verdaderos misioneros de la forma más plena y eficaz, para gloria de Dios y bien de todas las almas.

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