La grandeza del hombre se comprende cuando se conoce la grandeza de Dios. No solamente no hay rivalidad entre Dios y su criatura, sino que además, siendo el hombre reflejo vivo del Dios viviente, hasta que no aprende a vivir de Dios se queda con una potencialidad inmensa pero dramáticamente insatisfecha.

Y cuando se encuentra con el infinito Ser, su generoso Creador, alcanza dimensiones de vértigo, de magnitud insospechada, ¡participe de la vida divina y heredero de su gloria!

 

“Dios se es en sí, por sí y para sí su misma razón de ser
en un acto coeterno e infinito de vida trinitaria.
Y mirándose en lo que a Él le hace ser Dios,
crea al hombre a su imagen y semejanza,
para que pueda ser hijo suyo,
heredero de su gloria y partícipe de la vida divina”

 

¡Oh Soberanía eternamente trascendente del Infinito Poder!, […] mi pobre alma, temblorosa y traslimitada, tiene que expresar con ocasión y sin ella, como pueda, los misterios divinos. […]

En Dios no existe el principio, porque nunca ha comenzado; ni tendrá fin, porque nunca termina; siéndose el Imprincipio, fuera de la bóveda de la creación y de la sucesión del tiempo. […]

Y toda su exuberante e inexhaustiva perfección Él se la ve, Él se la mira, Él se la contempla, Él se la abarca y se la posee en su acto de Contemplación rompiendo en fecundidad de sabiduría explicativa. […]

¡Y Dios se es Padre y Dios se es Hijo y Dios se es Espíritu Santo! ¡Y se lo es por su ser subsistente e infinitamente suficiente en sí mismo, por sí mismo y para sí mismo! ¡Oh lo que es Dios, que todo cuanto puede ser se lo es en su solo acto familiar de vida trinitaria!. […]

Y tan fecunda e inexhaustivamente te lo eres, ¡oh Padre!, que irrumpes, por la fecundidad exuberante de tu ser, […] en amor retornativo, […] en espiración amorosa de infinita Sabiduría sabida en Explicación cantora en un solo acto de ser, al Espíritu Santo; Amor radiante paterno-filial de penetrante y sapiental sabiduría, recibida del Padre y del Hijo; que abraza, en un romance infinito, el misterio trascendente, consustancial y trinitario del ser, sido por el Padre en sabiduría amorosa de Contemplación, expresado por el Verbo, y amado, como fruto de amor paterno-filial, en y por el Espíritu Santo; beso infinito del Padre y del Hijo en disfrute dichosísimo de Familia Divina. […]

Y Dios, que tiene en sí, por sí y para sí, todo cuanto pudiera necesitar sido y poseído en infinitud de serlo y poseerlo, sin que nadie le pueda aumentar, quitar o disminuir la dicha esencial que en gozo eterno se es; quiere, en un deseo voluntarioso de su infinito poder, crear seres que le participen, para la manifestación magnífica del esplendor de su gloria. «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza», «para llegar a ser partícipe de la naturaleza divina» (Gén 1, 26; 2 Pe 1, 4).

Y, como en un derroche de derramamiento de su amor, crea criaturas que puedan vivir por participación de su mismo gozo en disfrute eterno; y lo hace de una manera tan infinitamente trascendente que, en la misma y única Mirada que Dios se es, se mira, en voluntad creadora, en aquello que a Él le hace ser Dios, […] haciendo a la criatura capaz de ser Dios por participación, hijo suyo, heredero de su gloria, y por lo tanto, partícipe de la misma vida divina. […]

¡Qué feliz es Dios y qué bueno! que, en un derramamiento desbordante de su voluntad, crea seres para que le posean. Ante lo cual, Dios mismo, sin poderse gozar más que en sí, por sí y para sí, saca de su gozo esencial un gozo accidental que le hace gozarse amorosamente en infinita complacencia, y nos crea a su imagen y semejanza de un modo tan sublime, que la criatura es elevada a la dignidad excelsa de ser hijo de Dios y heredero de su gloria. […]

Nos hizo cuerpo y alma, y nos dio capacidades con las cuales pudiéramos llenar las exigencias de poseer que Él puso en nuestro ser. […]

El hombre, por su vida de gracia, es capaz de vivir la misma vida que Dios vive, en comunicación íntima con la Familia Divina, dentro del seno infinito de la Trinidad. […] Pues, no sólo nos ha metido en su vida dándonos a participar de su actividad eterna, sino que, además, nos creó para que participáramos de las infinitas perfecciones de su Ser. […]

Y también Dios dio al hombre capacidades de poseer toda la creación, […] ¡Hombre, creado para dar sentido a la creación, para ser la voz que responda por toda ella ante el Creador…! […]

Y el hombre miró a Dios, y le vio tan esplendoroso, tan rico, que cayendo subyugado, lleno de reverente respeto, en retornación de agradecimiento y amor, ¡le adoró!.

Pero, se miró a sí y se vio reflejo vivo de Dios, manifestación de sus infinitas perfecciones; se vio Dios por participación, rey de la creación, dominador, poseedor de ella, feliz…

Y, ¡oh locura de la mente de la criatura frente al Creador!, se creyó suficiente, como Dios, y, en un delirio de inimaginable insensatez y locura, volviéndose a su Creador le respondió: ¡no me someteré a tu plan!.

¡Terrible momento…!, ¡escalofriante…!; ¡tan incomprensible como absurdo…! Con este «no» monstruoso, el hombre había roto los planes de Dios sobre él, como los rompió Luzbel. «Ellos en Adán han quebrantado la Alianza, allí me han sido infieles» (Os 6, 7).

Vuelve nuevamente a mirar a Dios y, ¡oh sorpresa!, ¡le ha perdido…! Y, al perderle, se ha quedado sin sentido, sin razón de ser. […] ¡Y con Él, lo ha perdido todo! Y así el hombre lo perdió todo y para siempre, quedándose «en tinieblas y en sombras de muerte». […]

Pero Dios, lleno de infinito amor misericordioso, nuevamente se volvió hacia el hombre que, desterrado, vagaba sin rumbo ni sentido por este peregrinar. Y, movido a compasión, pasando junto a él, le miró; e inclinándose hacia él, le habló de nuevo, llenando su alma de esperanza mediante la promesa de una Nueva y Eterna Alianza. […]

Y por el Verbo hecho hombre -que mediante el misterio de la Encarnación, y por la unión hipostática de la naturaleza divina y la naturaleza humana en su Persona divina, unió a Dios con el Hombre en un abrazo compasivo, lleno de misericordia y amor-, después de la rotura del plan de Dios, todas las cosas, no sólo ya fueron creadas, sino restauradas, por el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo. […]

¡Gracias, Señor! ¡Gracias, Señor…! Mi espíritu, reverente, anonadado y sobrepasado de agradecimiento, quiere ser un himno de alabanza de tu gloria, que manifieste de alguna manera, desde la miseria de mi ruindad, la excelsitud excelsa de tu infinita y coeterna Santidad, que nos pide, en frase de Jesús: «sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto», y «sed santos, porque Yo soy Santo» (Mt 5, 48; 1 Pe 1, 16), ante la exigencia de la sublimidad del fin para el cual hemos sido creados.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:
“Dios se es en sí, por sí y para sí su misma razón de ser en un acto coeterno e infinito de vida trinitaria. Y mirándose en lo que a Él le hace ser Dios, crea al hombre a su imagen y semejanza, para que pueda ser hijo suyo, heredero de su gloria y partícipe de la vida divina”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 8)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Dios nos crea mirándose en lo que a Él le hacer ser Dios “, que fue grabado el 9 de julio de 1989 (pulse la tecla PLAY):


La Madre Trinidad, rodeada de un grupo de familias de La Obra de la Iglesia, en un día de campo en Navalperal de Pinares (Avila). Año 1988.

Lo más grande de la creación, más que el tiempo, el espacio y el universo entero, es el hombre, creado para ser Dios por participación. (7-1-65)
Con el «no» del hombre se rompió el plan divino; pero la donación de Dios se hizo aún más generosa y Dios recibió más gloria, porque su mismo Hijo, haciéndose uno de nosotros, le dijo un «sí» infinito, glorificándole infinitamente, cosa que nosotros nunca hubiéramos podido hacer. (9-1-65)
Dios me creó, no para que le contemplara como un espectáculo esplendoroso y aplastante, sino para que, adhiriéndome en un sí incondicional a su plan eterno, entrara en su gozo y viviera por participación de la misma vida que Él vive. (23-1-60)