El que descubre la vida de oración corre directo al encuentro con Dios. El texto de esta semana transmite deseos de buscar a Dios y de encontrarle vivo y palpitante. La descripción es tan clara, sencilla y convincente que pone al alma en necesidad de oración eficaz y verdadera.

Orar con fe es la garantía de obtener del corazón de nuestro padre Dios lo que Él tiene preparado para concedernos y que está esperando le pidamos.

Capilla de la casa de apostolado de La Obra de la Iglesia, de San Pedro Apóstol, en Roma.


 

“Cuando oréis, decid: Padre nuestro”

Dios vive el misterio insondable y trascendente de su vida trinitaria en la plenitud apretada de su infinita perfección; siendo y teniendo en sí, por sí y para sí, en su acto abarcado y coeterno de vida, todo cuanto infinitamente pudiera apetecer, ser y poseer; no necesitando nada fuera de sí para ser y tener cuanto es y cuanto tiene, porque es, en infinitud, todo lo que infinitamente puede ser; y lo es, en su perfección coeterna de serlo, por infinitud infinita de perfecciones y atributos, y tiene cuanto puede tener; a pesar de poder ser y tener todo en subsistencia abarcada, divina, eterna e infinita.

El hombre es lo que Dios ha querido que sea, y tiene cuanto Dios gratuitamente ha querido darle. Dios quiso crearle a su imagen y semejanza para que fuera expresión en reverberación de su infinita perfección, y para que le poseyera por gracia, participando de su misma naturaleza divina. […]

Fue plan de Dios llevarnos a Él, al crearnos a su imagen y semejanza; es plan de Dios incorporarnos a Él por medio de la Redención; y es plan de Dios –que Él voluntariamente respeta– que su donación infinita sea recibida con y por nuestra colaboración; y por eso se nos da incondicionalmente, pero le recibimos en la medida en que nos abramos a su donación infinita y eterna. […]

¡Cuánto tiene Dios preparado para nosotros, y, a veces, qué poco recibimos, por no saber o no querer prepararnos ante el paso de su amor eterno…!. […]

«Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre os lo concederé» (Jn 15, 16)  ¡Todo! Dando tal fuerza a nuestra oración, que, por Cristo, en Él y con Él, bajo la fuerza y el impulso del Espíritu Santo, somos omnipotentes ante el Padre. […]

¡Qué manantial de gracias, de dones, de frutos y de riquezas tiene el Padre contenido en el volcán de su seno abierto, esperando de nuestra oración sencilla, cálida y familiar, para derramarse en frutos de vida eterna…!

¡Qué grande, qué omnipotente, qué poderoso es un hombre orando en postura sacerdotal a los pies del Sagrario…! Tanto que, ante él, el Cielo se abre para volcarse sobre la humanidad.

Éste es el misterio de la Eucaristía: la espera amorosa e incondicional del Amor Infinito buscando los corazones sencillos para entregárseles totalmente. […]

A los pies del Sagrario es donde se aprende a ser lo que tenemos que ser y a hacer lo que tenemos que hacer. Ante las puertas del sagrario, «los Portones suntuosos de la Eternidad», donde se oculta el Dios vivo, «Luz de Luz y Figura de la sustancia del Padre» (Cfr. Heb 1, 3), surge la vocación a la virginidad, al sacerdocio; florece la vida misionera y se llena de impulso nuestro corazón, de luz nuestro entendimiento, de amor nuestra voluntad y de fuerza nuestro actuar, para realizar los planes divinos con alegría y seguridad.

Por eso, cuando el hombre pierde su contacto con Dios, único fin para el cual fue creado, la oscuridad de la noche lo envuelve, deja de ser lo que tiene que ser, y, actuando en consecuencia, hace lo que no debe, o como no debe; entonces, no surgen vocaciones, la vida misionera languidece, el humanismo se apodera de los corazones, el confusionismo nos invade y las concupiscencias nos arrastran y esclavizan. […]

Está lleno el Amor de eternas misericordias, ardiendo en ansias infinitas de derramarse en torrentes de luz amorosa sobre la humanidad; pero espera la tendencia sencilla de nuestras vidas hacia Él, la petición clamorosa de nuestras oraciones para volcarse concediéndonos todo aquello que, en nombre de Jesús, le pidamos. «En esto está la confianza que tenemos en Él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha» (1 Jn 5, 14). […]

«Señor, enséñanos a orar…» (Lc 11, 1 ss).
Ante lo cual, Jesús, volviendo su mirada al Infinito, exclamó:

«Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre» y glorificado, para que esto se cumpla sobre todo y por encima de todo.

«Venga a nosotros tu Reino», para que nos encajemos en los planes eternos de Dios, viviendo aquí en fe y después en luz en su Reino y de su Reino.

«Y hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo». Esto es lo esencial y principal que Cristo quiso manifestarnos, enseñándonos a orar al Padre Celestial, para el encajamiento perfecto del plan de Dios. Y como consecuencia de todo ello:

«Danos hoy el pan nuestro de cada día» para sustento de nuestras vidas en este peregrinar.

Y «perdona nuestras ofensas», con la condición que nosotros «perdonemos a los que nos han ofendido»; amándonos unos a otros, según las palabras de Jesús, «como Él nos ha amado» (Jn 15, 12); ya que «no hay muestra de amor más grande que dar la vida por la persona amada» (Cfr. Jn 15, 13).

Y finalmente: «No nos dejes caer en la tentación», estando dispuestos a perder la vida, si preciso fuera, antes que ofender a Dios.

«Líbranos del Maligno», que anda «como león rapante y rugiente, buscando a quién devorar» (Pe 5, 8)  por las seducciones del mundo, mediante las concupiscencias de la carne.

Y al fin, unidos todos en el amor del Espíritu Santo, seamos uno como el Padre y el Hijo son uno, conozca el mundo cómo nos amamos, y Dios sea glorificado en ello. […]

Hijo de Dios, heredero de su gloria, partícipe de la vida divina, no sé cómo expresarte, decirte y grabar en tu alma cómo has de orar. […]

Dios nos pide entrar en el interior de nuestra casa, «en la recámara» donde sólo Él habita; «echar la llave», y allí, en profundo silencio, estarnos con nuestro «Padre que mora en lo secreto» y que busca la soledad y el silencio para comunicarse.

«Tú, cuando ores, entra en tu recámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6, 6). […]

Orar, como muchas veces te he dicho, hijo mío, no es complicarse la vida buscando modos y maneras para tratar con el Amor Infinito. Orar es ir a ponerte en contacto con tu Padre Dios como puedas. […]

Por eso, la oración unas veces será hablar con Jesús en el sagrario; otras, escucharle; otras, mirarle y sentirte mirado; descansar en el pecho del Amigo y hacerle descansar a Él; decirle que sí en una entrega total a su amor eterno; adorar en postración amorosa; abandonarte en sus brazos de Padre; sentarte en sus rodillas para que te cuente su secreto; apoyar tu cabeza, como San Juan, en el pecho del Divino Maestro; escucharle de rodillas como la Magdalena; mirarle embelesado, como los pequeñuelos; o quedarte en silencio, en saboreo suave, pacífico y silencioso de amor. […]

¡Qué grande es un hombre cuando ora…!Tanto, que se hace poderoso y omnipotente con el poder de Dios, siendo capaz de vivir y ser por participación, lo que Dios es y vive por naturaleza en el acompañamiento de su serse Familia.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito: 
 
“Orar es amar. La oración es omnipotente para el hijo de Dios que, sentado en sus rodillas,
con Cristo, por Él y en Él, bajo el impulso del Espíritu Santo llama a Dios: Padre”. 
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 16)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “Acompañar a Jesús en la Eucaristía y vivir con Dios en el alma”, que fue grabado el 11 de marzo de 1995 (pulse la tecla PLAY):


Procesión del Corpus Christi, organizada en uno de los campamentos de verano que cada año organiza La Obra de la Iglesia para niños y jóvenes.


El Señor necesita comunicarnos su secreto, decirnos su vivir, cantarnos su amor infinito, y para eso quiere que estemos con Él, escuchándole y dándole nuestro amor; así hará Él su obra en nosotros y, a través nuestra, en las almas; pero no olvides que no eres tú, es Él quien lo hará. (1-2-64)
Dios puede hacerlo todo por sí solo, sin necesitar de nosotros para nada; pero, desde el momento que quiso asociarnos a Él, hizo depender muchas cosas de nuestro modo de ser y actuar y, aún más, de la petición de nuestra oración. (6-12-73)
Para mí, orar es estar con el Señor escuchándole, descansando, adorándole, pidiéndole, la mayoría de las veces consolándole, entregándome… Y cuando parece que no puedo hacer nada por la sequedad, entonces estoy con Él como puedo, para que Él se goce al tenerme ante sí del modo que me quiera tener.
(10-8-73)