Pedro vuelve a Tierra Santa.

Vuelve buscando la unidad perdida y porque tiene el corazón profundamente desgarrado: con la Madre Iglesia quiere manifestar la necesidad urgente de unidad entre los cristianos.

Con la oración y con el lamento quiere manifestar el amor hacia el Pueblo Elegido y con su presencia quiere dar la paz de Cristo a todos los pueblos (“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como la da el mundo.” Juan 14, 27).

Ofrecemos a continuación algunos textos de la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia para vivir al unísono con el corazón del Papa y con el corazón de la Iglesia este acontecimiento.

“Por la Fe inquebrantable de Abraham
ante las promesas de Dios,
todas las generaciones han sido bendecidas
mediante el misterio de la Encarnación,
en el cual y por el cual «el Verbo se hizo carne
y habitó entre nosotros», Reconciliador infinito,
en y por la plenitud de su sacerdocio,
entre la criatura y su Creador”

 

¡¿ómo podría yo esta mañana, en la cual mi alma se ha sentido tan profunda y entrañablemente unida a nuestro Padre Abraham, […] no proclamar […] la grandeza de la fe del Patriarca…?!;

rompiendo en cánticos de alabanza sobre aquél en el que serían bendecidas todas las naciones de la tierra; predestinado por Dios con predilección eterna e infinita desde el principio de los tiempos para ser el «Padre de todos los creyentes»;

y de cuya descendencia nacería, según la carne, el Salvador de la humanidad, el Ungido de Yahvé, de la estirpe de David, «Rey de reyes y Señor de los que dominan»;

[…] nuestro Padre Abraham, que no se reservó nada para sí, estando dispuesto a ofrecer en sacrificio a su «único» hijo, su «primogénito», el hijo de la gran promesa hecha por Yahvé a su alma;

y que, aun en medio de la más terrible y desconcertante tribulación, nunca dudó –titubeando– de la palabra que Yahvé había inscrito en su alma!

[…] sabiendo y confiando, con fe firme y paso valeroso, que las promesas de Dios son irrompibles, se perpetúan «de generación en generación», y nunca dejan de cumplirse. […]

Y en aquella dramática situación de lucha, sin lucha porque su determinación de obedecer a Dios era total, absoluta, incondicional, decidida y definitiva; experimentando en todo su ser que, por el sacrificio de Isaac, no sólo sacrificaba a su propio hijo a la voluntad de Yahvé que le pedía esa terrible inmolación, sino que rompía por otra parte las promesas del mismo Dios; […]

En el momento cumbre, inconcebible y casi inimaginable para el pensamiento de los hombres, Abraham creyó con fe firme e inconmovible en cuanto Dios le había prometido; […] sólo se paró ante las palabras del Ángel:

«No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo»,
« […] Abraham llamó aquel sitio “El Señor ve”, por lo que se dice aún hoy “El monte del Señor ve”». […]

Por eso, en la fe y por la fe de Abraham fueron bendecidas todas las generaciones del mundo, y las promesas de Dios fueron cumplidas según el pensamiento divino y el designio infinito del que se las manifestó, y que le predestinó y eligió para hacer recaer sobre él y su descendencia la restauración y salvación de la humanidad caída, que nos vendría por Cristo, el Mesías Prometido, «Emmanuel, “Dios con nosotros”»; el cual nacería de su descendencia, de su estirpe, del linaje de David, como «Rey de reyes y Señor de los que dominan». […]

Por la fe de Abraham: «Los Israelitas tienen la adopción de hijos, y la gloria y las alianzas y la legislación y el culto y las promesas y los Patriarcas, de los cuales procede Cristo según la carne, el que es, por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén».

¡Bendita fidelidad la de Abraham, que mereció que de su descendencia, por lo tanto del Pueblo hebreo, naciera el Mesías, siendo la «Gloria de Israel y Luz de los gentiles»!; como cumplimiento de la voluntad de complacencia de Dios, de que su descendencia sería como las estrellas del cielo y las arenas del mar, que abarcaría todos los confines de la tierra; viniendo de Oriente y Occidente, del Norte y el Sur:

«Yahvé ha desnudado su santo brazo a los ojos de todos los pueblos, y verán todos los confines de la tierra la salvación de nuestro Dios»; (Is 52,10)

siendo todos, judíos y gentiles, herederos de la Gran Promesa del «Emmanuel, “Dios con nosotros”» que nacería de una Virgen.

[…]

–«Tú, Belén-Efratá, pequeña para estar entre las capitales de Judá, de ti me saldrá el que será Dominador en Israel»–; (Miq 5,1)

[…] llena de santo orgullo, tan conmocionada e impregnada de amor y gozo en el Espíritu Santo hacia el santo Patriarca, toda mi alma irrumpía en alabanzas a Dios, agradeciéndole cuanto nos había concedido por el «sí» incondicional de la fe irreductible de nuestro Padre Abraham, y el de la Santísima Virgen ante el anuncio del Ángel, alabada por Isabel:

«Dichosa Tú, que has creído que lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». (Lc 1,45)

[…] necesitando romper en alabanza a Dios, y bendiciendo a Abraham por su fe inquebrantable, que me impelía a manifestar como pudiera su grandeza, alabándole y bendiciéndole, llena de agradecimiento y amor por su fidelidad a la voluntad divina y a los designios eternos sobre él, y por él sobre todas las naciones de la tierra. […]

Una vez más, y de una manera intensísima, me he experimentado descendencia de Abraham, y no sólo como los gentiles, sino como del Pueblo de Israel, por las palabras que, llena de fe e impregnada de esperanza, escuché en el Sagrario: «Tú eres mi Pueblo»; por ser el Eco de la Santa Madre Iglesia, la Nueva Sión, que agrupa dentro de sus murallas a los hombres de todos los lugares de la tierra, según las promesas de Dios hechas «a Abraham y a su descendencia para siempre». […]

Porque soy Iglesia, hija de la Nueva y Celestial Jerusalén, fundada por Cristo y encomendada a sus Apóstoles, y por ser esposa de «Cristo, y Éste crucificado»;

soy y me experimento en todo mi ser hebrea, parte de la descendencia de Abraham según lo prometido por Yahvé:

[…]Ya que de la descendencia de su raza nacería el Mesías Prometido, «Gloria de Israel y Luz de los gentiles».

Por lo tanto, yo no necesito hacerme hebrea para ir de parte de Dios a buscar a los hijos de Israel, mis hermanos mayores, que aún están dispersos, para que descubran la faz de Cristo en el rostro de la Iglesia, porque lo soy por la promesa de Dios hecha a Abraham, «padre de todos los creyentes».

Y asimismo, porque soy el Eco de la Santa Madre Iglesia, Dios me envía como expresión de los cantares de la Nueva y Celestial Jerusalén no sólo a los miembros de la Iglesia, sino también a los hijos de Israel para manifestarles:

¡«Yo soy» me envía a vosotros…!, para mostraros al Ungido de Yahvé, el Mesías Prometido, «Rey de reyes y Señor de los que dominan», Jesús de Nazaret, el descendiente de Israel, nacido de la estirpe de David, de una Virgen que daría a luz un hijo y le pondría por nombre «Emmanuel, “Dios con nosotros”»; […]

Por lo que es justo, digno y necesario que reconozcamos a Abraham como Padre de todos los creyentes, judíos y gentiles; y rompiendo en alabanzas, demos gloria al Padre, gloria al Espíritu Santo y gloria al Unigénito de Dios, Jesucristo, su enviado. «el Cordero que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29) , único capaz de abrir el libro de los siete sellos.

 
Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
 
Fragmento del escrito:
“Por la Fe inquebrantable de Abraham ante las promesas de Dios, todas las generaciones han sido bendecidas mediante el misterio de la Encarnación, en el cual y por el cual «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», Reconciliador infinito, en y por la plenitud de su sacerdocio, entre la criatura y su Creador”  
 
(Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa”  Opusc. 17)

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí.

 

En la historia de la humanidad tres predilecciones tiene Dios: su Pueblo escogido, su Iglesia santa y el alma esposa; y a las tres las corona el amor del Espíritu Santo con la infusión divina de su luz y su fuego. (26-6-61)
La Iglesia es un misterio de unidad; por eso está regida por el Espíritu Santo, que es la unión del Padre y del Hijo, de todos los hombres con Dios y de todos los hombres entre sí con Dios. (22-11-68)
«Como Tú, Padre, en Mí y Yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». Y ¡cómo son uno el Padre y el Hijo en el amor del Espíritu Santo…! (19-4-77)
Dios quiere que nos amemos por Él, con Él y en Él, siendo uno en su Amor. Así se aman en la Eternidad los bienaventurados: todos uno en Dios y entre sí glorificando al que Es. (19-4-77)
La Iglesia es una en la unión del Espíritu Santo; por eso tiene que ser una en vida, una en fe, una en doctrina, y también una en comunión de bienes sobrenaturales y en posesión de ellos. (22-11-68)
El Pueblo de Dios se dispersó, no en pensamiento, no en vida, no en fe, sino en misión apostólica, para extenderse por todo el mundo. (22-11-68)
El Espíritu Santo se quedó con el Papa y con los obispos que, unidos al Papa, tienen su mismo sentir y su única unidad, para que la Iglesia sea una en la unidad de Dios. (22-11-68)
¡Oh maravilla de la infalibilidad del Papa, que es capaz de congregar a todos los hombres en un solo pensamiento, y expresarles con seguridad la voluntad infinita de Dios a través de su palabra de hombre! (25-10-74)
La Iglesia nunca se equívoca, cuando habla como Iglesia, porque es el Verbo el que canta por ella. El Verbo pregona la verdad infinita del Padre, a través de la Iglesia mía, durante todos los tiempos. (20-3-59)
La Iglesia revienta de tanto poseer la Verdad, de tanto saber la Palabra divina; rompe cantando, y se le derrama la Verdad que sale del seno del Padre. Iglesia mía, ¡qué hermosa eres! (22-3-59)
Aunque el infierno, con todos sus secuaces, trabaje incansablemente para hundir a la Iglesia, no lo conseguirá, porque está cimentada y fortalecida por la misma divinidad. (20-9-74)