Para mayor esclarecimiento del sacerdocio en la Iglesia, hay que introducirse en el misterio de la Encarnación y desde allí explicar lo maravilloso que es Cristo -el único y sumo Sacerdote-, la gran maternidad virginal de María Santísima por su sacerdocio específico, para después, desbordante de súplica y humildad, pedir al sacerdote de Cristo que viva su sacerdocio.

El sacerdocio forma parte esencial del plan de Dios. De la vida fecunda del sacerdote, y, en general, de la postura sacerdotal de todos, que es vivir entre Dios y su pueblo, depende la lozanía, la abundancia y la plenitud de vida en la Santa Madre Iglesia.

“¿Qué eres Tú, Jesús?”

El sacerdocio es unión de Dios con el hombre. Por lo que Cristo, que es por sí mismo la unión de Dios con el hombre, es la plenitud del sacerdocio; siendo la unción de la Divinidad sobre su humanidad tan desbordante, ¡tanto, tanto…! que no tiene más Persona que la divina.

¡Qué unión la de la Divinidad y la humanidad, en Cristo…! ¡Qué perfección de compenetración…! ¡Qué plenitud de realidad, por la cual, en la Persona infinita del Verbo Encarnado, quedan encerrados, en y por la unión de las dos naturalezas Divina y humana, el Cielo y la tierra, el Creador y la criatura, la eternidad y el tiempo, con todo cuanto contiene Dios y con todo cuanto contiene la creación…! […]

Jesús es Dios con el Hombre; pudiendo decir por la plenitud de su Sacerdocio: Yo soy Dios y Hombre; Yo soy en mí la Unción sagrada y el Ungido; Yo soy el Donador infinito y el Recopilador de toda la humanidad; Yo soy el Plan de Dios terminado en el modo perfectísimo que el infinito Ser inventó en su eterna sabiduría, así como la Respuesta que Él mismo quería recibir de la humanidad. Más aún: Yo soy, por mi divinidad, cuanto soy en la subsistencia infinita que, como Palabra del Padre, de Él he recibido; y Yo soy, como Hombre, la Adoración perfecta ante la infinita santidad del Sumo Bien ofendido; Yo soy la Complacencia del Padre al mirar al Hombre, porque en mí se ve tan maravillosamente reflejado, que gozosamente puede decir: «Éste es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas todas mis complacencias». […]

[…] Como Dios, vive en unión con el Padre y el Espíritu Santo en la intercomunicación familiar de su vida trinitaria; y como Hombre, en la unión familiar de todo el que, adhiriéndose a Él por el misterio de la Iglesia, es tan uno con Él, que es parte de su Cuerpo Místico, pasando a ser miembro suyo por el compendio apretado del misterio de la Encarnación. «Pues vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte. Y a cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad».

Cristo también es la Contención apretada de todos los tiempos con todos los hombres, abarcando, en el compendio de su realidad, la creación. Porque Él es el Cristo Grande que, en la perpetuación del misterio de la Iglesia, quita los impedimentos de la distancia y del tiempo para el que, injertado en Él, le vive como miembro suyo en la realidad apretada que Él en sí contiene. […]

¡Oh si yo pudiera dar gracias a Dios por el derramamiento de su amor, por la plenitud de cuanto Él es en sí, y por la magnificencia de cuanto en su misterio concibo! […]

Mi pobrecito ser no es capaz de realizar lo que necesita, por la pequeñez de mi contención. Pero, no importa; ahí está Cristo, que es la Acción de Gracias plena, respondiendo a Dios tan perfectamente, que, en su retornación, le canta el Cántico infinito que sólo Él puede cantarse. Y es tan grande y real la plenitud del misterio de la Encarnación, que por él, cuando el Padre me mira, en mí ve a Cristo, y me ve tan hecha una cosa con Él, que soy uno de los miembros de su Cuerpo Místico, pudiendo mi alma-Iglesia, llena de gozo en la saturación de su sabiduría, escuchar al Padre llamarme: Hijo mío, recreo de sus complacencias e imagen de su perfección.

¿Qué eres Tú, Jesús, que me hiciste contigo palabra viva que expresa a Dios en respuesta de glorificación amorosa…? ¿Qué eres Tú, Jesús, que me diste posibilidad, por la participación de tu sacerdocio, de ser redención de los hombres? ¿Qué eres Tú, Jesús…? ¿Qué eres Tú, Jesús…? […]

Así como el sacerdocio de Cristo, desde el momento de la Encarnación, fue perpetuado durante todos los siglos, recopilador de todos los tiempos y donador para todos los hombres, así la maternidad de María, desde el momento de la Encarnación, en la plenitud de este misterio, encierra, por la injerción de todos los hombres en Cristo, la posibilidad abarcadora de contener, bajo el influjo de su maternidad, a todos los tiempos con todos los hombres en cada uno de los momentos de sus vidas; en las cuales, por la Iglesia y a través de su Liturgia, se les hace vivible, captable, y aún más, presente y real, aunque misteriosamente, todo el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo, en el compendio apretado de la maternidad de María. Por lo que la irradiación de esta maternidad se nos da y perpetúa en el seno de la Iglesia, en y a través de los actos litúrgicos, por la contención del misterio de la Encarnación, que, realizándose en María, le hace ser Madre universal, repleta de sacerdocio por su Maternidad Divina. […]

La plenitud del sacerdocio de Cristo es tan inmensa, que, de él, todos los cristianos hemos recibido nuestro sacerdocio, capaz de hacernos vivir su vida, su tragedia y su misión en unión con Él mismo y, por Él, con el Padre y el Espíritu Santo, y en intercomunicación de bienes con todos los hombres de todos los tiempos que, adhiriéndose a Cristo, pasan a ser miembros suyos. […]

¡Qué grande es Dios en la perfección de su ser, en la intercomunicación familiar de su vida y en la manifestación esplendorosa de su poder, que hace de Dios, Hombre; del hombre, Dios; de la criatura, Madre del Increado; del Increado, Hijo de la criatura; del hombre, perpetuador del misterio de Cristo por la participación de su Sacerdocio; de Cristo, Cabeza de todos los miembros de su Cuerpo Místico; y de todos los hombres, parte de Cristo en la dimensión del misterio de la Iglesia! […]

¡Qué grande es el compendio apretado que encierra la Iglesia en su seno…! ¡Qué repleto de Divinidad…! ¡Qué saturante de felicidad…! ¡Y qué pocos se sacian en sus manantiales por no descubrir el torrente de sus aguas!

Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia
Fragmento del escrito “Plenitud del Sacerdocio de Cristo”.
Colección “Luz en la noche. El misterio de la fe dado en sabiduría amorosa” Opusc. 4

 

Nota.- Para descargar el tema completo pulsar aquí: “Plenitud del Sacerdocio de Cristo”.

Fragmento del vídeo de la Madre Trinidad titulado “San Pedro y el Papa tienen la misma realeza”, que fue grabado el 2 de septiembre de 1988 (pulse la tecla PLAY):

La postura del alma de Cristo en el momento de la Encarnación fue: recibir a Dios y, adhiriéndose a Él, responderle, adorándole en un cántico de alabanza como reparación a su infinita santidad ultrajada; y volviéndose a los hombres, como Dios, dárseles, haciendo extensiva su donación a todos, en la prolongación de los tiempos, por la Iglesia. (25-10-74)
En la Virgen, su peculiar sacerdocio se llama Maternidad divina, porque ésta es el medio por donde Dios se une con el hombre, y el hombre queda injertado, por Cristo, en Dios. (25-10-74).
Por la participación del sacerdocio de Cristo, todos somos capaces de poseer a Dios, siendo con Cristo, por Él y en Él, sacerdotes, según la diversidad de maneras que, en el seno de la Iglesia, Dios ha puesto para todos y cada uno de sus hijos. (25-10-74)